“Los miembros de las Fuerzas Armadas y de Seguridad, como peregrinos venimos a presentarnos hoy a los pies del Señor y de la Virgen del Milagro. Venimos a reafirmar el incondicional amor al Cristo crucificado y la devoción a su Madre bendita.

Esta tradición secular no solo reafirma lo que juraron nuestros gloriosos antepasados sino que es el deseo ferviente de cada uno de nosotros, convencidos en nuestra fe, seguros en la esperanza, activos en la caridad.

La vida del cristiano está permanentemente tensionada por dos fuerzas, que están muy presentes en la vida del soldado y por ende de su familia:

Fuerza de la Cruz:

1) vivir en comunión con la pasión de Cristo, configurado con su muerte, y

Fuerza de la vida:

2) vivir, al mismo tiempo, la nueva vida del Señor resucitado, partícipando del poder de su Resurrección.

Cualquiera sea la línea espiritual en la que nos situemos, cualesquiera sean las disposiciones temperamentales de cada uno de nosotros, debemos vivir en comunión, con estos dos misterios. Son el núcleo central de nuestra condición de cristianos. De estos dos misterios provienen toda santidad y toda vida espiritual.

Nos presentamos a los pies del Señor como peregrinos y como tales debemos vivir en comunión con los padecimientos de Cristo, configurados con su muerte, muerte al pecado, a la idolatría, a todo aquello que nos aparta de Dios.

En la hora que nos toca vivir, en la que afanosamente se buscan nuevos caminos y nuevas formas dentro de la Iglesia, es indispensable alentar esa búsqueda de nuevos caminos, pero sin menoscabo de las verdades esenciales. Debemos contemplar el principio y el fin de nuestra propia existencia. Venimos de Dios que nos ha creado, vamos hacia Dios que es el destino final de todo hombre.

Si bien reafirmamos la vigencia de la Cruz de Cristo Redentor, al mismo tiempo y con énfasis reafirmamos que estamos destinados a la VIDA, en su expresión y realidad más absoluta: estamos destinados a la VIDA de Dios en Cristo Resucitado.

Somos peregrinos como dijo el Papa Francisco en sus 1ras palabras después de ser elegido: “caminamos a la luz del Señor. Y esto es lo primero que dijo Dios a Abraham: “camina en mi presencia”

En este caminar se nos invita a vivir la vida nuestra vocación de servicio a la Patria como lo hicieran nuestros héroes, algunos de ellos reposan entre los muros de esta catedral, con alma grande y generosa.

Nuestra vocación supone una entrega. Hemos jurado seguir constantemente nuestra bandera incluso hasta dar la vida.

El Señor ha dicho que nadie tiene amor más grande que aquél que da la vida por los amigos (por lo que ama). Esta es la dimensión trascendente de la vida militar, por otro lado, el Papa aboga por una Iglesia católica con “coraje para caminar” y volcada a su misión evangelizadora. En una de sus homilías habló sobre la edificación de la Iglesia y de la “consistencia” de los feligreses que integran la Iglesia.

 “Cuando se habla de edificar la Iglesia, las piedras tienen que tener consistencia para ser “piedras vivas”.

Se trata entonces de tomar conciencia de la responsabilidad de los que significa ser bautizados y ser testigos anunciadores del Evangelio. Sobre todo el testimonio de una vida coherente con la fe, eso es lo que se nos pide.

 El Señor no es demagogo, no señala un camino fácil.

“El que quiera venir detrás de mí, niéguese a sí mismo, tome la cruz de cada día y sígame”

Seguir a Cristo requiere renuncias. Morir al pecado.

Es el gran dilema humano, un duelo a muerte; un duelo en el corazón de cada uno de nosotros. El pecado desata una lucha espiritual en nosotros. Nuestro hombre viejo está crucificado, muere sin acabar de morir. La lucha contra el pecado exige de nosotros continuas renuncias…, a veces secretas…., a veces heroicas.

 Seguir a Cristo exige orar. La oración es el medio vital irreemplazable para que nuestro espíritu viva, crezca y fructifique. La oración nos hace descubrir que la oración se hace más honda, más intima, más confidencial, la adhesión a Cristo y a sus ministerios se hace más viva, más penetrante, más grande.

Seguir a Cristo es aprovechar los medios de salvación que el Señor dejo en la Iglesia por medio de los sacramentos y la reconciliación. Somos un compuesto de cuerpo y alma, a veces sobrecargados por la ansiedad, la angustia, el tedio, los conflictos interiores, las tentaciones, las arideces, los fracasos. En Cristo todas las miserias humanas se transforman en riqueza de redención y de gracia. La cruz de Cristo es la fuerza de Dios y la fuerza del hombre.

Junto a la Cruz de Cristo, del lado de Cristo y en nuestro favor, está la Madre, la Señora del Milagro.

Toda Ella: con su mente, su corazón, con su instinto de Madre.

Del lado de Cristo, unida al Misterio de la salvación, no solo por la Maternidad divina, sino también por su fe, su esperanza, su caridad.

En favor nuestro, solo por amor de Dios. Al pie de la cruz se compromete por nosotros, su Pueblo.

Agradecidos contemplamos con admiración el valor, la lealtad, el coraje de María… junto a la cruz…. el dolor la ha crucificado pero el amor la tiene de pie!

“Virgen del Milagro, que de pecadores sos Madre, refugio y consuelo. Vos que sos la gloria de este Pueblo, e intercesora de misericordia, haz que nuestra petición por tu amor logremos”.

“Señor del Milagro, que llegaste a este suelo, con tu Amor buscando el amor de un Pueblo, por siempre sabemos que nosotros somos tuyos y Vos, Vos Señor, sos nuestro!

Señor del Milagro, Cristo Redentor, de nuestra Argentina no apartes tu Amor!”

Amén!”

IMG_4611