En la mañana del viernes 13 de junio, tuvo lugar en la Catedral Castrense Stella Maris, la celebración de la Santa Misa en homenaje a los Caídos en la Guerra de Malvinas.

La Misa fue presidida por Monseñor Pedro Candia, Administrador Diocesano de este Obispado y Concelebraron el Capellán Mayor del Ejército, Padre Oscar Ángel Naef, el Capellán Mayor de la Armada, Monseñor Germán Carmona, el Capellán Mayor de la Gendarmería Nacional, Padre Rubén Darío Bonacina, y el Capellán Mayor de la Prefectura, Padre Diego Tibaldo.

Estuvieron presentes Veteranos y familiares de Caídos, junto a altas autoridades de las Fuerzas Armadas y de Seguridad.

Compartimos con nuestros lectores la emotiva homilía que pronunció Monseñor Candia:

“En un nuevo aniversario de la gesta de recuperación de las Islas Malvinas, los argentinos hacemos memoria de aquellos hombres que participaron en el conflicto y ofrendaron sus vida en defensa de la integridad de la Patria. Al mismo tiempo honramos a los ex combatientes que entonces se expusieron al riesgo de caer en el combate en cumplimiento de su deber.

Deber de justicia y de caridad.

Por encima de las legítimas opiniones, la ciudadanía se unió en aquella oportunidad en un sentimiento común, que no se experimentaba desde hacia mucho tiempo. No se trataba tanto de opinar sobre el camino a seguir, cuanto de fortalecer la convicción de que no podíamos olvidarnos de un fragmento territorial de nuestra Patria que permanecía irredento.

A pesar de tratarse de un operativo militar, según expresas intenciones, procuraron nuestros hombres evitar un inútil derramamiento de sangre aquel 2 de abril.

Casi un mes después, los ataques aéreos de las fuerzas británicas se generalizaron desde el 1 de mayo hasta el 15 de junio, fecha del fin de las operaciones.

La Patria aporto el valor y la pericia de sus hombres preparados por libre elección vocacional para defenderla. Pero también una multitud de jóvenes que fueron reclutados según la ley para este momento de tensión y de riesgo.

El hundimiento del crucero General Belgrano el día 2 de mayo, con las 323 bajas de marinos argentinos, causo casi la mitad de las muertes de toda la guerra. Los hogares argentinos se vestían de luto, ante el modo inesperado del ataque.

Conocemos el desenlace de la guerra. El Episcopado Argentino acompaño entonces con su reflexión del día siguiente a la rendición, el 16 de junio, el momento de grave adversidad y fuerte prueba, procurando abrir un sendero de luz y de esperanza.

Como muestra de solidaridad con los tristes acontecimientos, el Papa San Juan Pablo II nos había visitado días antes, sabiendo que se avecinaban tiempos en que nos enfrentaríamos con una cruda realidad. En esa oportunidad nos dijo: “La universalidad, dimensión esencial en el Pueblo de Dios, no se opone al patriotismo ni entra en conflicto con el. Al contrario, lo integra reforzando en el mismo los valores que tiene, sobre todo el amor a la propia patria, llevado, si es necesario hasta el sacrificio…”

En el mismo documento ya citado de los obispos, Estos decían en su declaración unas palabras que mantienen vigencia:

“Así como no es el caso renunciar al legado territorial que nos dejaron los fundadores de la Patria, tampoco podemos renunciar al anhelo y esperanza de constituir una nación grande y sobre todo justa en la trabazón de las relaciones internas, y como reflejo de esa justicia interior también justa en su comunicación con los demás pueblos”.

Celebrar esta aniversario en la Catedral Castrense, tiene un especial significado, dado que es la iglesia madre de nuestra diócesis. Numerosos excombatientes se hallan aquí presentes, veteranos que seguirán conservando hasta el final la memoria de los vivido. Dan gracias a Dios por haber conservado sus vidas y recuerdan ante Él sus camaradas fallecidos.

Siempre sera difícil el juicio moral sobre la guerra en determinadas circunstancias. Pero algunas cosas nos quedan claras. Malvinas es una causa Nacional.

Ante todo, como cristianos y católicos, oramos por los difuntos como nos lo enseña la fe de la iglesia. No solo por los que murieron en el combate, sino por aquellos que sufrieron duras secuelas una vez terminado el conflicto. Oramos ademas por sus parientes y familiares que los seguirán llorando y añorando.

Honramos también a los excombatientes, aquí presentes, y no olvidamos a los ausentes. Ellos nos ayudan a mantener en alto los ideales de recuperación de estas Islas y los objetivos de nuestros justos reclamos. Lo único que espera el veterano es reconocimiento.

Su entrega no fue menor que los de aquellos que murieron en combate. Su mayor condecoración: La conciencia del deber cumplido.

La guerra duele, cala hondo, es un trauma que difícilmente se cura, sus consecuencias duran de por vida, hay que aprender a convivir con ello.

Justo con el resto de los ciudadanos reivindicamos nuestros derechos de soberanía sobre las islas que seguimos llamando Malvinas. Pero al mismo tiempo, reafirmamos la irrevocable decisión de elegir la vía pacifica y la negociación diplomática, como medio de resolución de un conflicto no cerrado.

El poderío de un pueblo, su soberanía, no consiste en su riqueza, ni en su geografía, ni en su poder económico, político o militar, ni siquiera en su sistema político. Un pueblo es fuerte cuando su estilo de vida es moral.

La fuerza y el poder de un pueblo le vienen de su nivel moral, de sus valores, de la solidez de las familias, de la educación, centrada en la persona humana, de una solidaridad hecha de renunciamientos que superen los intereses personales o sectoriales, cuando el bien común esta ante todo.

Nos acompaña en esta celebración la Virgen Santísima, cuya imagen nos preside.

Fue muy invocada en Malvinas; aquí lo hacemos también pidiéndole que interceda ante su Hijo Jesús para que Él de:

La Paz de una vida sin fin a quienes dejaron su vida terrena en Malvinas.

La Paz en su corazón a quienes sufren las heridas y consecuencias de aquellos hechos.

La Paz y la esperanza a los familiares, camaradas y amigos y otros.

La inteligencia, la voluntad y decisión a todos para trabajar en el sostenimiento de los valores morales en nuestra Patria Argentina.

Deseo concluir con las palabras de un conocido himno: “Cristo Jesús en ti la Patria espera (…) salva su honor, bendice su bandera, dando a su faz magnifico esplendor”.