Homilía de Monseñor Arancedo

Pilar, 10 de noviembre de 2014

Con la celebración de esta eucaristía iniciamos nuestra 108° Asamblea Plenaria en la memoria de san León Magno, Papa y doctor de la Iglesia. Su vida, su doctrina y ministerio han marcado el camino de la Iglesia en tiempos de definiciones cristológicas y de afianzamiento eclesial. En la palabra de León la Iglesia reconocía la voz de Pedro, y en ella la promesa de la asistencia del Espíritu Santo. La celebración de su memoria nos mueve a renovar nuestra fe y comunión con la persona y el ministerio del Santo Padre, a quién el Señor le dijo en Pedro: “pero yo he rogado por ti, para que no te falte la fe. Y tú, después que hayas vuelto, confirma a tus hermanos” (Lc. 22, 32).

En el evangelio de san Lucas que hemos proclamado los apóstoles, luego de escuchar a Jesús hablarles de corrección fraterna: “Si tu hermano peca, les dice, repréndelo, y si se arrepiente, perdónalo”, le piden al Señor: “Auméntanos la fe” (Lc. 17, 3-5). La realidad del perdón es parte central del evangelio de la gracia. ¡Qué difícil es comprender y vivir esta dimensión del perdón sin una mirada de fe que nos introduce en la vida de Dios y nos descubre como hermanos! Es comprensible, por ello, el pedido de los apóstoles al Señor “auméntanos la fe”, para poder vivir la palabra de corrección fraterna, de perdón y reconciliación. Esta es una página central del evangelio de Jesucristo que: “ha derribado (en su persona) el muro de enemistad” que separaba a los hombres (Ef. 2, 14).

En nuestro “Camino Hacia el Bicentenario en Justicia y Solidaridad” decíamos que la Patria necesita, aún: “Avanzar en la reconciliación entre sectores y en la capacidad de diálogo. Una amistad social que incluya a todos, afirmábamos entonces, es el punto de partida para proyectarnos como comunidad, desafío que no hemos logrado construir en el transcurso de nuestra vida nacional” (33). Trabajar al servicio del encuentro y la reconciliación de los argentinos es expresión de fidelidad al evangelio de la verdad y la vida, de la justicia y la paz. Es necesario favorecer en nuestros pueblos, recuerdo que decíamos en Aparecida: “todos los gestos, obras y caminos de reconciliación y amistad social” (535).

Participamos, en esta ocasión, de una Asamblea Electiva de la Conferencia Episcopal. Este hecho hace al camino institucional de nuestra responsabilidad y afecto colegial al servicio de la Iglesia en Argentina. Somos pastores que hemos recibido una misión personal al frente de nuestras Iglesias, pero también, como miembros de la Conferencia Episcopal, tenemos una tarea más amplia que reclama de nuestra presencia. ¡Qué el Espíritu del Señor oriente nuestro discernimiento en el cumplimiento de este acto al que estamos llamados a participar en nuestro servicio pastoral!

Todo acto electivo en la Iglesia es un colaborar desde nuestro conocimiento y decisiones en la obra del Señor. El cuenta con nuestra libertad, nuestra disponibilidad y espíritu colegial en la búsqueda del bien de su Iglesia. Dios y nosotros, nunca nosotros y Dios. Él actúa con los dones de su Espíritu a través de nuestra inteligencia y docilidad. Somos conscientes de nuestros límites, diversidad de acentos y opiniones, pero en el mismo amor y servicio a la Iglesia. Esto enriquece nuestro camino de participación, comunión y servicio eclesial.

Nos hace bien, por ello, volver nuestra mirada de fe a esa oración con la que invocamos al Espíritu Santo al comienzo de nuestras reuniones: “Adsumus, Domine, Sancte Spiritus. Ven a nosotros, quédate con nosotros. Entra en nuestros corazones. Haznos ver lo que debemos hacer. Muéstranos hacia dónde debemos caminar. Lleva a su plenitud lo que debemos realizar. Tú sólo, sé nuestro inspirador. Sólo tú el autor de nuestros juicios…… Únenos eficazmente a Ti, por el único don de tu gracia para que seamos uno en Ti y en nada nos apartemos de la verdad…”.

Quiero compartir, finalmente, el gozo con el que participé en Roma de la reciente beatificación de Pablo VI, al recordar que fue nuestra Conferencia Episcopal la que presentó ante la Santa Sede el pedido de inicio de la causa de su beatificación. Con cuánta gratitud a Dios pudimos ver y, en mi caso, participar en este acto. Su persona, su palabra y el testimonio de su pontificado, fueron un camino providencial en los trabajos y los frutos del Concilio Vaticano II.

Benedicto XVI, retomando las palabras de san Juan Pablo II, en su Carta apostólica “Porta Fidei”, sentía el deber: “de indicar al Concilio como la gran gracia de la que la Iglesia se ha beneficiado en el siglo XX, y concluía, es una brújula segura que se nos ha ofrecido para orientarnos en el camino del siglo que comienza”. ¡Vivamos la beatificación de Pablo VI, como testimonio y signo de la riqueza del Concilio Vaticano!

Pongamos a los pies de María Santísima, Nuestra Madre de Luján, los trabajos de esta 108° Asamblea Plenaria del Episcopado Argentino.

 

Mons. José María Arancedo

Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

Presidente de la Conferencia Episcopal Argentina