La siembra de la Palabra

“Salió el sembrador a sembrar” (Mateo 13,1) “Como bajan la lluvia y la nieve desde el cielo” (Isaías 55,1). Dios siembra su palabra como lluvia, abundantemente, copiosamente, todos los días, siempre.. Su semilla son dones y gracias, regalos de Dios. Principalmente Su Palabra.

La parábola del sembrador significa que, por muchos obstáculos que se le opongan, el sembrador que sembró la semilla cosechará fruto abundante, pero siguiendo los  ritmos de la semilla y sin pretender ni estirar el tallo del gladiolo, ni precipitar los granos de la espiga, ni adelantar la apertura de los pétalos de la rosa.

Cada oyente de la Palabra es el que va recibiendo el influjo de la semilla que germina, interpela, engendra deseos, provoca decisiones, punza con argumentos, impulsa el cambio de vida. De allí vendrá después la responsabilidad de los cristianos que reciben la siembra de la semilla y que son catalogados en este texto evangélico según diversas calidades de las tierras.

“Al principio ya existía la Palabra” (Jn 1,1). Era la Palabra eterna que el Padre pronunciaba en el seno de amor de la Santa Trinidad.

Después fue la Palabra Creadora: “Mediante la Palabra se hizo todo” (lb 3). Dios sembró su palabra en la creación, maravillosa, grandiosa, armoniosa, y sembró la vida en los hombres, los primeros hombres, el primer hombre y la primera mujer. Pero ellos frustraron la palabra de Dios, desobedeciendo, al susurro del padre de la mentira (Romanos 8,18).

Desde entonces, “la creación expectante, esta aguardando” el cumplimiento de la palabra de Amor de Dios.

Pronunció después la palabra dialogante a Noé, a Abraham, a Moisés, a los profetas. ¿Quién, qué hombre, será tan leal y fiel, que lleve a cumplimiento la palabra salvadora?

Cuando los tiempos llegaron a la plenitud, la Palabra se hizo hombre y habitó entre nosotros. Y nos reveló al Padre, nos reveló su amor misericordioso. Nunca habríamos sabido de Dios, si Dios mismo no hubiera hablado de sí por medio de su Palabra. Esa es la razón por la que la Segunda Persona de la Santa Trinidad es llamada Verbo, Palabra, porque habló como hombre y se nos comunicó en signos humanos.

Esta vez no habrá posibilidad de fracaso, sino que estará garantizado el éxito, porque ha enviado a cumplir esa palabra  a su Hijo, que es la Palabra encarnada y personal, que no vuelve al Padre vacía, sino que hace su voluntad y cumple su encargo. Y su encargo es sembrar y sembrarse. 

Ahora es Jesús el que sale a sembrar. Jesús ha venido a sembrar la Palabra, a transmitirnos lo que piensa y lo que quiere el Padre; a revelarnos cómo es el Padre; cómo quiere que sigamos el camino de la felicidad; vino a contagiarnos con sus sentimientos y sus deseos, a regar con su sangre la siembra de su Palabra y a dejarse sembrar en el sepulcro.

En consonancia con el texto de Isaías que la lluvia y la nieve que descienden del cielo, no vuelven allá sin empapar la tierra, sin fecundarla y hacerla germinar, la Palabra que sale de mi boca- dice el Señor- no vuelve a mí sin resultado, sin haber cumplido lo que yo quería y haber llevado a cabo su misión.

La semilla tropezará con tierras pedregosa, se enredará entre cardos y espinas, caerá sobre corazones duros como las piedras del camino, pero se realizará la salvación, proyectada por el Padre Misericordioso y realizada por la obediencia de su siervo doliente y obediente, Jesús.

Abundancia de palabra, sacramentos y dones de Dios, todo en función de la cosecha que superará cardos y espinas y pedregales y corazones malvados. Nadie podrá detener el germen divino de la semilla porque ha sido sembrada por Dios.

Jesús siembra en todas partes, en los caminos, en el terreno pedregoso, en zarzas, en tierra buena. A un agricultor n se le ocurrirá sembrar trigo en la carretera, o sobre el pavimento de su casa, o entre las zarzas y entre los erizos del monte,porque sabe que el camino o las zarzas o las piedras, serán siempre camino, zarzas o piedras.

Pero la semilla de la palabra que se siembra en el corazón de los hombres sí que puede ablandar el camino, y convertirlo en tierra fértil y en campo productivo; las zarzas y las piedras pueden desaparecer y la tierra limpia puede recibir la semilla buena de la palabra de Dios y llegar a producir frutos de virtud y de santidad, porque la Palabra es creadora, como lo es el Espíritu, creador y dador de Vida, Vivificante.

Todos los días recibimos gran cantidad de semilla buena, de ejemplos buenos, de consejos estimulantes, de correcciones caritativas, estamos envueltos en acontecimientos salvíficos movidos por un Dios que no duerme (Sal 120, 4-9), de gracias de Dios que nos ama y n0s quiere salvar. De nosotros depende que esa semilla produzca frutos o se esterilice.

El enemigo sembrará la inconstancia, y la falta de raíces intentará hacernos sucumbir en las pruebas y en las tentaciones. Las preocupaciones y las inquietudes, el nerviosismo y el estrés y la ambición y el afán de las riquezas, o el deseo de los placeres, pueden hacer estéril la palabra sembrada, eso ya dependerá de nosotros.

Pero cuando la semilla se esterilice en un corazón, encontrará eco en otro corazón noble.

La doctrina de Cristo es un grano de mostaza por su tamaño. Pero dejémosla que caiga en la tierra buena de un corazón preparado, reguémosla después con abundancia  de agua de oración y de reflexión y veremos cómo nace y cómo crece fructifica. Hasta el punto de que los pájaros; que son las almas que vuelan y no reptan, busquen cobijo y descanso en sus ramas.

Es más difícil que la palabra de Dios arraigue si no encuentra un corazón de carne, es decir, si no hay en el hombre al menos un inicial deseo de honradez, un clima natural de humanidad, que supone captación de la belleza moral, afecto noble hacia lo bueno, gratitud debida al bienhechor, estímulo ante el progreso moral y el perfeccionamiento.

Diríamos que cuando el alma no vive como espíritu, sino que se materializa, cuando es incapaz de remontar su vuelo más allá de las fronteras del alcance de los sentidos, cuando no calcula más que lo que toca, ve y goza, hace más difícil la germinación del grano diminuto, pero eficaz; poco vistoso pero muy fecundo, de la Palabra de Cristo.

Pidamos a la Virgen de Luján, Patrona de la Patria y de la Gendarmería Nacional, que abra nuestros oídos para oír la voz de su Hijo Jesús, que quiere hablar a nuestro corazón; que ilumine nuestros ojos para que podamos ver las maravillas que Dios Hace en nosotros y a nuestro alrededor todos los días, incluso en medio de las dificultades y de las pruebas que nos tocan vivir y que nos dé un corazón generoso para hacer todo el bien que podamos. Amén.