“Transcurre el Año Santo de la Misericordia. En este tiempo de gracias especiales, la familia no solo está llamada a ser hogar y escuela de misericordia, sino también a redescubrirse a si misma como expresión de la misericordia. Y es que la misericordia de Dios no tiene un reflejo más perfecto en la Tierra que la propia familia.

Cuidar del otro cuando esta enfermo, acoger al huésped en casa, dar de comer al que tiene hambre, consolar al que sufre, perdonar cuando nos hieren o corregir al que se equivoca, son obras de misericordia que hacemos a diario en la vida familiar.

El Papa Francisco lo expresa muy bien en la bula de convocatoria del Jubileo Extraordinario, Misericordiae vultus: “La misericordia de Dios no es una idea abstracta, sino una realidad concreta con la cual Él revela su amor, que es como el de un padre o una madre que se  conmueven en lo más profundo del sus entrañas por el propio hijo [...]“. Así es el amor familiar: mientras que en la sociedad a veces se rechaza a las personas por incapaces, o porque no hacen bien su trabajo, o si cometen un error, “en la familia no se descalifica al hijo, ni al marido, ni a la esposa. Se acepta a cada uno u tal como es”.

Para comprender la misericordia divina hay que comenzar por entender la familia, porque “el mejor modelo que tenemos para hablar de ella es la figura del Padre”.

“Hoy en día, muchos niños crecen sin un padre pero, para vivir la misericordia, hay que rehabilitar esta figura, para que se comprenda la parábola del hijo pródigo, que es la parábola de la misericordia por excelencia”. “´Trátame como a uno de tus jornaleros´, le dice el hijo a su padre. Lo único que quiere es pan para saciar su hambre, pero el padre no le da lo mínimo, sino que lo restituye a su dignidad original”.

En esta sintonía, un primer paso para vivir el año de la misericordia en la familia consiste en restablecer plenamente las relaciones familiares. Y es que dar y recibir perdón es la expresión máxima de la misericordia del Padre.

El rencor es un veneno que va circulando por nuestras venas y nos corroe. Por el contrario, el perdón es la virtud que predispone a vivir la misericordia al estilo de Dios.

La convivencia en la familia es imposible sin el perdón. “Si los esposos no se perdonan, si padres e hijos no se perdonan todo, si los hermanos no se perdonan entre sí, se deterioran las relaciones familiares”. A la vez, si en la familia se ama, cuanto más de ama, más fácil es perdonar. Lógicamente cuesta más perdonar las heridas más profundas que van calando poco a poco. “Por eso, en la familia, tenemos que ser muy prudentes, para no crear heridas que después son difíciles de cerrar”

Ahora bien, hay que comprender qué supone el acto de perdonar, porque, “no significa que yo olvide la ofensa qu han causado, sobre todo cuando es una ofensa grave. lo importante es ir haciendo un camino para que, poco a poco, se vaya recordando sin dolor y, sobre todo, sin rencor. A base de hacer actos de perdón, van cambiando los sentimientos de nuestro corazón, pues el perdón es. sobre todo, una decisión; un acto de la voluntad”

La misericordia, sin embargo, no se reduce al perdón, sino que se vive de forma cotidiana en la familia. De hecho, un gesto por excelencia de la misericordia es acoger el don de la vida, y más aún hoy en día, cuando la cultura promueve la fragilidad del vínculo, la violencia o la satisfacción del deseo sin límite. ” Dios es misericordioso porque nos ha dado el ser”.

De igual manera, los padres, al dar a los hijos la vida, expresan un amor infinito que es misericordia en esencia pura.

Vivir nuestra vocación al amor consiste en la donación de nosotros mismos. por eso, la misericordia supone “salir de nosotros mismos, lo que suele ser la mejor terapia para curar nuestro desamor, nuestra soledad y nuestra necesidad de amor”.

“La madre Teresa de Calcuta decía que cuando uno se siente solo y necesitado, tiene que pedirle a Dios poder encontrar a alguien a quien ayudar y consolar”

El Papa nos invita a vivir na Iglesia en salida, a ir a las periferias, a abrir nuestros ojos para observar las miserias del mundo y escuchar su grito de auxilio: ” En este Jubileo la Iglesia será llamada a curar aún más estas heridas, a  aliviarlas con el óleo e la consolación, a vendarlas con la misericordia y a curarlas con la solidaridad y la debida atención”.

La oración en familia es clave para vivir la misericordia porque, “la misericordia es un don: no brota solo de nuestras fuerzas, hay que pedirlo. Cada día esta lleno de momentos para ensanchar el corazón para que pueda llenarse de la misericordia de Dios, y,  desde ahí, convertirnos en testigos de la misericordia: la bendición de la mesa, el ofrecimiento de obras, la Eucaristía dominical o el rezo del Rosario en familia.

Siete obras de misericordia espirituales, que aprendimos con el catecismo:

1. Enseñar al que no sabe. A la familia le corresponde educar con paciencia. Además, tiene la responsabilidad de inculcar a los hijos la disciplina del ´aprender a aprender´. También el marido y la mujer, a través de su comunión, pueden enseñarse mucho el uno al otro, que ambos tienen costumbres y habilidades diversas.

2. Dar buen consejo al que lo necesita. La familia es el lugar en el que con mayor espontaneidad se practica el buen consejo. En una educación equilibrada, ir pasando gradualmente de órdenes a dar consejos. Cuando llegue el momento en que los padres acuden a sus hijos para pedirles consejo, se sabrá que la educación ha ido bien.

3. Corregir al que yerra. Fuera de la familia muchas veces no hay suficiente amor para corregir, en cambio, en la familia la corrección fraterna de hace con plena naturalidad. Una corrección es una obra de bien cuando se realiza con las debidas disposiciones.

4. Perdonar las injurias. En el seno de la familia se enseña a pedir perdón y a perdonar. Son dos caras de la misma moneda. Una supone superar el orgullo y la otra, superar el rencor. La única manera de educar en el perdón es reconocer que somos queridos gratuitamente porque quien es amado con gratuidad es capaz de amar del mismo modo.

5. Consolar al triste. En la familia se educan los estados de ánimo; se aprende a tolerar el fracaso y a relativizar la tristeza y los disgustos (que muchas veces no son objetivos). En el matrimonio, también los esposos han de animarse mutuamente en sus estados de tristeza.

6. Sufrir con paciencia los defectos de los demás. En la calle, los defectos se disimula, en la familia, no. El amor maduro sabe compaginar la corrección fraterna con la aceptación de los defectos del otro. Además, muchas veces, cuando la persona se siente aceptada como es, y querida incluso con sus defectos, tiene la fuerza suficiente para empezar a cambiar.

7. Rogar a Dios por vivos y difuntos. La familia es escuela de oración. Si en la familia no se ensezara rezar, ¿entonces donde? Conmueve la experiencia de ver a los padres rezando.

María,
Madre de misericordia,
cuida de todos
para que no se haga inútil
la cruz de Cristo,

 para que el hombre

no pierda el camino del bien,
no pierda la conciencia del pecado
y crezca en la esperanza en Dios,
«rico en misericordia»,

para que haga libremente las buenas obras
que él le asignó
y, de esta manera, toda su vida
sea «un himno a su gloria».
Amen.