El lunes 25 de julio, tuvo lugar en la Catedral Castrense Stella Maris una Santa Misa de Acción de Gracias por el 78 Aniversario de la Gendarmería Nacional.

La celebración fue presidida por el Padre Sergio Danielis, quién fuera miembro de la Fuerza y fue ordenado Sacerdote en el pasado mes de abril. Concelebraron el Padre Rubén Bonacina, Capellán Mayor de la Gendarmería, Monseñor Germán Carmona, Capellán Mayor de la Armada y el Padre Ricardo González, Capellán Mayor de la Fuerza Aérea. Participaron los Capellanes de Gendarmería destinados en la provincia de Buenos Aires.

Estuvieron presentes el Director Nacional, Comandante General Gerardo José Otero y autoridades de la plana mayor de la Fuerza.

Finalizada la celebración, el Padre Rubén Bonacina dirigió unas palabras a los presentes y luego se entonaron las estrofas del Himno Nacional Argentino.

Compartimos la Homilía que pronunciara el Padre Sergio:

“Hermanos: 
Estamos conmemorando un nuevo aniversario de la creación de nuestra «Gendarmería Nacional», allá por 1938; es decir, ya que se han cumplido 78 años de servicio como Centinelas de la Patria, preservando nuestro territorio nacional, cuidando la integridad de nuestras fronteras y contribuyendo a mantener la identidad en nuestras áreas limítrofes. Y lo hacemos en el mejor de los contextos: la Celebración Eucarística. 
 
Ciertamente, el sacrificio de Cristo en la Cruz es la acción de gracias plena, perfecta y más elevada. No podemos pensar – y ni siquiera imaginar – ninguna acción más noble que la que entraña el misterio de la Eucaristía. En ese misterio se realiza lo que san Mateo nos dice en el Evangelio que acaba de ser proclamado: «…el Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por una multitud.» (Mt 20, 28) 
 
Por eso, «dar la vida» por otro y en actitud generosa de «servicio» es lo que define propiamente al discípulo de Cristo porque, a imagen y semejanza de su propia entrega, únicamente quien sigue al único Maestro y se dona a sí mismo en testimonio de Amor puede hacerse verdaderamente grande, dando pruebas de que es un auténtico servidor de los demás y – por ende – de Cristo, a quien glorifica con su vida. 
 
Para los tiempos que corren, muchos quieren sentarse “a la derecha y a la izquierda” de los privilegios, de las prebendas, de las ganancias, de los aplausos…; pero, no todos tienen el coraje y la determinación de beber el cáliz del servicio, el mismo cáliz que bebió nuestro Salvador –, movidos sólo por el amor, cuya recompensa es aquel gozo al que alude Jesús – y que el mismo Pablo nos lo recuerda en el Libro de los Hechos de los Apóstoles –: «La felicidad está más en dar que en recibir.» (Hch 20, 35) Y bien podríamos agregar, sin temor a equivocarnos, que no hay mayor felicidad que darse a sí mismo para gloria de Dios y para que muchos participen de la acción de gracias (cfr. 2 Cor 4, 15) manifestada y realizada en Cristo Jesús. 
 
Esta actitud de entrega y de donación es la que define al seguidor de Cristo; una actitud que se complementa con la necesaria vigilancia, con el estar despiertos y en vela, sin dormir ni dejarse seducir por las sombras que acechan en las tinieblas. Es la misma actitud que se le exige al centinela: aquel que vela guardando el puesto que se le ha encargado y que se le confía. Es por ello que el centinela es depositario de confianza; de él se espera que no se duerma, que sea fuerte, que tenga coraje, que no se deje seducir, que encarne valores y practique las virtudes, que cultive la piedad y obre la justicia; en definitiva, el centinela tiene que ser un hombre de Fe, que aguarde en la Esperanza y que se done por Amor. 
 
En el contexto del anuncio evangélico, el centinela está llamado a mostrar y demostrar que la valía de su tesoro no proviene de la mera determinación de su voluntad – aunque una voluntad forjada y la fortaleza de carácter sean condiciones que deban fomentar y en ellas ser instruidos –; por el contrario, cuando la empresa es realmente grande y noble, la fuerza para llevarla adelante no puede tener sino una sola fuente: el poder extraordinario que proviene de Dios y que llevamos en vasijas de barro (cfr. 2 Cor 4, 7). Recién entonces, el espíritu de lucha y la voluntad férrea de vencer alcanzan su significado más puro, porque es Cristo quien hizo brillar la luz en el corazón de su centinela y servidor (cfr. 2 Cor 4, 6).
 
Estar dispuestos a dar la vida, para honrar la palabra empeñada, no puede tener mejor resguardo que aquel de donde deriva nuestra propia dignidad personal: Dios y su Palabra hecha Carne. De allí, también, que sea propio del centinela la agudeza de su oído, para poder escuchar aquella Presencia que la noche envuelve en su oscuridad. Muchas son las oscuridades de nuestra vida, muchos los desafíos, en múltiples ocasiones el centinela se enfrenta con la muerte… pero, una sola es su luz: «Yo soy la Luz del mundo. El que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la Vida.», dice el Señor (Jn 8, 12; cfr. 2 Cor 4, 6). 
 
La Luz que sostiene al centinela es la que lo define como tal y la que le permite comprender que “el verdadero soldado no lucha porque odia lo que tiene delante, sino porque ama lo que tiene detrás.» (G. K. Chesterton). Lo que está detrás del centinela es su Patria, que se hace rostro concreto en su familia, sus camaradas, sus conciudadanos, las instituciones y valores que defiende y preserva, la misión y la tarea que se les confía… y – en última instancia, aunque en primer lugar – el único Dios, vivo y verdadero, de quien dice la Escritura: «Creí, y por eso hablé» (2 Cor 4,13). El centinela cree y por eso habla con el testimonio inquebrantable de su obrar, que lo hace sembrar entre lágrimas, para poder cosechar con la alegría (cfr. Sal 125 [126], 5) que brota y resplandece en el Evangelio de la gloria de Cristo (cfr. 2 Cor 4, 4). 
 
La experiencia – y particularmente el testimonio de los caídos en actos de servicio – nos dice que muchas veces «Estamos atribulados por todas partes, pero no abatidos; perplejos, pero no desesperados; perseguidos, pero no abandonados; derribados, pero no aniquilados.» (2 Cor 4, 8-9); y, en todas, absolutamente en todas esas circunstancias, el Señor, que hace grandes cosas (Sal 125 [124], 3) y todo lo renueva (cfr. Ap 21, 5), es quien nos sostiene para que se manifieste y realice en nosotros la obra de su AMOR. 
 
Confiando en la Virgen de Luján, nuestra Madre y Patrona, demos gracias a Dios por estos 78 años de servicio abnegado y pidamos la fidelidad y perseverancia en el fiel cumplimiento de la misión que nuestra Patria nos ha encomendado. 
 
Así sea. “