Queridos hermanos,

Hemos venido a esta Parroquia a ofrecer la Misa de Apertura de Puerta Santa, y para dar comienzo al año Jubilar de la Misericordia convocado por nuestro Santo Padre Francisco.

Venimos a Misa conscientes de nuestra vocación de servicio a la Patria. Toda vocación es un llamado del Dios Providente a cumplir una misión en esta vida, vocación que al ser correspondida se convierte en medio de realización humana y sobrenatural, se convierte en camino de santificación personal cuando es vivida con un sentido trascendente.

En la Solemnidad de la Virgen Inmaculada, el Papa Inauguró el Año Santo de la Misericordia, que marcará la vida de la iglesia y de sus fieles durante el próximo año.

“La lglesia vive un deseo inagotable de brindar misericordia, fruto de haber experimentado la infinita misericordia del Padre y su fuerza difusiva” EG 24

El mensaje de Jesús es la misericordia, es el mensaje más fuerte del Señor.

El Papa se basa en la profunda experiencia eclesial de la misericordia descendente, aquella que Dios brinda al hombre desde su creación y que se manifiesta en toda la historia de la salvación, pero de manera particular e inefable en el misterio de la encarnación, vida, muerte y resurrección de Jesucristo para la salvación de los hombres.

Por eso ha insistido en estos años en la necesidad de que los cristianos pongamos en práctica la que podemos llamar misericordia horizontal, de los hombres entre nosotros y, especialmente, hacia los que sufren la carga del pecado, de la miseria, de la marginación, de la exclusión, de la persecución, de la soledad, de la angustia, de la enfermedad.

A esto se refiere cuando nos invita a salir de la comodidad de nuestros templos para marchar hacia las periferias existenciales.

El Año Santo como oportunidad de conversión.

Toda conversión comienza en la inquietud que el espíritu experimenta al descubrir las infidelidades en las que hemos caído frente a la llamada de Dios a la santidad. El Año Santo es por ende, una llamada a la revisión, a fin de hacer una profunda evaluación de las respuestas que damos a las exigencias de nuestra vida interior y de nuestra relación con los demás y con el mundo.

Una tarea para este año jubilar es este ejercicio riguroso, comprometido y veraz de la búsqueda interior para encontrar todas aquellas cosas que nos apartan del amor de Dios y reconocerlas como verdaderos tumores de la vida espiritual.

El examen de conciencia, decía el Papa Juan Pablo II, “es uno de los momentos más determinantes de la existencia personal en el cual todo hombre se pone ante la verdad de su propia vida, descubriendo la distancia que separa sus acciones del ideal que se ha propuesto”.

El Año Santo nos ofrece una oportunidad para recomenzar este camino. A ello nos invita el Papa Francisco: “éste es el tiempo oportuno para cambiar de vida. Este es el tiempo para dejarse tocar el corazón… Permanecer en el mal camino es solo fuente de ilusión y de tristeza. La verdadera Vida es algo bien distinto. Dios no se cansa de tender la mano.” MV 19c

En este mismo sentido nos exhortaba San Juan Pablo ll convocando al Año Santo 2000: “el tiempo jubilar nos introduce en el recio Lenguaje que la pedagogía divina de la salvación usa para impulsar al hombre a la conversión y la penitencia, principio y camino de su rehabilitación y condición para recuperar lo que con sus solas fuerzas no podría alcanzar: la amistad de Dios, la gracia y la Vida sobrenatural, la Única en la que pueden resolverse Ias aspiraciones más profundas del corazón humano” Jn Pb II Incarnationis Mysterium 2

María, Madre de la misericordia.

Una lectura atenta de la escena de la anunciación (cf. Lc 1, 26- 38), junto con la del cantico del Magnificat —donde se cita expresamente Ia “misericordia (cf. Lc 1, 46—55. 50), la de Ias bodas de Caná (cf. Jn 2, 1-12), y la de María al pie de la cruz (cf. Jn 19, 265) nos ofrece un precioso compendio bíblico de la acción de la misericordia divina en María. Y esto nos puede iluminar con fuerza la realización, en este Año Jubilar, de las obras d misericordia corporales y espirituales.

Recordemos también con gozo que en uno de los más famosos cantos a María, el Salve Regina (del S. XI), se la invoca como “Madre de Misericordia”.

En Ias Letanías del Rosario (del S. XII) se la recuerda como “Madre de la divina gracia”, “Salud de los enfermos”, “Consuelo de los afligidos” y “Auxilio de los cristianos”, expresiones todas que remiten explícitamente a las obras de misericordia.

Concluyamos con el augurio del Papa Francisco:

“Que Ia dulzura de la mirada de María, Madre de la misericordia nos acompañe en este Año Santo, para que podamos redescubrir la alegría de la ternura de Dios. Nadie como María ha conocido la profundidad del misterio de Dios hecho hombre” (MV 24)

Cristo, la Misericordia encarnada.