obcastrensearg_papa francisco ángelus 11-3-18Ángelus | Cuidado cuando, en busca de una salida rápida, se pueden tomar atajos peligrosos que nos pueden llevar a la droga, o rituales de magia, la afirmación, es un resumen del mensaje de Papa Francisco, vertido en el cuarto domingo de cuaresma desde el balcón de Apartamento Pontificio ante los fieles reunidos en Plaza San Pedro, en el estado Vaticano.

Por tal motivo el Santo Padre nos alentó a llevar una vida moral sana, dejándonos llevar por el gran amor de Dios y de nuestra alegría Cristiana. En el rezo de hoy hizo especial énfasis sobre el significado de este cuarto domingo de cuaresma, que se llama Domingo Alégrate.

A continuación parte de la interpretación del Ángelus en versión castellana:

“La antífona de ingreso de la liturgia eucarística nos invita a la alegría: ‘Alégrate Jerusalén’. ¿Cuál es el motivo de esta alegría? Es el gran amor de Dios hacia la humanidad, como nos indica el Evangelio de hoy: ‘Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna’.

Estas palabras, pronunciadas por Jesús durante el diálogo con Nicodemo, sintetizan un tema que se encuentra en el centro del anuncio cristiano: incluso cuando la situación parece desesperada, Dios interviene, ofreciendo al hombre la salvación y la alegría.

De hecho, Dios no se aparta, sino que entra en la historia de la humanidad para animarla con su gracia y salvarla. Estamos llamados a escuchar este anuncio, rechazando la tentación de considerarnos seguros de nosotros mismos, de querer hacer a Dios de menos, recibiendo una absoluta libertad de Él y de su Palabra.

Cuando encontramos la valentía de reconocernos lo que somos, nos damos cuenta de que somos personas llamadas a lidiar con nuestra fragilidad y con nuestros límites. Entonces se puede padecer angustia, ansiedad por el mañana, miedo por la enfermedad o por la muerte.

Esto explica por qué tantas personas, buscando una vía de salida, invocan en ocasiones peligrosos atajos como, por ejemplo, el túnel de la droga, o las supersticiones, o los ruinosos rituales de magia. El cristianismo no ofrece fáciles consuelos, no es un atajo, sino que requiere fe y vida moral sana, que rechace el mal, el egoísmo y la corrupción. Pero nos da también la verdadera y gran esperanza de Dios Padre, rico de misericordia, que nos ha dado a su Hijo revelándonos así su inmenso amor.

La Cruz de Jesús es la manifestación más grande del amor de Dios: un amor que proviene del corazón del Padre y que es acogido y entregado con generosidad por el corazón del Hijo. Se trata de abrir el corazón a estos dones –continuó–, y, en el tiempo de Cuaresma, nuestra alegría consiste en acoger siempre mejor la misericordia de Dios. Sólo así podremos vivir una vida animada por la justicia y la caridad, y nos convertiremos en testimonios de este amor divino, un amor que no se entre únicamente a quien lo merece, no requiere recompensa, sino que se ofrece gratuitamente, sin condiciones.

Pido la intercesión de la Virgen María para que “nos meta en el corazón la certeza de que somos amados por Dios”.-