“Nos encontramos aún transitando el Año de la Misericordia, donde consideramos cómo Dios clemente y bondadoso sale a nuestro encuentro en orden a nuestra Redención, la humanidad entera viene a ser como esa oveja perdida del Evangelio ante la cual el Padre envía a su Hijo para rescatarla.

Hemos sido especialmente convocados a vivir este año de gracia. Se nos concede, pues, vivir un tiempo precioso de conversión y santificación teniendo “nuestros ojos fijos en Jesús iniciador y consumador de nuestra Fe”; contemplandolo a él “lleno de gracia y verdad” y “de cuya plenitud todos los hemos recibido gracia tras gracia.”

Se nos ha invitado a cruzar la Puerta Santa siendo ésta una ocasión para dejar atrás al hombre viejo y dar lugar al hombre nuevo, constituyendo éste un momento propicio para dejar atrás el pecado y pueda así resurgir en nosotros la gracia. Invitación a sepultar y enterrar los vicios, invitación, en definitiva, para edificar nuestras vidas en el magnífico despliegue de las virtudes.

 En este Año Santo a la vez podemos con humildad acogernos al perdón del Dios indulgente, a nuestro alcance está también el llegar a ser instrumentos de esa misericordia divina ate los demás, ante aquellas personas que comparten con nosotros la travesía de esta vida hacia el puerto de la eternidad, siendo nosotros mismos activos en la práctica de las obras de misericordia tanto corporales como espirituales.

Viviendo el presente año de la misericordia, somos nosotros instrumentos de la gracia de Dios enseñando al que no sabe, corrigiendo al que se equivoca, visitando a los enfermos y presos, enterrando a nuestros difuntos. ¡Qué es la misericordia de Dios para nosotros sino mover a los hombres de armas para que se encuentren con el Dios bondadoso que bendice sus vidas santíficandolos con su gracia!

¡Cuántas veces vemos en nuestros fieles, hombres y mujeres abnegados que saben entregarse por los demás con verdadera vocación de servicio, que saben velar por el bien de todos y a la hora de exigirse son ellos mismos quienes con austeridad y sacrificio nos mueven a los demás a una exigencia aún mayor; ellos mismos nos mueven con su ejemplo.

Esta vocación militar, en nuestra visión trascendente, viene de Dios principalmente y a Él se dirige, sabiendo que conjuntamente es la Patria la que nos llama a su servicio y la que puede también reclamarnos algo si no la servimos como es debido.

Sin duda nuestra Iglesia Particular Castrense es un hospital de campaña (expresión usada por el Papa) donde podemos asistir a personas llagadas en el cuerpo y en el alma, personas que muchas veces se ven arrastradas por un mundo y una época problemáticos y conflictivos, pero también es cierto que en tal hospital de campaña podremos asistirlos con la lumbre gozosa de la Palabra revelada y la fuerza regeneradora de la Gracia.

Nosotros no tenemos que ir muy lejos para imitar el ejemplo de Buen Samaritano mientras bajaba hacia el camino de Jericó. En nuestras unidades donde a diario vamos y venimos hallamos muchos hombres y mujeres ulcerados y lacerados en sus almas y conciencias que necesitan de nuestra ayuda, la ayuda sacerdotal de los Capellanes, pero también de la ayuda de sus camaradas, siendo todos así instrumentos de la gracia que siempre regenera y vivifica.

Y en esta dimensión qué inconmensurables son los bienes que brinda la Iglesia a través de los Capellanes por medio del sacramento de la reconciliación que nos ayuda a amigar a los hombres con Dios y a los hombres entre sí.

En la medida en que nosotros mismos aprendemos a recibir tal misericordia y estamos prestos a dejarnos reconciliar con Dios, eso mismo nos posiciona y sitúa para poder entender al hombre y a la mujer pecadores, porque también nosotros estamos envueltos de debilidad y podemos compadecernos del que sufre y ayudar así a aquellos que han sucumbido ante la debilidad y la fragilidad.

También María es Madre de Misericordia porque Jesús le confía su Iglesia y toda la humanidad. A los pies de la Cruz, cuando acepta a Juan como hijo; cuando, junto con Cristo, pide al Padre el perdón para aquellos que no saben lo que hacen (f. Lc 23,24)

La Virgen María experimenta la riqueza y universalidad del amor de Dios, que le dilata el corazón y le capacita para abrazar a todo el genero humano y cada uno de nosotros.

La Virgen también nos dirige la indicación dada a los sirvientes en Caná de Galilea durante el banquete de bodas: “Hagan lo que él les diga”. Esta es la brújula en nuestro itinerario espiritual: “hacer la voluntad de Dios”.

María

Madre de misericordia,

cuida de todos para que no se haga inútil

la cruz de Cristo, para que el hombre

no pierda el camino del bien,

no pierda la conciencia del pecado y crezca

en la esperanza en Dios,

“rico en misericordia” (Ef 2,4),

para que hagamos libremente las buenas obras

que Él espera de nosotros (cf. Ef 2,10)

y de esta manera, toda nuestra vida sea

“un himno a su gloria” (Ef 1,12) 

San Juan Pablo II”