“Hermanas y hermanos:
Celebramos esta Misa en acción de gracias por el egreso de los nuevos oficiales del Ejército, como es antigua tradición.
Nos da la oportunidad de considerar una de las cuestiones centrales en la vida de todo oficial: el ejercicio del mando, el liderazgo, el ejercicio de la autoridad como servicio.

El mando es la actividad esencial y predominante de un oficial del Ejército y de todo jefe militar, porque las Fuerzas Armadas son organizaciones que exigen sacrificios a sus integrantes, incluso la entrega de sus vidas si así la demandare el cumplimiento de la misión.

El progreso y éxito de las organizaciones, cualquiera fuere su naturaleza y finalidad. (social, política, económica, etc.) dependen fundamentalmente de las cualidades y eficiencia de sus jefes en el ejercicio del mando.

Por su naturaleza el mando no es necesariamente innato; depende de cualidades y condiciones que pueden ser desarrolladas y de la aplicación racional de principios que pueden ser aprehendidos.

La eficacia del jefe en el ejercicio del mando depende de todo lo que haga o deje de hacer para fortalecer los vínculos existentes entre él y sus subordinados y entre ellos entre sí. De allí que deberá ser un ejercicio revestido de humanidad.

Cada situación pondrá a prueba sus aptitudes para mandar

Por eso será muy importante para ustedes, los nuevos oficiales, asimilar los principios del mando:

* Creer en la causa que se sirve y auxiliarse de la fe en Dios.
* Entregarse sin limitaciones al régimen del servicio.
* Tener sentido de la autoridad y de la dignidad.

Para llegar a cualquier meta, la primera condición será creer en su verdad y posibilidad. El jefe que no tiene fe en la causa que sirve no cumplirá la más elemental de sus funciones: influir y entusiasmar a sus subordinados. Un jefe escéptico será el principal destructor de la moral de sus hombres porque anticipadamente su ánimo estará derrotado.

El pesimismo no es cristiano, porque un cristiano debe distinguirse por las virtudes de la fe y la esperanza.

Ustedes, jóvenes oficiales, deberán creer en lo que emprenden y esperar el éxito; amar la causa que se defiende por encima de la propia vida y hacer partícipes a sus hombres de su fe y entusiasmo

En los momentos de peligro y fundamentalmente cuando el jefe se enfrenta con la muerte en el cumplimiento de su misión, necesitará recurrir a los valores espirituales más puros

En tales circunstancias resultará normalmente imprescindible creer en la nobleza de la causa que se sirve, creer en la presencia y providencia de Dios, la fe será la brújula que oriente sus decisiones.

Solamente estos factores serán capaces de insuflar fuerzas a un espíritu sujeto a muchas presiones negativas y en el cual la soledad será la regla

Nuestro Señor ha dicho que nadie tiene amor más grande que aquel que es capaz de dar la vida por lo que ama.

La vocación del soldado es una vocación de servicio a la paz y a la defensa, servicio en el que compromete lo más preciado que tiene un hombre en el orden natural, su propia vida.

Por eso un jefe creyente estará mejor preparado para afrontar las dificultades y la misma muerte. El sentido trascendente de su vida y de su vocación lo fortalecerá.

El jefe creyente influirá con sus convicciones y su ejemplo en el espíritu religioso de los subordinados y, consecuentemente, en la moral de sus hombres y de la organización.

Las virtudes de un jefe creyente tendrá su fundamentación en el Evangelio y en la ética cristiana, que dará fuerza y sentido a todas sus acciones.

Pero bien, quien esté llamado a dirigir un grupo –dirigirlo, conducirlo-, debe emprender antes una función titánica, y esta es la de lograr el dominio de sí mismo.

Este dominio no es atarse a cadenas y perder la libertad, sino más bien todo lo contrario. El dominio de sí mismo da una gran libertad de espíritu.

Un oficial debe identificar ideales hacia los cuales dirigir su vida, perseguir aquellos valores y virtudes que guíen e iluminen su andar y el de aquellos que se le encomiendan.


Pero ese andar del hombre en búsqueda de ideales, principios, valores y virtudes no está ajena a las debilidades propias de la condición humana o al error, pudiendo arrastrar a una conducta peligrosa y oscura. 

Para ello necesitamos de herramientas que nos instruyan, que nos corrijan y que finalmente, nos sostengan por el buen camino.

Esto lo tuvo muy claro el Libertador cuando creó este glorioso cuerpo de hombres armados, instituyendo el famoso ¨Código de Honor Sanmartiniano¨, con el objetivo de que sus hombres se rijan por el Honor, la Disciplina y la Ética. 

San Pablo, luego de su conversión, llegó a ser el gran apóstol de los gentiles, abandonó la persecución de cristianos y fue detrás de Cristo para proclamar incansablemente su Palabra. 

Así llegó a lugares inhóspitos para su época, lugares remotos como Grecia, Turquía, Chipre, Malta… llegando hasta Roma, donde debió atestiguar esa Verdad con su propia sangre.

Procuremos que al final de nuestro peregrinar, digamos como el apóstol:

“He peleado la buena batalla, he terminado la carrera, he guardado la fe. En el futuro me está reservada la corona de justicia que el Señor, el Juez justo, me entregará en aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que aman su venida”

Invoquemos a Nuestra Madre la Virgen del Carmen, Patrona del Colegio Militar de la Nación a cuyo regazo acuden confiados los integrantes de esta joven Promoción 146 del CMN, para que interceda por nosotros. Amén.”