En la mañana del viernes 23 de septiembre, tuvo lugar en el salón auditorio “Manuel Belgrano” del edificio Libertador, la celebración de una Santa Misa por Nuestra Señora de la Merced, Patrona del Ejército Argentino.

La Eucaristía fue presidida por Monseñor Pedro Candia, Administrador Diocesano de nuestro Obispado y concelebrada por el Padre Oscar Naef, Capellán Mayor del Ejército y Capellanes que prestan su servicio pastoral en distintas Unidades del Ejército.

Estuvieron presentes el Jefe del Estado Mayor General del Ejército, Teniente General Diego Suñer, el Secretario General del Ejército, General de Brigada Carlos Alberto Nogueira, otras altas autoridades de la Fuerza.

Compartimos a continuación la Homilía que pronunció Monseñor Candia:

Celebramos los 204 años de la Batalla de Tucumán.

El 24 de septiembre de 1812 el General Belgrano estuvo orando largo rato ante el altar de la Virgen, e incluso la tradición cuenta que pidió un milagro a través de su intercesión. A continuación, ocurrieron una cadena de hechos providenciales que terminaron con el triunfo de los patriotas. Son muy interesantes los testimonios de protagonistas y cronistas de la batalla. 

El General Belgrano ha querido expresar su propia veneración y la de su tropa a nuestra señora de La Merced, designándola Generala y Patrona del Ejército y entregando su bastón de mando, después de la histórica Batalla que aseguró nuestra libertad y el éxito de la Revolución emancipadora.

Hablando de libertad, es útil recordar que Dios ha creado al Hombre para ser libre. En efecto, el hombre y la mujer son la corona de la creación y como nos enseña la Biblia, todo el resto de lo creado ha sido sometido a su dominio. Nosotros somos, además, las únicas criaturas capaces de razonar, de hablar y por lo tanto de dialogar con Dios y entre nosotros. De entender y de decidir, usando el gran don de la libertad. 

Entonces, Dios no ha creado esclavos o ciervos, sino hombres y mujeres libres que sean capaces de actuar por si mismo y de asumir la plena responsabilidad de las propias acciones. Pero alguna vez caemos en las trampas del tentador que nos quiere hacer creer que solo sin Dios podremos ser verdaderamente libres. Con esa presunción se repite el drama de la historia humana, donde a veces el hombre quiere ocupar el lugar de Dios e imponer a los demás su voluntad. Todo pueblo encontrará en sus propios libros de historia períodos de esta clase. 

Una de las tantas tragedias que acabamos de analizar en la primera lectura del libro de Judith, en la que una viuda hebrea, en un momento difícil de gran confusión ha sido llamada a librar al pueblo de Israel de la ocupación y del exterminio. Una mujer simple pero piadosa, movida por una profunda fe en Dios, llega a ser el instrumento de salvación para toda la nación. Judith, sin embargo no considera que la victoria sea mérito suyo, sino que proclama, en cambio, el poder invencible de Dios, que sólo él es grande y glorioso. Y con agradecimiento exclama “Que te sirvan todas las criaturas porque tu dijiste que fueron hechas, enviaste tu espíritu, él la formó y nadie puede resistir a tu voz”. 

El verdadero mérito de Judith es el rol profético que asume en un momento crítico de la historia. Ella restituye, como mujer de fe, confianza a los desalentados, aliento a los desesperados e indica a los jefes del pueblo que la verdadera libertad e independencia se pueden alcanzar solamente colaborando con Dios, creador y salvador. 

Judith, a diferencia de sus contemporáneos, cree en la presencia activa, creadora de Dios, en los trabajos humanos. También ella sabe que el señor parece ausente y silencioso, la misma existencia de su pueblo sería impensada sin su protección. Para ella solamente, Dios es quién podrá salvarlos. 

Además hermanos, este rol profético forma parte de la misión de la iglesia. Como creyentes estamos llamados a dar testimonio de que nuestra historia, como la de todos los pueblos, está en las manos de Dios. No el hombre, sino Dios es señor de la historia. Es deber de los cristianos y demás miembros de la comunidad que profesen una religión recordar continuamente al mundo que Dios no sólo existe sino que ama al hombre, que está cerca de él. 

Dios respeta al hombre,  le deja la libertad de decidir su propio destino. Pero esa libertad nos hace responsables de nuestras acciones y requiere, por tanto, el justo uso de la libertad. Y es precisamente Nuestra Señora de la Merced quien nos introduce en el justo uso de la libertad. 

Desde el comienzo de su vida ella es expuesta al poder Divino.

Cuando el Ángel Gabriel le preguntó si estaba dispuesta a ser la madre del Hijo de Dios, ella respondió con energía aceptando la voluntad de Dios para su vida. Así María llega a ser la madre de la gracia, madre de nuestra Merced y es así que en adelante todas las generaciones la llamarán feliz, porque el Todopoderoso ha hecho de ella grandes cosas. 

Abandonándose plenamente en el amor divino, en la misericordia del omnipotente, María se vuelve plenamente disponible y por lo tanto libre para la obra más grande de Dios, la encarnación de su hijo. 

Ser hijos e hijas de María es por lo tanto una invitación constante a imitar su vida y a realizar la voluntad de Dios también en nuestra vida. 

La verdadera libertad, entonces, no consiste en hacer lo que queremos sino más bien en hacer la voluntad de Dios. 

El camino que conduce a la libertad es la fe que nos anuncia la Iglesia y que profesa que Jesús Cristo es hijo de María y de Dios. Ella es nuestro camino, el Señor era nuestra vida, era nuestra verdad. 

Queridos hermanos y hermanas en Cristo, nuestros días están marcados por un conflicto entre esta tradición, defendida por la Iglesia y el presente. Se trata, usando las palabras del Santo Padre, “de una crisis de la verdad”. “Pero solamente la verdad –indica el Papa– puede orientar y trazar el rumbo de una existencia lograda como individuo y como pueblo”. 

El Santo Padre continúa: “De hecho, un pueblo que deja de saber cual es la propia verdad, acaba perdiéndose en el laberinto del tiempo y de la historia. Sin valores bien definidos, sin grandes objetivos en todo tiempo y circunstancia. Una visión a favor de una sociedad a la medida del hombre, de su dignidad, de su vocación” 

El Papa concluye: “La fidelidad al hombre exige la fidelidad a la verdad, que es la única garantía de la libertad”. 

Finalmente, queridos hermanos y hermanas en Cristo, el Evangelio de esta tarde nos revela otro aspecto importante sobre la misión de María. 

Como último acto antes de morir, Jesús confía a su madre a San Juan, el discípulo amado. Con ese gesto, que supera el amor filial, Jesús da como madre a María no solo a Juan sino a todos aquellos que creerán en él. 

María, la madre de Jesús, es por lo tanto, también la madre de los creyentes, es decir de la Iglesia. 

La mirada de María se convierte, así, según el Santo Padre, Benedicto XVI, en la mirada de Dios dirigida a cada uno de nosotros. Ella nos mira con el amor mismo del amor del Padre y nos bendice, se comporta como nuestra abogada, aunque todos hablarán mal de nosotros, ella, la Madre hablaría bien, porque su corazón inmaculado está sintonizado con la misericordia de Dios. 

Y como anuncio de magnificad por su intersección la misericordia divina se extenderá sobre todos los que temen al Señor, según la promesa que Dios le hizo a Abraham y su descendencia para siempre. 

Bajo la cruz, María se convierte en la nueva Eva, la mujer por excelencia que asume la maternidad para los hermanos de su hijo. Mientras la primera Eva pensó conquistar la libertad en la plena independencia de Dios, la segunda Eva, María, nos indica, como el camino para la verdad, verdadera libertad la obediencia a la persona y a las enseñanzas de su hijo. El sólo tiene palabra de vida eterna y puede conducirnos a la vida que es más fuerte que la muerte y que la corrupción física. 

Queridos hermanos en Cristo,  pidamos a nuestra señora de La Merced que nos conceda a todos la gracia de ser hijos de su hijo, y mujeres y hombres dignos de nuestra vocación cristiana. Que nuestra Señora de La Merced asista a nuestra iglesia castrense a fin de que el año de la fe, anunciado por nuestro Santo Padre, sea un verdadero baño de gracias, de conversión y de renovación espiritual para todos. 

Madre dolorosa, estando bajo la cruz de tu hijo habrás de nuevo recordado la palabra del ángel Gabriel, con la que en el momento de la anunciación respondió a tu miedo: “No temas María”. Y cuantas veces el Señor tu hijo ha repetido las mismas palabras a sus discípulos: “No temáis, ten valor. Yo he vencido al mundo”. 

Ruega por nosotros santa madre de Dios para que se alejen de tu Iglesia todo temor, toda ansia. Que se renueve la fuerza de creer. Con esta fe llegaste a la mañana de la resurrección. Ayúdanos Madre Nuestra para que también nosotros pecadores podamos participar en la Pascua eterna de tu hijo. 

Santa María señora de La Merced, Madre Nuestra, ayúdanos a creer, a esperar y a amar. Amén. “