Aquí tienes a tu Madre.

Escuchamos las palabras del Señor, pronunciadas desde la cruz; dirigiéndose al discípulo a quien él amaba (Jn. 19, 26), dijo: aquí tienes a tu madre (Jn. 19, 27). Aquí es para nosotros hoy, y muchísimas veces, Luján es siempre el aquí donde Jesús nos dejó a su madre como madre nuestra. Todos conocemos la historia de la célebre carreta, según el relato de fray Pedro Nolasco de Santa María. Resumiendo: el carretón no se movió hasta que no quedó en tierra el cajón que contenía la pequeña imagen de la Inmaculada Concepción, la misma que hemos venido a contemplar, y que mostró quererse quedar aquí. Aquí tenemos a nuestra Madre.

Venir a Luján es siempre un acto íntimamente personal; quiero decir que nos trae una certeza de la inteligencia y un impulso del corazón. Venimos personalmente, para abrirnos ante María desde lo más hondo de nuestro ser; venimos a cobijarnos en ella, a descargar nuestras preocupaciones, o a expresarle con alegría nuestra gratitud. Siempre, cualquiera que sea la circunstancia, nos trae a Luján el propósito de conseguir su mediación ante el Mediador, ante Jesús que nos la dejó por Madre.

Venimos a Luján, normalmente, en familia.

El Papa Francisco ha convocado a un Sínodo extraordinario sobre la Familia que está desarrollándose ahora mismo y otro Sínodo general sobre el mismo tema para el año próximo.

Un itinerario que ve implicados e interpelados a todos los componentes eclesiales y aún extraeclesiales.

En la elección de la familia, con sus desafíos inéditos y grandes recursos, la Iglesia respira a pleno pulmón, por sí misma y por toda la humanidad.

El evangelio de la familia es la buena noticia del amor divino que es proclamada a todos los que viven esta fundamental experiencia humana personal, de pareja y de comunión abierta al don de los hijos, que es la comunidad familiar. El magisterio de la Iglesia sobre el matrimonio es presentado y ofrecido de forma comunicativa y eficaz, para que toque los corazones y los transforme según la voluntad de Dios manifestada en Cristo Jesús.

Basta pensar un momento para reconocer qué problemas afectan actualmente a la comunidad familiar. Familias separadas, ensambladas, divididas, convivencias que no se fundan en el matrimonio, ni siquiera el civil.

No dejemos de pedir hoy a María por las familias, que deben superar dificultades, y roguemos también que los adolescentes y jóvenes reconozcan que el amor auténtico entre varón y mujer es perdurable, que se refiere al sacramento del matrimonio, fuente que funda la estructura familiar, y que se prolonga generosamente en los hijos.

Hoy hemos venido también en cuanto peregrinos castrenses, miembros de la Fuerzas Armadas y de Seguridad y sus familias.

Esta peregrinación, que con tanto gusto y fervor repetimos anualmente, debe consolidar nuestro espíritu diocesano, de tal modo que podamos sentirnos cada vez más integrados.

A través de la Iglesia particular que es el Obispado Castrense, nos reconocemos con alegría insertados en la Iglesia universal, Cuerpo místico de Jesucristo. Cada uno de ustedes lo concreta con su participación en la vida de la respectiva capellanía.

Nuestra diócesis puede exhibir ya una rica historia, protagoniza un presente en expansión y marcha hacia un futuro cargado de promesas. Les pido que nos unamos en la súplica a Nuestra Señora para encomendarle los trabajos pastorales que están en curso, sobre todo en las periferias existenciales a las que nos envía el Papa y entre los más pobres, a los cuales les debemos la comunicación del Evangelio y de la vida de la gracia. Que podamos ser una Iglesia “en salida”, fervorosamente misionera, como nos lo ha pedido Francisco.

Finalmente, reconozcamos que venimos a Luján también como argentinos, en cuanto tales. La Virgen gaucha es nuestra patrona en cuanto hijos de esta Patria.

Una renovación de nuestra vida social no depende sólo de los gobernantes, en sus distintos niveles. Depende también, y mucho, de nosotros. Conociendo nuestras flaquezas, busquemos amparo en el cariño de nuestra Madre y pidámosle por la patria y por nosotros, responsables de su futuro.

La escena del Calvario que escuchamos en el Evangelio de hoy, está relacionada con otra, que también nos ha transmitido San Juan: es el relato de las bodas de Caná. Seguramente ustedes la recuerdan: María advirtió la necesidad de aquellos novios a quienes en plena fiesta se les acabó el vino, y discretamente recurrió a Jesús. No tienen vino, le dijo (Jn. 2, 3). Jesús la probó al contestarle que no había llegado todavía la hora de manifestar su poder. Pero ella, que lo conocía muy bien, recomendó a los sirvientes: hagan todo lo que él les diga (Jn. 2, 5); y se produjo el milagro.

A nosotros también María en Luján nos remite al Señor, a escucharlo y a obedecerlo. Llevemos hoy en el corazón esta consigna, que ella nos repite íntimamente: ¡hagan todo lo que él les ha dicho!

Que este pedido de nuestra madre nos movilice con entusiasmo, nos sostenga el ánimo para dar testimonio de la fe mediante una conducta en la que reluzca una caridad universal, de modo que a pesar de los problemas, infaltables en la vida, gocemos de una sencilla y profunda alegría, porque nuestra vida es servicio.

Que así sea!

 001