Historia verídica del origen, fundación y progreso del Santuario de la Purísima Concepción de Nuestra Señora de la Villa de Luján

Dispuesta por el R.P. Fr. Antonio Olivier, misionero Apostólico del Orden de San Francisco y dada a luz por el Padre Felipe Maqueda, tierno devoto de María Santísima en su sagrada Imagen de Luján.

En aquel tiempo en que el Reino de Portugal estaba pacíficamente sujeto a la corona de Castilla, por cuyo motivo portugueses y castellanos comerciaban entre sí libremente, como vasallos de un mismo soberano, y según el mejor cómputo que puede conjeturarse por los años de 1630; cierto portugués, cuyo nombre se ignora pero se sabe que fue vecino de la ciudad de Córdoba del Tucumán, y hacendado en el pago de Sumampa por no carecer de misa principalmente en los días festivos en su hacienda, que dista de Córdoba cuarenta leguas, trató de hacer en él una Capilla, la que quiso dedicar a la Virgen santísima. Con este designio escribió a otro paisano suyo le mandase de Brasil un bulto, ó simulacro de Nuestra Señora en el misterio de la Inmaculada Concepción, para colocarlo en dicha Capilla que ya estaba fabricando.

En virtud de este encargo se le remitieron desde el Brasil no uno solo, sino dos Imágenes, ó simulacros de la Concepción, para que escogiese el que mejor le pareciese. Vinieron ambos bien acondicionados cada uno en su cajón aparte; porque como eran de barro cosido no tuviesen alguna quiebra. El que trajo el encargo de estos cajones era también portugués, y como quieren algunos capitán de navío y habiendo llegado con felicidad al puerto de Buenos Aires los acomodó a entrambos en un mismo carretón y personalmente los conduje hasta la estancia de Rosendo Orámas, sita cinco leguas más allá de lo que es la Villa de Luján, y aquí paró e hizo noche. Al día siguiente por la mañana trató de proseguir su viaje para Córdoba, y Sumampa, pero sucedió, que unidos ya al carretón los bueyes por más que tiraban, no podían moverse ni un paso. Admirados de la novedad los circunstantes le preguntaron ¿qué carga traía? Respondió que la misma de los días antecedentes, en que había andado sin la menor dificultad, por no ser muy pesada; y pasando a individualizarla, añadió y dijo: Vienen aquí también dos cajones con dos bultos de la Virgen, que traigo recomendados para la capilla nueva de Sumampa.

Discurriendo en tan extraña novedad algún misterio, uno de los que estaban presentes (quizás no sin inspiración divina) dijo: Señor saque del carretón uno de estos cajones y observemos si camina. Así se hizo, pero en vano, por que por más que tiraban los bueyes, el carretón estaba inmoble. Truéquense, pues, los cajones replicó el mismo, veamos si hay en esto algún misterio. Sacóse el cajón que había quedado, y cargose el que se había sacado, y luego sin más estímulo tiraron los bueyes y movióse sin más dificultad el carretón.

Desde luego entendieron todos ser particular disposición de la Divina Providencia, que la Imagen de la Virgen encerrada en aquel cajón se quedase en aquel paraje, como en efecto se quedó, prosiguiendo la otra a su destino. Abrióse el cajón, y encontróse un bulto de la Purísima Concepción de media vara de alto, Imagen hermosísima de la Virgen con las manos juntas ante el pecho, y el ropaje estofado de la misma materia. Al punto la adoraron todos y divulgándose luego el portento acaecido empezaron los fieles á venerar la Virgen Santísima en aquella su santa Imagen, y ella correspondió explicándose con repetidos prodigios y maravillas.

No después de mucho tiempo a corta distancia de dicho Rosendo se levantó una pequeña capilla y se destinó un negrito de poco mas de ocho años llamado Manuel natural de Angola, de rara candidez y simplicidad, para que cuidara del culto de la Santa Imagen. Había venido este negro del Brasil con su amo, conductor que fue de las Sagradas Imágenes el cual algunas veces antes de morir en casa de Rosendo en Buenos-Ayres le dijo, que era de la Virgen y que no tenía otro amo a quien servir mas que a la Virgen Santísima. De facto se aplicaba este negro con tanta solicitud de la Divina Señora, que nunca tenía a su Imagen sin luz y con el sebo de las velas, que ardían en su presencia hacía prodigiosas curaciones en varios enfermos que de partes diferentes concurrían a la capilla.

Nor muerte de Rosendo Orámas y por los atrasos de su estancia vino a quedar la capilla de la Virgen así en despoblado, aunque el negrito Manuel nunca la desamparo, el era el que cuidaba de su limpieza y aseo, y de buscar y tener siempre velas encendidas ante la Sagrada Imagen. Como eran tan continuos los prodigios que se experimentaban, era también incesante el concurso de la gente que venía de lejos en romerías a visitar la Imagen de nuestra Señora. Padecían los Peregrinos algún desconsuelo por no haber en aquel paraje, casa, ni rancho donde poderse hospedar, y frecuentar las visitas. Deseosa de remediar esta necesidad, y ansiosa de que se aumentasen los cultos a la Purísima Madre, cierta Señora llamada Dª. Ana de Matos, viuda que era del sargento mayor D. Marcos de Sequeyra, pidió al heredero de dicho Rosendo (que ya había muerto) llamado el maestro Juan Orámas, Cura Párroco, que fue de la Iglesia Catedral de Buenos-Ayres, le concediese dicha Imagen, asegurándole la cuidaría y le haría capilla en su estancia, que estaba mas cerca de Buenos-Ayres y como cuatro ó cinco cuadras de donde está hoy la Iglesia.

No tuvo mucha dificultad en condescender a la propuesta el maestro Orámas; porque se persuadía que los concurrentes á la capilla le robaban el ganado de la estancia, y dicha Señora Doña Ana correspondió agradecida en darle alguna gratificación, no menos que doscientos pesos. Llevose, pues, la Santa Imagen á su casa, la colocó en un cuarto decente con ánimo de edificarle en breve Capilla pública. Pero al día siguiente advirtió, no sin susto, que no estaba la Imagen en donde la había dejado el día antes, ni apareció en toda la casa, por más que la buscó. Afligida con este cuidado le vino al pensamiento, si la Virgen se habría vuelto a su antigua Capilla de Orámas, hizo diligencia para la averiguación, y halló ser así como lo había pensado. Volvió por ella una segunda vez, y segunda vez a faltar de su casa, y a encontrarse en la primera Capilla sin concurso alguno humano.

Desconsolada Doña Ana con tan extraña novedad, ya no se atrevió a llevarla por tercera vez, porque discurrió sucedería lo mismo que las dos antecedentes; y por otra parte temió castigase la Virgen su porfía, cuando a su parecer, le daba a entender que no gustaba de estar en su casa. No obstante movida de luz superior, tomó la acertada resolución de participar esta novedad a entrambos cabildos eclesiástico y secular de Buenos Ayres. Ya por entonces era famosa en esta ciudad la Imagen de nuestra Señora de Luján por los respectivos milagros, que contaban los que en sus aflicciones la invocaban, por lo que fácilmente fue creída la dicha Doña Ana, cuando vino a dar parte del suceso a los superiores eclesiásticos y seculares.

Confirieron entre sí el caso el Ilustrísimo señor Obispo, que lo era entonces de esta Diócesis D. Fr. Cristóbal de la Mancha y Velasco, y el gobernador, que lo era de esta Provincia el señor D. Andrés de Robles, y resolvieron sería conveniente, que ambos fuesen a cerciorarse mejor de este portento, y a trasladar a la Santa Imagen a la hacienda de dicha Doña Ana de Matos, en donde los vecinos de Buenos Ayres pudiesen hacer con menos incomodidad sus Romerías. A los Señores Obispos y Gobernador siguieron varios personajes de ambos Cabildos, con un sin número de la gente vulgar dirigiendo su camino a la estancia de Orámas.

Bien informados sobre la verdad del suceso levantaron en andas la milagrosa Imagen, y formando una devota procesión en que todos iban a pie y muchos enteramente descalzos se encaminaron a la casa de dicha Dª Ana. Como el trecho era tan largo, no menos de cinco leguas españolas, no fue posible llegasen el mismo día; por lo que entrando la noche todos hicieron estación en la guardia antigua que estaba en tierras de D. Pedro Rodríguez Flores. Al salir el sol se prosiguió Procesión con soldados de guardia hasta llegar a la casa de la expresada Doña Ana. Aquí se erigió en un aposento un altar en que se colocó la Santa Imagen, y el Señor Illmo. dio facultad para que en él se celebrase Misa. Por espacio de tres días consecutivos se cantaron misas solemnes, haciendo la gente muchas demostraciones de regocijo.

Desde este día jamás se volvió la santa Imagen a la estancia de Orámas, lo que atribuyeron unos a la decencia o reverencia con que ahora se había traído, pero otros con más fundamentos lo atribuyeron a que en esta ocasión vino con ella el negrito Manuel, que era su devoto sacristán, y estaba dedicado al aseo y culto de su capilla, lo que no había sucedido en las dos veces antecedentes, y aun en esta tercera hubo algunas dificultades que vencer; por cuanto el maestro Orámas alegaba ser su esclavo como heredero que era del difunto amo que lo trajo. El negro se defendía diciendoser de la Virgen nomás; y que su amo le había dicho varias veces, siendo muchacho, lo tenía entregado al servicio de la Virgen en su Santa Imagen. Corrió sobre este punto algún litigio, pero ahora se transó con alargar Doña Ana al maestro Orámas cien pesos, con que cedió su derecho.

Esta relación quedaría mutilada e imperfecta, sino hiciéramos en ella particular memoria de este negrito, pues parece, que así como la Reyna Celestial se valió de la sencillez de un pobre indio llamado Diego para promover los cultos, que se le dan en la portentosa Imagen de nuestra Señora de Guadalupe, (que también es de la Concepción) y se venera en un cerrito de México, así también quiso valerse de este cándido negro llamado Manuel, para propagar los cultos de la Imagen de Nra. Sra. de Luján, distante doce leguas de la ciudad de Buenos Aires. Todo su cuidado era el aseo de su altar, el encenderle velas, y ungir con el sebo de su lámpara a los enfermos que venían a buscar en la Virgen su remedio; y no pocas veces con efectos maravillosos como diremos.

Su inocente simplicidad era tal, que algunas veces trataba a la Santísima Virgen con extremada familiaridad. Fue el caso, que habiéndose hecho una pequeña Capilla a la Virgen en la misma casa de dicha Doña Ana, y estando ya colocada en su nicho la Imagen, reparó el Negro Manuel, que algunas noches faltaba del nicho, y por la mañana ya la encontraba en él, pero con el manto y saya lleno de abrojos, y cardillos, y por las fimbrias polvo, y algún barro, y en estas ocasiones le decía “Señora mía, que necesidad tenéis vos de salís de casa para remediar cualquiera necesidad siendo como sois tan poderosa? ¿Y cómo sois tan amiga de los pecadores, que salís en busca de ellos, cuando veis que os tratan tan mal?.

No extrañe el crítico estas salidas de la Imagen, ni menos que en su vestuario se encontrasen cardillos, abrojos, polvo o barro. No es esta la primera Imagen de la Virgen de quien se leen semejantes portentos, y dejando por ahora varias, hablaré sólo de una de quien hace memoria el reverendo Padre Fr. Agustín de Santa María en su Santuario MarianoDice este autor, que en la catedral de Lisboa se venera una Imagen o Simulacro de la Virgen con el título de Ntra. Señora la Grande, la cual Imagen por sentencia del Juez Eclesiástico estuvo antes colocada en la Iglesia Parroquial de S. Pablo, y que de un día a otro se pasó a la catedral por sí misma, o sin que impulso humano tuviese concurso alguno a este tránsito, y lo más admirable al parecer, por sus propios pies, porque en las fimbrias de la túnica talar que viste, se hallaron no pocas manchas del barro de las calles, con algunos de aquellos insectos, que suelen criar los lodazales.

¡ Quién duda que tanto la imagen de Nuestra Señora la Grande, como la Imagen de Nuestra Señora de Luján serían llevadas de un lugar a otro por manos de los Santos ángeles? No obstante con aquellas pintas o señales del vestido quisieron darnos a entender que en beneficio de los mortales daban pasos, como por sus pies. Lo cierto es que nuestro bendito negro Manuel, con los cardillos, y abrojos, barro y polvo, que sacudía del vestido de la Virgen obraba maravillas, como diremos.

Algún tiempo estuvo la Imagen de la Virgen colocada en un aposento que servía de Oratorio en casa, y vivienda de dicha Doña Ana, pero después tratando de formularle Capilla para su mayor culto, y decencia donó y señaló a la Virgen a este intento una cuadra de tierra perteneciente al territorio de su misma estancia, distante cuatro cuadras de su misma vivienda, y mandó que edificada la Capilla, en ningún tiempo se mudase dicha Imagen en otro paraje; y asimismo para la conservación de las limosnas de ganados, que los devotos ofrecían a la Divina Señora, donó y señaló en la misma estancia, río abajo de la otra banda, un cuarto de Legua.

Por los años de 1677 se empezó en dicho [lugar] la obra de la nueva Capilla, cuyos primeros cimientos abrió un Religioso Carmelita portugués llamado Fray Gabriel. Corrió la obra a los principios con alguna lentitud, hasta que Dios quiso adelantarla con el siguiente milagro: Por los años de 1684 sucedió, que Don Pedro Montalvo, Clérigo Presbítero en Buenos Aires, enfermó gravemente de unos ahogos asmáticos que en poco tiempo lo redujeron á Tísico confirmado. Resolvióse de venir á visitar á nuestra Señora de Luján con ánimo de vivir o morir en su compañía. Una legua antes de llegar a la vivienda de Doña Ana, le apretó de tal manera el accidente que lo tuvieron por muerto los compañeros. Lleváronle como pudieron, y el negro Manuel viéndole en aquel desmayo le ungió el pecho con el sebo de la Lámpara y con esto volvió en su acuerdo. Luego después le dijo, que tuviese y creyese que había de sanar perfectamente de su enfermedad, porque su ama, (así llamaba a la Virgen) lo quería para su primer Capellán, y que así había de suceder.

Luego hecho mano de alguno de aquellos cadillos, y abrojos que solía guardar cuando los despegaba del vestuario de la Imagen, según dejamos dicho; mezclados con una poca de tierra del barro que sacudía de sus fimbrias, y pidió a cierta Señora llamada Doña María Díaz, le hiciera de todo ello un cocimiento. Diósele a beber al enfermo en nombre de la Santísima Virgen, y con solo este remedio, quedó libre de sus ahogos y enteramente sano.

En agradecimiento de tan gran beneficio quedose D. Pedro por Capellán de la Virgen, y la sirvió diez y seis años continuos con singular devoción, y esmero, cuando sucedió este milagro quedaban principiadas las paredes de la nueva capilla de la Virgen, pero el nuevo Capellán tomó con todo empeño su prosecución, para dar más calor a la obra suplicó al Gobernador Don José Garro le ayudase a concluirla, y en efecto se concluyó tan en breve, que el año de 1685, ya se pudo celebrar la colocación de la Santa Imagen en su nicho. No satisfecho con esto su devoción, al fin de sus días fundó para el culto de esta Divina Imagen una Capellanía de mil y cuatrocientos pesos de principal, los que impuso sobre la casa de Don José Bolaños, para que rindiesen setenta pesos anuales al Capellán.

El negro Manuel vestido de un costal a raíz de las carnes, y criando barba larga a manera de ermitaño, ayudó no poco a la prosecución de la obra de la Capilla, y después continuó en servicio de la gran Señora hasta una ancianidad decrépita. Hallándose en la última enfermedad dijo un día que su ama le había revelado que había de morir el viernes y que el sábado siguiente lo llevaría a la gloria. En efecto, su muerte aconteció el día mismo que había dicho, y se puede creer píamente que se cumplió por entero su vaticinio. En su muerte se le hallaron en depósito catorce mil pesos de las limosnas que los devotos y peregrinos habían ofrecido para el culto de la Santa Imagen, y con esta plata se fundaron después las haciendas de ganados que hoy día posee el Santuario.

El Nuevo Capellán Montalvo agradecido al beneficio de la Milagrosa salud promovió con esfuerzo la devoción a la Santa Imagen celebrando anualmente, y con toda solemnidad la fiesta de la inmaculada Concepción el día 8 de diciembre, y con los repetidos prodigios que se experimentaban tomó la devoción a la Virgen de Luján tanto vuelo, que no solo los vecinos de Buenos Aires, sino también los de las Provincias muy remotas venían en romería a buscar en este Santuario el remedio de sus males. Con esto empezó a poblarse aquel pago, y para el espiritual consuelo de su moradores el Ilustrísimo Señor D. Antonio AsconaImberto, Obispo de Bueno Aires no solo confirmó a la Capellanía de D. Pedro Montalvo, sino también le dio facultad para la administración de todos los Sacramentos, y funciones Parroquiales.

Al paso que se iba aumentando los milagros de la Virgen, iba creciendo la devoción de los que agradecidos a los beneficios recibidos, o necesitados de remedio en sus dolencias concurrían a Luján romerías. Ya la Capilla que fabricó el Capellán Montalvo, no era capaz de recibir tantos concurrentes, por cuyo motivo se tomó la resolución de levantar a la prodigiosa Imagen de la Santísima Virgen un nuevo, y magnífico Templo. El que dio más calor a este proyecto fue el Ilustrísimo Señor D. Juan de Arregui del orden de San Francisco; quien consultando el mayor culto de aquella Sagrada Imagen, solicitó para el efecto el favor de D. Antonio Larrazaval, y este después de haber convenido en ayudarle en la fábrica del Templo, desistió del empeño al ver que su Señoría Ilustrísima planteaba el edificio con una magnificencia superior a sus ideas, que no eran otras que levantar una Capilla pequeña; por lo que dejó al Obispo solo en la empresa. No desistió por esto el devoto Prelado. Empezó el Templo al lado del antiguo, y prosiguió hasta que lo puso en estado de techarlo. Para el efecto mandó traer de Corrientes tirantes de madera de Sauce y habiendo salido cortos, arbitraron por propio dictamen hacer unos pilares por la parte de adentro: pero habiendo hecho esto empujó a las paredes y se empezaron estás a desplomar con ruina notable del edificio.

En estas circunstancias llevó a aquel lugar D. Juan de Lezica que venía con su familia del Perú, y a quien una promesa hecha a la Santísima Virgen de Luján, había librado años antes de una gravísima enfermedad, que daba pocas esperanzas de vida. Este caballero viendo apesadumbrado al Capellán (que lo era entonces D. Juan José Vejarano) por la desgracia de la obra, después de haberse consumido en ella todos los fondos, lo consoló asegurándole, que aunque su destino era para España, pensaba allá establecerse en Buenos Aires, por evitar las incomodidades y riesgos de tan dilatado viaje, y que en tal caso procuraría enmendar aquella obra, o emprenderlo en modo más seguro como lo había hecho en la Iglesia parroquial, que acaba de edificar en Yungas. En cumplimiento de esta promesa, apenas se estableció en esta ciudad, se hizo cargo de la dicha obra, la que empezó por los años de 1.754. Para el efecto trató con D. Pedro Pino vecino de Corcova (en cuya tropa había venido) que la trajese de aquella ciudad la cal necesaria, como lo hizo. Y aunque por esta parte se facilitaba la empresa, se retardaba por la falta de arena gruesa para la liga y sólo se hallaba nueve leguas distante de aquel lugar. En este conflicto, un negro, (que sin duda fue el devoto Manuel) le aseguró que a pocos pasos de allí la había en una viscachera, o cosa muy parecida. No se engañó. Hallaron en el lugar señalado en el lugar arena gruesa, que jamás habían sabido la hubiese. Este hallazgo, que la devoción graduó entonces de prodigio de la Santísima Virgen dio nuevo aliento al fervoroso caballero, que no quiso retardar un punto el cumplimiento de sus deseos. El 24 de agosto del ante dicho año de 1.754 empezó a abrir los cimientos, y a fines del mismo mes se puso la piedra fundamental por el R. P. Fr. Francisco Plaza del orden de Predicadores, Prior Provincial, y D. Juan de Lezica a quien el Illmo Señor D. Cayetano Marcellano y Agramont, (que sucedió al Illmo Arregui) nombró y dio título de Síndico Procurador Ecónomo de la Fábrica, que duró poco más de nueve años, hasta que se puso en estado de poderse colocar con la competente decencia la Imagen de María Santísima, que hasta entonces había estado colocada en una cuadra capaz que se había construido de los materiales de las paredes ruinosas del Templo antiguo.

Esta colocación de la Santa Imagen en su nuevo Templo se verificó el año de 1.763 a ocho de Diciembre, día en que anualmente se solemnizaba la Fiesta de la Inmaculada Concepción. Autorizó la translación el Señor Deán y Gobernador del Obispado en Sede-vacante Dr. D. Francisco de los Ríos con asistencia de mucha parte del clero, Comunidades Religiosas, y gran concurso del Pueblo de Buenos Aires, que en devota procesión llevaron por toda la plaza el Santísimo Sacramento bajo de Palio, y la Sagrada Imagen de María Santísima en hombros de Sacerdotes, y dirigieron el mismo al nuevo Templo, y allí se colocó dicha Sagrada Imagen en su Camarín ricamente adornado, donde hasta hoy la visita y  venera la devoción de los Fieles.

Uno de los que fomentaron con su actividad la Fábrica de este Templo de María fue el Capellán Dr. D. Carlos José Vexarano, auxiliado en un todo del Síndico D. Juan de Lezica, en cuyo poder depositaba las continuas, y copiosas limosnas, que ofrecía la piedad de los Fieles, y con conocimiento de entrambos se expandían a favor de la piadosa Fábrica, como lo manifiestan los libros de cuentas en los cuales hay constancia , que de las limosnas gratuitas y productos de la Estancia de la Santísima Virgen se gastaron en su Templo, cincuenta y siete mil trescientos noventa y ocho pesos, siete y cuartillos reales.

No contentos con esto el devoto Caballero Lezica, extendió a más su piedad. Aumentó la Estancia comprando más Terrenos, y llegó a herrar en ella hasta cinco mil cabezas de ganado. Aumentó también los edificios del Santuario haciendo vivienda mas capaz a los Capellanes, e hizo algunos cuartos de alquiler de la pieza que servía de Capilla interina, cuando destruyó la vieja antigua. Fabricó el Puente del Río con licencia del Rey a beneficio de aquella fábrica. Cuando alcanzó esta gracia del Soberano, fue con la calidad, que lo haría por cuenta del Santuario, para que su producto fuese a beneficio de este, por diez años. Pero su Majestad mandó se le avisase cuanto producía en un quinquenio; y de sus resultas ordenó que el Santuario lo disfrutase por doce años, y después pasase a Buenos Aires para propios.

Corriendo el tiempo, se aumentó la población al calor del Santuario de María; lo que estimuló a D. Juan de Lezica a suplicar a su Majestad se condecorase aquel Lugar con el Título de Villa; y se adjudicasen los productos de el Puente a aquel Cabildo para propios con que pudiesen fomentarla. Todo lo consiguió de la Católica piedad del Señor D. Fernando Sexto, como consta de sus respectivas reales órdenes, expedidas a este fin.

Últimamente debe saberse (para cerrar la histórica relación del Santuario de María) que cuando se colocó, hacía de Cura de aquel Partido el Dr. D. Francisco Xavier Navarro, nombrado por el Illmo. Sr. de Manuel Antonio de la Torre, quien le puso de Teniente al Presbítero D. Felipe José Maqueda; y entró a servir la Capellanía y Sacristía del Santuario D. Gabriel José Maqueda, (hermano de D. Felipe) quien la obtuvo hasta su muerte, que fue el año de mil ochocientos y uno.

Buenos Aires

Imprenta de Niños Expósitos.

Año de 1812