“¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo?”

Con esta pregunta se abre el misterio de la muerte y nos deja estupefactos… nosotros, seres finitos, quedamos atónitos ante la pregunta de estos dos hombres vestidos de blanco (eran ángeles con aspecto humano)… ¿qué podríamos contestarles a ellos si no supiéramos que Jesús resucitó?

La fiesta de todos los santos, que celebramos ayer, y la conmemoración de los fieles difuntos, que celebramos hoy, tienen algo en común y, por este motivo, han sido colocadas una tras otra.

Ambas celebraciones nos hablan de nuestra trascendencia.

Si no creyéramos en una vida después de la muerte, no valdría la pena celebrar la fiesta de los santos y menos aún visitar el cementerio para acompañar a nuestros muertos…. ¿A quién visitaríamos, o por qué encenderíamos una vela o llevaríamos una flor o elevaríamos una plegaria?

Todo en este día nos invita a una sabia reflexión: “Enséñanos a contar nuestros días -dice un salmo- y alcanzaremos la sabiduría del corazón”.

Decía el poeta Giuseppe Ungaretti: “Vivimos como las hojas del árbol en otoño”.

El árbol en primavera vuelve a florecer, pero con otras hojas; el mundo continuará después de nosotros, pero con otros hermanos.

Las hojas no tienen una segunda vida, se pudren donde caen.

¿Nos pasa a nosotros lo mismo? Aquí termina la analogía. Jesús prometió: “Yo soy la resurrección y la vida, quien vive y cree en mí, aunque muera, vivirá”. Es el gran desafío de la Fe.

La Fe no exime a los creyentes de la angustia de tener que morir, pero la alivia y le abre el horizonte de la Esperanza. El prefacio de difuntos dice: “Si nos entristece la certeza de tener que morir, nos consuela la esperanza de la inmortalidad futura”.

El temor ante la muerte es un sentimiento muy humano, pero no es esencialmente cristiano…

Hay muchos sentimientos humanos que deben ser elevados y enriquecidos por la reflexión cristiana.

El cristiano ve la muerte y cree en la vida, porque sabe que la muerte, desde que un día Jesús murió en la cruz por amor solidario hacia todo el mundo, no es el final, es el paso a la existencia plena que Dios quiere para todos los Hombres.

De ésta plenitud tenemos un anticipo en la eucaristía que nos inserta en el misterio de muerte y de vida de Jesucristo, nos hace estrecha la comunión con todos los santos y nos lleva a la plegaria de sufragio por los difuntos.

Por eso, hoy es también día de Esperanza. Sabemos que, después de pasar también nosotros el umbral misterioso de la muerte, podremos reencontrarnos con nuestros seres amados y con la multitud inmensa de hermanos que disfrutan de la victoria de Jesucristo sobre el Mal.

Así, la oración de un alma peregrina en el mundo puede ayudar a otra alma que se está purificando después de la muerte.

Por eso siempre, pero hoy en especial, la Iglesia nos invita a rezar por nuestros queridos difuntos y a visitar sus tumbas.

Por eso, mis queridos hermanos, recemos por nuestros muertos… y hoy, aquí, quisiera recordar a nuestros hermanos que murieron por la patria, cumpliendo con su deber con Justicia y Caridad.

Morir por la patria es morir por todos nosotros… por mí, por ustedes… recordemos a los incontables soldados cuyos nombres son desconocidos (por nosotros, ya que no hay soldados desconocidos para Dios), que combatieron en las guerras para lograr nuestra Independencia en las filas patrióticas, liderados por los próceres que nos dieron una Patria.

Recordemos a los camaradas que combatieron heroicamente en las Islas Malvinas, hasta entregar sus vidas.

Recordemos a nuestros policías, prefectos y gendarmes que dieron la vida por nosotros por defendernos, para defender la integridad de los ciudadanos…

Recordemos también a todos los hombres y mujeres civiles que, desde los primeros tiempos de nuestro sueño como Nación, fallecieron cumpliendo el deber de defenderla.

Porque defender a la Patria es actuar con heroísmo, con valentía y generosidad suprema. Es ofrecer la propia vida a las generaciones futuras, buscando que los argentinos vivan y sueñen con un país mejor.

Porque defender la Patria es también cumplir cada día, a conciencia, la responsabilidad que cada uno tiene.

Que María, Estrella de la Esperanza, haga más fuerte y auténtica nuestra Fe en la vida eterna y sostenga nuestra oración de sufragio por los hermanos difuntos, y que el Dios de la vida, que resucitó a Jesús de entre los muertos, les conceda la plenitud de la vida que sólo se logra al contemplar cara a cara a nuestro Creador.

Que así sea.

Homilía de Mons. Pedro Candia