obcastrensearg_misa crismal 04 Santa Misa Crismal | Debemos sanar  la Verdad, presentándola completa, para que ilumine los caminos errados, el resumen se desprende de la Homilía del Obispo Castrense de Argentina, Mons. Santiago Olivera, quien en la mañana de hoy ofició la ceremonia religiosa. Es de destacar, que hacía exactamente 10 años que ningún obispo castrense oficiaba esta ceremonia, motivo por el cual llegaron más de 75 capellanes de todo el país, para escuchar la palabra de Mons. Olivera.

La Misa se desarrolló en la Catedral Castrense de Argentina, Stella Maris, con la presencia de capellanes de toda argentina, quienes recibieron el mensaje del Obispo de la Diócesis Castrense. Concelebraron, el Vicario General, Mons. Gustavo Acuña, el Vicario de Pastoral, Pbro. Rodrigo Domínguez, el Canciller Pbro. Martín Llanos y los Capellanes Mayores de las Fuerzas Armadas y de Seguridad, el Rector de la Iglesia Catedral, Padre Diego Pereyra, Religiosas y Seminaristas Diocesanos.

Por su parte, representación de las Fuerzas Armadas y Seguridad Nacional, acompañaron, el Comandante del Estado Mayor Conjunto, Tte Grl. Bari del Valle Sosa, Jefe del Estado Mayor de la Fuerza Aérea, Brig Grl Enrique Amrein, Subjefe del Estado Mayor Conjunto de las Fuerzas Armadas, Vicealmirante I.M. José Luis Villán, Jefe del Estado General del Ejército, Claudio Ernesto Pasqualini, Prefecto General, Prefecto Nacional Naval, Eduardo René Scarzello.

Mons. Olivera agradeció la gentileza del encuentro, celebrando la gracia de saberse juntos en este tiempo, señalando que la misión como sacerdotes es, servir a los fieles y a la Patria, de qué manera, Anunciando el Evangelio, la Alegría del Evangelio, para que la Palabra sea cada vez más y mejor encarnada. También recordó a quienes deben sanar, vendar y curar, enseñando que ellos son, los hombres y mujeres de nuestras Fuerzas Armadas y Fuerzas de Seguridad y a sus familias, como también se nos pide en esta hora, sanar la historia.

Pero no se queda allí, cuando habló de la historia y de por qué debemos curarla, dijo, han sido muchos años de una verdad a medias, parcial, ideologizada, y se impone con sencillez y caridad buscar y presentar la verdad completa, esplendorosa, que también ilumina los caminos errados. Alentando a generar y potenciar un ministerio activo, plagado de un espíritu misionero, recordando que deben potenciar una, pastoral con la intención de llegar a todos los ámbitos y a todas las personas. “No podemos quedarnos tranquilos en espera pasiva en nuestros templos, (podríamos decir guarniciones, oficinas, escuadrones, agrupaciones, etc.) sino que urge acudir en todas las direcciones” (DA 548).

Al final el Obispo, Mons. Olivera, agradeció la presencia de las autoridades, a los representantes de la vida consagrada, del pueblo, de algunos representantes laicos y de los sacerdotes, especialmente a quienes hicieron muchísimos kilómetros para estar cerca de él. Resaltando que con su esfuerzo, se sumaron con este signo de cercanía, de fraternidad de cercanía, donde se van profundizando los encuentros y espacios de manifestación de fe.

obcastrensearg_misa crismal 00

 

A continuación el texto completo de la Homilía:

Obispo Castrense de Argentina Mons. Olivera

HOMILIA DE LA SANTA MISA CRISMAL

Mons. SANTIAGO OLIVERA

Obispo Castrense de Argentina

Martes Santo 27 de Marzo de 2018

Iglesia Catedral “Stella Maris” – Buenos Aires

                                                                                   Con mucha alegría compartimos hoy la Misa Crismal. La celebración de esta Santa Misa es como una epifanía, en primer lugar, de la celebración del Único y mismo Sacerdocio y mismo Ministerio de Jesús, también es manifestación de pertenencia y comunión del Obispo con su presbiterio. Estamos de distintas partes de nuestra extensa Diócesis para ser testigos y cooperadores en la consagración del Crisma, del mismo modo que en mi ministerio cotidiano son ustedes cooperadores y consejeros. Que gracia que una vez al año podamos tener esta oportunidad de encontrarnos y sabernos que caminamos juntos, y deseo que cada vez más, este caminar juntos sea fruto de reflexiones juntos, proyectos juntos, deseos y sueños juntos para servir a nuestros fieles, que el Señor y la Iglesia nos confían. Servir a nuestros fieles y a la Patria, por tanto, Anunciando el Evangelio, la Alegría del Evangelio, para que la Palabra sea cada vez más y mejor encarnada. Nos recordaron los Obispos en Santo Domingo, que “ Hablar de Nueva Evangelización supone desterrar cualquier forma que no esté abierta a una madura y adecuada creatividad, que nos ayude a comprender la realidad holística del hombre, con un todo, donde su dimensión humana se retroalimenta de su condición espiritual y que lo lleve a instalar formas de vida y estilos culturales donde la presencia del Evangelio tiene la originalidad de transformarlo todo y de “ hacer nuevas todas las cosas”, por la presencia del Espíritu, que ha inspirado a quienes nos legaron esa Palabra de Vida.”

                                                                                El Espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido…todos nosotros podemos, en el mejor y santo sentido apropiarnos de estas palabras porque el Señor nos ha ungido…y nos ha ungido para llevar la Buena Noticia a los pobres, a vendar los corazones heridos, a proclamar la liberación a los cautivos…y ustedes serán llamados “Sacerdotes del Señor”, “Ministros de Nuestro Dios”, hemos escuchado en el libro de Isaías. Llevar la Buena Noticia, es nuestra razón del Ministerio. La Buena Noticia es El Señor Dios, que envió a su Hijo Jesús, es Jesús quien nos “Ama hasta el extremo, hasta el fin” que Ama sin límites, siempre y a todos. ¿Con que pasión lo anunciamos? ¿Cómo son nuestras fuerzas? ¿Cuánto dedicamos? ¿Cómo nos entregamos? En este tiempo santo se nos ofrece una nueva oportunidad para revisar nuestra vida y el camino que estamos transitando para con verdad continuar por él, emprenderlo y/o enmendarlo.

                                                                                        ¿Quiénes son hoy los más pobres en nuestra Diócesis? ¿Quiénes son los más heridos? ¿A quiénes debemos vendar, curar, sanar y anunciar liberación? Sabemos que esta es una misión de todos, pero a nosotros particularmente se no confía la misión de sostener y acompañar, vendar y sanar a los hombres y mujeres de nuestras Fuerzas Armadas y Fuerzas de Seguridad y a sus familias, como también se nos pide en esta hora, sanar la historia. ¿Cómo? Por lo pronto en la Verdad. Han sido muchos años de una verdad a medias, parcial, ideologizada, y se impone con sencillez y caridad buscar y presentar la verdad completa, esplendorosa, que también ilumina los caminos errados. Mostrar la verdad con claridad, como cuando nuestras heridas las ponemos al sol para curarlas.

                                                                                             Y con “memoria”, tan importante pero que sin verdadera historia puede ser peligrosamente tendenciosa, y necesitamos la verdad y la memoria, para mirar nuestro futuro con esperanza. Hemos sido ungidos para sanar, vendar y acompañar. La verdad muchas veces nos duele, pero nos hace libres. La verdad asumida engrandece, aunque parezca humillación. Verdad supone también entonces asumir los propios errores. Jesús vino a sanarnos, vendarnos, curarnos. Y esto es motivo de profundo gozo.

                                                                                             Si nos hemos encontrado verdaderamente con Cristo Jesús, no podemos quedar indiferentes ante su presencia. Este encuentro nos lleva a dejarnos amar, porque Él nos ha amado aun siendo nosotros pecadores. Reconociéndonos amados por Cristo Jesús, a quien nos trae el amor de Dios Padre, nos sentimos impulsados a amarle de la misma manera. A esto nos invita la conversión: dejarnos amar y amar, cambiando nuestra forma de pensar y de vivir, aceptando a Cristo totalmente, de manera especial su cruz y su resurrección. Y esto queridos hermanos es el gran desafío.

                                                                                            Contamos con la ayuda de la gracia, contamos con la fuerza del Espíritu. Ser cristiano no es solo asumir normas a cumplir sino asumir la vida de Jesús encarnándola en nuestra vida para decir con verdad es Cristo que vive en mí. Y porque vive en mí, también acepto su camino, a veces de humillación, de incomprensión, de difamación, de burla y de muerte, como el camino que atravesó Jesús. Hoy lo experimento como una dolorosa oportunidad que el Señor me regala. Y pido la gracia que siempre sea amando y perdonando.

                                                                                             Los presbíteros, enseña el Concilio, tienen como primer deber el anunciar a todos el Evangelio de Dios” (PO 4). “Como Iglesia y como sacerdotes anunciamos a Jesús de Nazaret Señor y Cristo, crucificado y resucitado, Soberano del tiempo y de la historia, con la alegre certeza que tal verdad coincide con las esperanzas más profundas del corazón humano.

                                                                                             Pero la actividad exterior, en resumidas cuentas, queda sin fruto y pierde eficacia si no brota de una profunda e íntima comunión con Cristo. El tiempo que dedicamos a esto es realmente un tiempo de actividad pastoral, de actividad auténticamente pastoral. El sacerdote debe ser sobre todo un hombre de oración. Lo necesitamos. Y el pueblo de Dios nos necesita orantes. Nos ayudará a discernir y andar por los caminos del Evangelio sin ambigüedades, firmes y seguros, frágiles pero fuertes.

                                                                                             Los invito hoy, y lógico también me sumo, a renovar las promesas sacerdotales en clave de conversión pastoral y disponibilidad misionera para poder ser santos sacerdotes. El expresivo signo de la bendición de los santos óleos, que serán usados para la administración de los sacramentos, nos habla de la santificación del pueblo cristiano mediante una intensa vida sacramental. La santidad del pueblo cristiano la realiza Dios por los sacramentos, pero no cabe duda de que la mayor o menor santidad de los ministros incide ciertamente en la fecundidad de su ministerio y –por ello- en la vida de toda la comunidad. Por eso debemos renovar también con las promesas, nuestros deseos de ser santos, procurando una auténtica y profunda conversión pastoral.

                                                                                           Nuestro Santo Patrono, el Cura Brochero, se santificó, santificando. Él es un buen modelo y referente en nuestro ministerio de pastores. También, es un fiel compañero de camino que ilumina y acompaña.

                                                                                           En esta Misa, el santo crisma y los óleos nos recuerdan nuestra condición de ungidos del Señor. Como ungidos de Él, nuestro ministerio, o sagrada función, como dice el Concilio, consiste en ungir, es decir, en anunciar el Evangelio a los pobres, a los cautivos la libertad, a los ciegos la vista, a los oprimidos la libertad. Fuimos ungidos en el Espíritu Santo, para comunicar vida en Cristo, para derramar su gracia y misericordia, y para crecer en libertad y fraternidad. Fuimos configurados con Cristo cabeza para conducir y servir. Es muy importante tener siempre presente que la verdadera autoridad es la que “hace crecer”, la que anima, levanta e integra. No la que impone y aplasta. Por eso, el que fue llamado a prestar este noble servicio, siempre deberá “bajar” y hacerse discípulo, ponerse a los pies del único Maestro, y aprender de él su estilo y su pedagogía, para reflejarlo en su ministerio con la caridad pastoral que experimentó junto a él. Este aprendizaje, que empezamos en el Seminario, sabemos, no terminó con la ordenación sacerdotal, sino que continúa toda la vida.

                                                                                          Queridos presbíteros, un día fuimos ungidos para vivir como sacerdotes y ser felices desempeñando este hermoso ministerio. Hoy queremos renovar esa unción del Espíritu Santo, que selló nuestra amistad con Cristo y nos insertó profundamente en la Iglesia, misterio de comunión y misión, como presbíteros-discípulos, cuya tarea está esencialmente marcada por la unción y por el servicio.

                                                                                         “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha consagrado por la unción”. Quiera Dios que este día sea un día de auténtica renovación. Tu nos conoces Señor, te presentamos nuestras vidas, nuestras alegrías, nuestras debilidades, nuestros aciertos y errores, nuestras miserias y pecados. Pero nos presentamos ante la Misericordia y en ella confiamos y por ella renovamos humildemente aquellas promesas que hicimos cuando fuimos ordenados sacerdotes. Renovamos las promesas, porque el Señor nos ha ungido y nos envía a una misión. La misión es la vocación definitiva de la Iglesia. El sentido misionero deberá animar toda la pastoral con la intención de llegar a todos los ámbitos y a todas las personas: “No podemos quedarnos tranquilos en espera pasiva en nuestros templos, (podríamos decir guarniciones, oficinas, escuadrones, agrupaciones, etc.) sino urge acudir en todas las direcciones” (DA 548).

                                                                                          Nos compartió el Papa Francisco en “El gozo del Evangelio” que la “La misión en el corazón del pueblo no es una parte de mi vida, o un adorno que me puedo quitar; no es un apéndice o un momento más de la existencia. Es algo que yo no puedo arrancar de mi ser si no quiero destruirme. Yo soy una misión en esta tierra, y para eso estoy en este mundo. Hay que reconocerse a sí mismo como marcado a fuego por esa misión de iluminar, bendecir, vivificar, levantar, sanar, liberar”.

                                                                                         Una pastoral misionera pretende salir de la repetición mecánica y la rutina y construir un proyecto de misión permanente, ordenando en función de este proyecto todas las actividades pastorales. Los sacerdotes estamos ante este desafío, que nuestros lugares cotidianos se renueven por nuestro corazón apasionado, que no quiere dejar de Anunciar la Alegría del Evangelio, pero también el santo pueblo de Dios debe encarnar la certeza de ser misión. No podemos callar lo que hemos oído y experimentado. Nuestras familias y los lugares donde nos movemos necesitan testigos valientes del Evangelio.

Ponemos nuestra confianza en el poder de Dios y no solo en nuestras fuerzas, ni en nuestros planes.

Recurrimos con amor tierno y filial a María, Madre de la Iglesia, que nos recuerda siempre “Hacer los que Jesús nos dice”. A Ella, bajo la advocación de Nuestra Señora de Luján, le pidamos que nos aliente y sostenga para ser siempre fieles discípulos y ardorosos misioneros.

+ SANTIAGO OLIVERA

Obispo Castrense de Argentina

 


obcastrensearg_misa crismal 02

obcastrensearg_misa crismal 01

 

obcastrensearg_misa crismal 03