“En este Año Santo, somos invitados particularmente a ser no sólo anunciadores del Reino, sino canales de la Misericordia de Dios que es capaz de transformar corazones y estamos llamados a ser agentes activos de esa misericordia que nosotros mismos hemos experimentado. 

Pero nadie puede dar lo que no tiene, por eso sólo quien se reconoce objeto de la misericordia de Dios puede transmitirla  a los demás con su vida y sus palabras.

Sobre la base de este modelo, debemos purificar continuamente todas nuestras acciones y todas nuestras intensiones. Es necesario hacerlo allí donde la misericordia es entendida y practicada de manera unilateral, como bien hecho a los demás.

Esa concepción y praxis reducida no alcanzaría a expresar la riqueza y el alcance de la misericordia. Sólo es realmente un acto de amor misericordioso cuando, practicándola, nos convencemos profundamente que al mismo tiempo la experimentamos por parte de quienes la aceptan de nosotros. Si falta esta bilateralidad, esta reciprocidad, entonces nuestras acciones no son aún auténticos actos de misericordia.

Así pues el camino que Cristo nos ha manifestado en el sermón de la montaña con la bienaventuranza de los misericordiosos, es mucho más rico de lo que podemos observar a veces en los comunes juicios humanos sobre el tema de la misericordia. En general, se considera a la misericordia como un acto p un proceso unilateral que presupone y mantiene las distancias entre el que usa la misericordia y el que es gratificado, entre el que hace el bien y el que lo recibe.

Por lo tanto, nuestra acción misionera no puede quedar en un “dar”, “entregar”, “llevar”, “anunciar”.

Pero, es automáticamente misericordiosa cuando también los misioneros, en el mismo acto, somos capaces de “recibir”, de enriquecernos por la vida y la presencia del otro. 

Por otro lado, el significado verdadero y propio de la misericordia en el mundo no consiste únicamente en una mirada, aunque sea la más penetrante y compasiva, dirigida al moral, físico y material. La misericordia se manifiesta en su aspecto verdadero y propio, revalida, promueve y extrae el bien de todas las formas de mal existentes en el mundo y en el hombre.

Ese es el mensaje salvador de Cristo.

Hoy celebramos la solemnidad de la Virgen de Luján, Patrona de la Patria y de nuestro Obispado Castrense. 

El 8 de mayo, se hará el anuncio público de la apertura de las causas de beatificación de los dos grandes apóstoles de la Virgen de Luján: el Negro Manuel, natural de Angola (muerto en 1686), y el sacerdote vicentino del siglo XIX, Jorge María Salvaire, (1847-1899), originario de Francia.

Ambos son presentados como “grandes servidores y apóstoles de la Virgen de Luján, que fallecieron en su Villa, invocándola con conmovedoras palabras de confianza”.

Un ejemplo para el Año de la Misericordia

Tanto el Negro Manuel como el Padre Salvaire fueron manifestación viva del tierno amor a la Virgen de Luján, devorados de un santo celo para procurar su mayor gloria; y sembradores de las obras de misericordia proclamadas por Jesús, como camino seguro para alcanzar el cielo.

Ahora miremos por un momento nuestros corazones, que también guardan como preciado tesoro la devoción a Nuestra Señora de Luján, vamos a rezar unidos a toda la Iglesia para que por su poderosa intercesión acepte la petición que se presentará en los próximos meses.