La tempestad calmada

La tempestad y los Apóstoles

Fue el Señor mismo quien impulsó a sus discípulos a subir a la barca: “Crucemos a la otra orilla” les dijo. Cristo es Dios, por lo que bien sabia lo que les esperaba, ya que nada acontece sin el permiso del Señor. Y sin embargo, los exhortó a caminar hacia la prueba. ¿Cuál será la razón por la cual Jesús obro de esa manera? Quizás era que esos discípulos, amados con predilección y especialmente llamados al apostolado, no se ensoberbecieran por tal distinción, sino que, aprendiendo a ser humildes en la dificultad, se preparasen mejor para la prueba futura, la mas terrible de todas, que sería para ellos el escándalo de la Pasión de Cristo, verdadera tempestad en sus corazones vacilantes, que contemplarían como su Señor moría en un cruz, del mismo modo que un malhechor cualquiera.

Trastabillando en la barca sacudida por las olas mientras Jesús dormía, y comprobando luego el poder absoluto del Señor que súbitamente hizo cesar la tempestad, los Apóstoles aprenderían por los ojos que Jesús era verdadero hombre y verdadero Dios. Dormía primero sobre el cabezal de la popa, mostrando así que era hombre como nosotros, sujeto a las necesidades de todos los mortales. Calmo luego el mar bravío, en lo cual se manifestaba como Dios, a quien el viento y el oleaje obedecían. Su acción prodigiosa, nos trae a la memoria la creación original, donde se destaca el poder soberano de Dios. sobre el mar impetuoso a cuyas olas arrogantes impuso limites, de ese mismo Dios que un día encresparía las tranquilas aguas del mar Rojo para anegar en ellas al perseguidor egipcio.

Obrando así, el Señor fortalecería la fe de sus discípulos, fe todavía incipiente.

 

La Iglesia en tempestad

El episodio evangélico que nos ocupa encuentra también aplicación en la vida de a Iglesia. Sabemos que la Iglesia a sido comparada con una barca que a lo largo de los siglos atraviesa el mar de este mundo, con la proa puesta en dirección al puerto, que es la eternidad. El Señor, como antaño a los discípulos, invito a todos los hombres que entrasen a ella si querían salvarse de las olas procelosas.

Y así la Iglesia a navegado durante los veinte siglos de su historia, y seguirá navegando hasta el fin del mundo hasta la vuelta del Señor. Aveces en periodo de bonanza. Otras en medio de tempestades. Hoy vivimos en momentos de borrasca.

Sin duda en estos últimos tiempos la Iglesia ha conocido algunos cambios saludables que han sido al menos, pueden ser, causa de una autentica renovación espiritual.

Todos nosotros sentimos con mayor o menor intensidad el vaivén de esta tormenta. Sin embargo, hoy como ayer, debemos tener confianza en el Señor que aparentemente duermen. No debemos perder la esperanza. Decimos “esperanza”, no necesariamente “optimismo”, que son dos cosas diferentes. Cuando se habla de esperanza se alude a la providencia de Dios, a la intervención divina capaz de romper el mecanismo de las causas segundas. La esperanza no excluye que detectemos los peligros, los peligros verdaderos del momento presente, así como que preveamos las amenazas del futuro; presupone que captamos la realidad tal cual es. Pero a la vez implica una fe inquebrantable en la victoria final de Cristo, con la feliz convicción de que al hombre que busca a Dios, nada ni nadie podrá separarlo de su amor. Por eso el que tiene esperanza no es ni pesimista ni optimista. Es el único realista verdadero. Sabe muy bien que Cristo esta por encima del mundo. Y que , a su hora, se despertara de su desconcertante sueño, y con un gesto imperioso calmara la tempestad.

 

Nuestra alma en tempestad:

Finalmente podemos aplicar este episodio a nuestra propia vida espiritual. Al fin y al cabo nuestra alma, es una micro Iglesia, una pequeña Iglesia, con sus periodos de calma y sus momentos de tormenta.

Eso que dice San Pablo: “El que vive en Cristo es una nueva criatura. Lo antiguo ha desaparecido, un ser nuevo se ha hecho presente”, implica un permanente desmoronamiento del hombre viejo, y una perenne resurrección a la vida de Cristo. Y ello no se hace sin cimbronazos, en tranquila bonanza. Más aun, Cristo permite que sus predilectos sufran este tipo de pruebas como antaño permitió que la soportaran  sus discípulos mas cercanos. En ocasiones podemos tener la impresión de que Jesús se ha olvidado de nosotros. De que nos abandona mientras remamos en medio de olas impresionantes. De que  nos deja en la pura Fe. Sin consuelo alguno sensible. Cuantas veces nos sentimos cansados, con angustia, agotados, deshechos, como los Apóstoles vacilantes en su barca  y Jesús durmiendo…

Cada uno de ustedes sabe de sus luchas íntimas, con frecuencia mas dolorosas que las que provienen de su interior. Pero nunca olvidemos que Cristo esta siempre junto a nosotros. Cristo reprocho a los Apóstoles su poca Fe por que no creían  que mientras dormía era capaz de salvarlos.

Podríamos decir que nuestra vida a veces aparece el temor, por que no pocas veces advertimos que las olas se elevan hasta entrar en la barca de nuestra alma, amenazado hundirla. Frente a eso la esperanza por que sabemos por la fe que no estamos solos, y que el Señor es el primer interesado en que no sucumbamos. Él se reserva darnos el gozo de su presencia quizás cuando nuestro desaliento se haga difícil. Un día se nos mostrara cara a cara, al termino de nuestra vida mortal. Nos vera a lo mejor sudorosos, salpicados de barro pero esto le agradará sobre manera, como después de una gran batalla a un general le satisface mas ver a sus soldados de fajina y un poco maltrechos que en impecable uniforme de gala.

Pronto nos vamos a acercar a recibir el cuerpo de Jesús. Puede ocurrir que nuestra alma se encuentre en un momento de tempestad interior, ¿Qué mejor que la presencia del Señor para calmarla? Pidámosle que nos confirme en la fidelidad, de modo que sepamos permanecer inclaudicables en su servicio, aunque lo sintamos ausente o lo veamos silencioso y dormido, siempre esta con nosotros , como lo estará realmente en pocos momentos por la Sagrada Eucaristía.