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Homilía de Mons. Santiago Olivera en 10° aniversario de la Pascua del Cardenal Pironio

El Obispo Castrense presidió en la mañana del domingo 4 de febrero la Santa Misa en la Basílica de Luján, con motivo del vigésimo aniversario de la Pascua del Cardenal Eduardo Francisco Pironio, quien tiene iniciado el Proceso de Canonización.

De este modo se dio apertura al Año de la Memoria agradecida y de Acción de Gracias por la vida y el testimonio del querido Monseñor Pironio.

 

TEXTO DE LA HOMILÍA:

La Providencia ha querido que hoy presida la Misa por el Cardenal Pironio, recordando su fecunda vida y dando gracias a Dios por ella. Agradezco al Señor esta posibilidad por medio de la Acción Católica y la Causa de Canonización del Siervo de Dios a quien tuve la gracia de conocer personalmente y sin duda, mucho más por sus escritos.

Este año cumplo 10 años de Obispo y mi retiro de preparación fue uno predicado por el Cardenal a Obispos de Colombia. Me llena de alegría estar aquí en Luján pidiendo por su canonización, pero también saber que estamos bajo su amparo y guía.
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En el testamento espiritual del Cardenal, nos recordaba: “Salí del Padre y vine al mundo. Ahora dejo el mundo y vuelvo al Padre”. Gracias Señor y Dios mío, porque me llamas y me esperas…Solo pido que me sigan acompañando con su cariño y oración y que recen mucho por mi alma.

Y estamos aquí, en Luján pidiendo no por su alma que lo sabemos muy cerca de Dios, sino por su beatificación y canonización. Experimentamos su cercanía y su actualidad de vida porque ha
encarnado el Evangelio de Jesús. El texto de Job que hemos leído en la Primera lectura comienza con una afirmación
categórica sobre la condición humana: “El hombre en la tierra cumple un servicio, sus días son los de un jornalero (o asalariado)”. Este servicio se referiría a la milicia, por tanto, la condición del hombre es llevar la vida de un soldado o un asalariado, lo que implica que se trata de una vida llena de luchas y de sinsabores, de trabajo y de fatiga. De aquí el permanente deseo de alivio, de consuelo, que se cristaliza en la sombra para el siervo-esclavo y en la paga para el asalariado.

Job pasa de la afirmación genérica a su situación particular y descubre que en su vida no hay ningún consuelo. Por el contrario, es tanto el dolor que sólo aspira a que el tiempo transcurra, sin
encontrar ningún alivio en ello. Y aunque el tiempo pase rápido y la vida sea corta o la muerte prematura, no por ello encuentra sentido a una vida sometida al sufrimiento, se trata de “una
existencia sin sentido, el absurdo de ser hombre”.

Ahora bien, desde este “sentimiento trágico” de una vida acorralada por el sufrimiento y percibida ante todo como algo fugaz y pasajero, como un soplo, Job eleva su oración a Dios pidiéndole que tenga en cuenta su situación. En esta vinculación con Dios, posible por la fe aún en el dolor, está la novedad de este libro bíblico: “El sentimiento trágico de la vida, típico del mundo griego, también está presente en Job con toda su virulencia y eficacia; sin embargo, escapa en cierto
modo a una solución fatalista, porque, mientras los griegos carecen de intimidad y de diálogo con sus dioses, Job puede hablar con su Dios o al menos invocarle.

El evangelio de este domingo contiene tres escenas concatenadas. En primer lugar, la curación de la suegra de Pedro; luego las curaciones al atardecer; y, por último, la retirada de Jesús a
la soledad para orar. Después de lo sucedido en la sinagoga de Cafarnaúm (evangelio del domingo pasado) Jesús va con cuatro de sus discípulos a la casa de dos de ellos: Simón y Andrés. No bien llegan le avisan que la suegra de Pedro está en cama con fiebre. Si bien no se precisa el tipo de enfermedad, el hecho de estar postrada sugiere cierta gravedad. Un solo versículo se ocupa de contar su curación por parte de Jesús. Tenemos el relato de milagro más breve de la tradición evangélica; pero no por ello menos
significativo.

Como las demás curaciones de Jesús, son un signo de su poder para vencer al mal. Al poseído por el espíritu impuro lo curó en público por su sola palabra; ahora la suegra de Pedro es
curada en su casa con el simple gesto de tomar su mano y levantarla. Estas manifestaciones de poder son para san Marcos una manifestación de la autoridad divina de Jesús. Esta victoria de Jesús sobre los demonios y las enfermedades anuncian la instauración del Reino de Dios. Jesús la cura y ella se pone a servirlos. Como era sábado podemos suponer que a continuación compartió la comida propia de ese día festivo en esa casa con sus discípulos.
Luego se indica con precisión que ya se había puesto el sol – por lo que había terminado la obligación del reposo sabático – cuando le llevan a Jesús los enfermos y endemoniados a la puerta de
la casa, y Él los cura y libera.

La última escena nos describe a Jesús que, antes del amanecer, se retira a un lugar desierto para orar. Allí lo encuentran sus discípulos para manifestarle que la gente de Cafarnaúm lo busca. La
respuesta de Jesús no es volver allá sino ir a los pueblos vecinos para predicar allí, porque esta es su misión (“para esto he salido”). Esta última expresión no se refiere sólo al futuro inmediato, sino que
recapitula en cierto modo todo lo anterior. Esto aparece claro si prestamos atención al verbo “salir”,

Jesús “sale” de la Sinagoga y va la casa; “sale” de la casa y va al desierto a orar. Al final dice que “ha salido” para predicar el Reino de Dios. Podemos ver con claridad en este Evangelio que oración y misión de predicar constituyen una unidad indisoluble. El Cardenal Pironio lo ha tenido siempre muy claro, hemos podido experimentar
al escucharlo o leer sus numerosos escritos que su palabra viene asimilada, rumiada desde dentro, desde la experiencia de la vida interior de la oración personal.

En resumen, podemos decir que Jesús predica, anuncia la llegada del Reino; se compadece de los enfermos y endemoniados curándolos y liberándolos; comparte la intimidad de la casa con sus
discípulos; se retira a la soledad para orar. Por tanto, su tiempo se divide entre la atención de la gente, el compartir con sus discípulos y la oración solitaria.

Algunos comentaristas nos invitan a ir más allá de las acciones concretas de Jesús para captar sus actitudes como evangelizador. En primer lugar, su actitud de servicio por cuanto está siempre
atento a las necesidades de los demás y pronto a asistirlos. Luego su actitud de comunión por cuanto comparte la fiesta del sábado con sus apóstoles, se da tiempo para estar con ellos “en casa”. Y por
fin, su actitud de oración, de contemplación, pues busca la soledad y el silencio tan necesario para encontrarse con el Padre. Descubrimos entonces en Jesús un equilibrio interesante entre proximidad a los hombres y cercanía a Dios; entre inmanencia y trascendencia. En efecto, Jesús se manifiesta cercano a los hombres, atento a su necesidad de curación y de liberación del mal, físico y espiritual.

Pero no se queda aquí, sino que sale a buscar en la oración solitaria el encuentro con el Padre, con el Absoluto, alejándose de los hombres…para volver a ellos renovado en su misión. Jesús declara que predicar es su misión, que para esto ha salido. Ha salido del Padre para anunciar la llegada del Reino de Dios. La misión tiene su origen en la misma Trinidad con la generación eterna del Verbo; y la encarnación es la concreción en la historia y el tiempo de este
misterio eterno. Justamente por esta “pedagogía divina” de la encarnación Jesús acompaña su predicación con diversas curaciones y exorcismos que son los signos eficaces de la presencia de Dios.

También vemos que Jesús al cumplir su misión “no queda atado al éxito”, sino que siempre tiene como prioridad la voluntad del Padre que lo ha enviado a predicar, a recorrer toda la región, por
eso sigue su camino. En efecto, “Jesús no sucumbe a la tentación del éxito y de la notoriedad como nosotros, a riesgo de ser devorado por quien reclama una «proximidad» que se convierte en
pretensión de poseer a Dios y domesticarlo. Jesús, por el contrario, «salió» para retirarse a orar; no se pone en el centro a sí mismo, sino al Padre. Jesús realiza verdaderamente su propio «éxodo» desde las expectativas de la gente, aceptando, en cambio, la difícil voluntad de Dios. Nuestra plegaria debe
ser, por eso, una búsqueda de la voluntad de Dios a ejemplo y con la ayuda de Jesús”

Los discípulos, de ayer y de hoy, encontramos aquí toda una escuela de vida cristiana y luz profunda para examinar nuestra labor misionera. Preguntémonos si nuestra predicación y nuestra
acción están suficientemente fundamentadas sobre la oración incansable.

Celebramos 20 años de la partida del Cardenal Pironio, su partida que sabemos es presencia nueva. Pironio tenía clara conciencia de su vocación a la santidad por su vocación bautismal. H. U. Von Balthasar decía que la santidad es ante todo un vaciamiento de sí mismo y una identificación con la misión que Dios le ha encomendado

Recordaba el Cardenal: “Todo sacerdote, como todo cristiano, por el solo hecho de su bautismo está llamado a la santidad. “Esta es la voluntad de Dios que os santifiquéis” (ITes 4,3). La santidad cristiana no es ni presunción ni privilegio: es una obligación. La gracia santificante, depositada en el alma del niño por el bautismo, como germen de eternidad, tiende normalmente a
desarrollarse en el árbol gigantesco de la santidad (…). Los dos días más grandes en la vida del
cristiano, continua el siervo de Dios, son, por eso, el de su bautismo y el de su muerte: iniciación de la vida cristiana y consumación beatífica de la santidad. Pedimos confiados para que para Gloria de Dios y bien de su pueblo, la Iglesia confirme la
santidad del Cardenal, en este camino de tener la certeza de que es un hombre santo, y a la vez esperar los tiempos y la autoridad de la Iglesia que lo exprese y lo presente como faro, en ellos sin
duda, se ve el mejor rostro de la Iglesia.

Pironio, supo aportar a todos los tiempos que le tocó vivir la profundidad de sus reflexiones, fruto sin duda de su capacidad, don recibido y trabajado de la contemplación. Los santos trascienden
tiempos y fronteras, porque como decía viven la actualidad del evangelio, y compartía el Cardenal una reflexión a mediados del 56, que tiene notable actualidad: “La misión del cristiano hoy es volver
a poner a Dios en el ritmo de la historia. Volver a ponerlo en la economía, en el derecho, en la cultura, en la política, en la vida profesional, social y familiar, En una palabra, volver a ponerlo en el
campo de las tareas temporales. El gran pecado de hoy es haber ausentado a Dios de las tareas temporales y haberlas profanizado todas. Ante esa posición del cristiano, importan dos actitudes
fundamentales: una de apertura a Dios y otra de presencia en el mundo en que se vive. Las dos actitudes van juntas. El cristiano no se puede abrir a Dios sino desde la situación concreta en que se
mueve y con vehementes deseos de iluminarla, La única actitud buena es la de una fe viva y encarnada”.

Todos, consagrados y laicos, estamos ante el desafío de nuestra hora, argentinos enfrentados, hermanos sufriendo por necesidades concretas, miradas que separan, historias fragmentadas,
silencios y grietas que lastiman.

Quiero terminar con palabras del querido Bartolomé de Vedia que en su libro “ -La Esperanza como camino- , vida del Cardenal Pironio” nos decía: Recuperemos al Cardenal Pironio desde sus propias palabras. Pero recuperémoslo también desde nuestro padecimiento histórico, desde nuestro imaginario como nación. Porque no hay un país de la fe y un país olvidado de Dios. Hay un solo país, una única tierra que se llena de claridad o de sombras en la medida en que sepamos dirigir nuestra mirada a un horizonte iluminado o a un desierto sin sol. Pocos hicieron como Pironio para que la Argentina se construyera a sí misma desde la luz y no desde las tinieblas. Lo hizo desde la doliente realidad temporal contra la cual se debatió, durante décadas, su prédica de humanista y de pastor sin fronteras. Y lo sigue siendo, seguramente, desde ese presente esperanzado desde el cual continúa predicando su fidelidad a Jesucristo y su compromiso con los valores evangélicos.

Esa fue – esa es- la lección de Eduardo Pironio: la que nos invita a
contar el tiempo por auroras y no por crepúsculos. Por eso es que cada mañana empezamos a vivir (…).

+ SANTIAGO OLIVERA
Obispo Castrense de Argentina