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No tengo dudas que Dios me pide esta nueva responsabilidad a través de la voluntad del Obispo

Morón Sur | El segundo nombre de Dios es Misericordia

obcastrensearg_mons olivera domingo de misericordia 00Morón Sur | El segundo nombre de Dios es Misericordia, la afirmación se desprende de la Homilía de nuestro Obispo Castrense de Argentina, Mons. Santiago Olivera, quien en la tarde de hoy, ofició Misa, en el Domingo de Misericordia, en la Parroquia San José, en provincia de Buenos Aires. Mons. Olivera, hizo una especial referencia a la importancia del día y habló de quienes son sus responsables de que hoy en la Iglesia y el mundo se celebre este momento.

En primera instancia nos recordó la figura de Santa Faustina, Monja Polaca que lucho y se preocupó para que el mundo de la fe entienda que el segundo nombre de Dios es justamente Misericordia. Deseo que fuera cumplido por otro Santo Polaco, en tiempos en que era Papa, hablamos del actual San Juan Pablo II.

A continuación compartimos la transcripción de la Homilía del Obispo Castrense de Argentina, Mons. Santiago Olivera:

El evangelio que hemos escuchado dice, “Felices los que creen sin haber visto”, no hemos visto como los contemporáneos de Jesús, con los ojos, pero ciertamente como regalo de Dios, por don de Dios, hemos visto, con los ojos del corazón y de la fe. Sabemos que Jesús, murió y resucitó para salvarnos, sabemos que Jesús, es sin dudas, el rostro de la Misericordia de Dios.

En este domingo de la Misericordia también pensamos, lo que son los caminos de Dios, Santa Faustina, amante de la pasión de Jesucristo, quien mantuvo la esperanza cierta y segura, de que la pasión no era una última palabra, que el dolor y el sufrimiento era solo una manifestación concreta, real, verdadera, de lo que quería a los hombres. Porque ya, desde el comienzo, Dios amo tanto al mundo que nos envió a su hijo para salvarnos, y Jesús, amo tanto al hombre, a cada uno de nosotros, que nos amó hasta el extremo, hasta el fin, sin reservarse nada.

Nos amó hasta el extremo, para que tengamos vida, como hemos escuchado recién en el Evangelio, “Los crean que Jesús es el mesías, el hijo de Dios y creyendo, tengan vida en su nombre”. Qué alegría que Santa Faustina, haya descubierto en la intimidad, también en el dolor de su vida, una vida de entrega, de sufrimiento y dolor, pero también con una profunda fe y una profunda confianza. Los  Santos, siempre representan en su vida a Jesús, Faustina siempre representó a Jesús en su propia vida, uniéndose a la pasión de Jesús, pero también nos presenta de un modo concreto a Jesús.

La vida de Faustina fue, no solo vivir la santidad, que es justamente configurarse con Cristo, sino mostrarnos a Cristo e invitarnos no solo a los hombres y mujeres de su tiempo a que confíen en Jesús, a que se adentren, a que se metan en el camino de la misericordia. Sino que, su devoción que se extiendo más allá de Polonia, en toda la Iglesia y en todo el mundo, su devoción sea redescubrir a Jesús Misericordioso. A sabernos amados por el Señor, a saber que nos amó tanto, que entregó su vida por nosotros, y nosotros por lo tanto, confiamos en su infinita misericordia, por eso decimos, “Jesús en vos confió”.

Qué alegría que esta religiosa, Polaca, deseaba que en toda la Iglesia, el segundo domingo después de la Pascua, sea consagrado a la Misericordia, entendiendo el segundo nombre de Dios, Dios es Amor, es Misericordia. Porque impacta en el corazón de Dios, en el corazón de Jesús las miserias de los hombres, a más miseria, más misericordia (…).

Jesús nos enseño, como era Dios, y el Señor nos amo desde el comienzo a todos, no nos dejó librados a nuestra propia suerte, que el pecado nos había llevado a no gozar ya de la presencia de Dios. Tanto nos amó Dios, que envió a su hijo, y su hijo, no fue custodiado, ni reservado, sino que fue ultrajado, crucificado, para manifestarnos el amor, desandando el camino de Adán y Eva.

Y esta monjita, allí en Polonia, deseaba que en todo el mundo y en toda la iglesia, que el segundo domingo, después de la Pascua, sea proclamado el día de la Misericordia. Sabemos que todos los días para nosotros, es digno de la misericordia del Padre, todos los días al mirar la cruz de Jesús es, enamorarnos del amor grande que nos tuvo, porque la cruz siempre es, el signo, no de un instrumento de tortura sino el signo del amor que no tiene límites. El amor por cada uno de nosotros, por nuestros pecados, por nuestras miserias, el amor que es universal, que nos perdona todo cuando tenemos un corazón que acude confiado a la misericordia.

Santa Faustina nos invitaba, a meternos en el abismo de la misericordia y tuvo que ser otro Santo Polaco, la Providencia lo ha querido así, Juan Pablo II, Cardenal de Cracovia, que en su tiempo conocía ciertamente la figura de Santa Faustina, Faustina en ese tiempo, en su camino a la Santidad. La Providencia quiso entonces que sea el Papa Juan Pablo II, quien responda a esta iniciativa, este deseo, muy de Dios, en comunión con él, para que en este domingo, toda la Iglesia,  contemple este segundo nombre de Señor.

Dios es Amor, Dios es Misericordia, Dios se apiada ante las miserias de los hombres, todos nosotros tenemos debilidades, flaquezas, pecados, tenemos que dejarnos abrazar por este Jesús que nos ama sin límites. Que nos ama, a cada uno, con toda su capacidad de amor, que nos ama siempre perdonándonos, que nos ama esperándonos, que nos ama con su paciencia infinita.

Que sigue obrando y pasando por nuestra vida, haciendo el bien, Jesús pasa haciendo el bien, tenemos que invitarlo al Señor, que pase por nuestra vida, nos toque, nos transforme y nos sane y nos salve. Porque la misericordia de Dios no tiene límites, no tiene tiempos, siempre está dispuesto a manifestarnos y entregarnos su amor grande.

En este domingo, descubrimos a Jesús resucitado, hemos visto en estos días las distintas apariciones de Jesús, en este cuerpo resucitado Jesús entra, los discípulos escondidos por temor, dicen las escrituras, “Los Judíos por temor a la cultura, por temor su tiempo…”, Jesús que estuvo con ellos, había muerto, y  pese a que algunas mujeres, algunos otros, lo habían visto que estaba vivo, no lo comprendían tanto todavía. El Espíritu Santo, en Pentecostés cobra la fuerza de poder entender, comprender esto que el Señor había anunciado, que iba a resucitar y Jesús irrumpe, no golpea, no abre puertas, entra.

Jesús resucitado saluda, con la clave de siempre para los cristianos, de tener la certeza de que estemos con Cristo, él entra, Jesús quiere entrar también en nuestra vida. Pero la clave de saber de que Jesús está con nosotros y que nosotros estamos con él, es justamente este don, este regalo que es la Paz, Cristo es nuestra Paz. Si estamos con Jesús, tenemos la Paz asegurada, la Paz que no significa ausencia de dolor ni de dificultades, lo sabemos, ser cristiano no significa tener una vacuna contra todo riesgo.

Son mentiras las consignas “Paren de Sufrir”, “Paren de Sufrir”, Jesucristo sufrió en la cruz, pero su última palabra no fue la cruz, no fue la muerte, sino la vida. Nosotros sufrimos muchas veces, nos duelen muchas cosas, padecemos muchas circunstancias difíciles en nuestra vida, pero unidos a Jesús, sabiendo que él, venció a la muerte y al pecado, podemos caminar por la vida como hombres y mujeres de paz.

La paz, este con ustedes, nos dice Jesús (…), cuando irrumpe, la paz es un don que Dios quiere regalar a cada uno de nosotros, la paz es Jesús, cuando pierdo la paz contemplemos a Jesús, cuando en los sufrimientos pierdo la paz, unamos nuestros sufrimientos a la pasión de Jesús, para que la cruz no la arrastremos, sino que la carguemos. Entonces, nuestros dolores, nuestros sufrimientos, nuestras dificultades estén asociados a la cruz redentora de Jesús.

Cristo ha resucitado, Jesucristo nos trae la paz, pero también envía a los discípulos, a aquellos que van comprendiendo todo aquello que va sucediendo, los envía a la misericordia, los envía a perdonar los pecados. Son ellos los que pueden perdonar, pero los envía como misioneros de la misericordia, la iglesia será marcada siempre por esta misión de la misericordia, la misión del amor.

La misión que Jesús tantas veces mostro en el Evangelio, en las parábolas del hijo prodigo con el padre misericordioso, el de la oveja perdida, del alma perdida, tantas parábolas que nos hablan de la misericordia, de la búsqueda, del Señor que va al encuentro. También dejemosno encontrar por Jesús, que nos dejemos mirar por él, que nos dejamos transformar por él, que nos dejemos, diría Papa Francisco, misericordiar por Jesús en su Iglesia.

Celebremos el Domingo de la Misericordia, haciendo espíritu de Santa Faustina, el espíritu de San Juan Pablo II, estos santos que nos han recordado, que el nombre de Dios es, Misericordia. A más miseria, a más pecado, más amor de Dios (…). Por qué Dios nos envió a su hijo, porque nos amo tanto (…), y su hijo, murió en la cruz y resucitó para darnos la salvación.

Felices nosotros que tenemos el don de la fe,  felices y agradecidos porque tenemos el don de la fe, felices porque el Señor nos lo ha dicho en el Evangelio, “Felices que aquellos sin ver, han creído”. Que así sea.-

+Mons. Santiago Olivera

Obispo Castrense de Argentina

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El Palomar | Mons. Olivera ofició ceremonia de Confirmación de 14 jóvenes

obcastrensearg_mons olivera confirmó jóvenesEl Palomar | Mons. Olivera ofició ceremonia de Confirmación de 14 jóvenes, fue en la mañana del domingo de la Divina Misericordia, en la Parroquia San Miguel Arcángel del Barrio Militar de Fuerza Aérea, en provincia de Buenos Aires. Este es un momento muy importante en la fe, el sacramento de la Confirmación perfecciona la gracia bautismal, y nos da la fortaleza de Dios para ser firmes en la fe y en el amor a Dios y al prójimo.

Concelebraron, el Párroco, Padre, Cesar Tauro y el Vicario Parroquial, Padre Claudio Raby, cabe recordar que la Confirmación, nos da también audacia para cumplir el derecho y el deber, que tenemos por el bautismo, de ser apóstoles de Jesús, para difundir la fe y el Evangelio, personalmente o asociados, mediante la palabra y el buen ejemplo. Por la tarde, Mons. Santiago Olivera participará en la localidad de Morón Sur, presidirá la Misa en el Domingo de la Misericordia para los grupos de oración de Santa Faustina.-


Regina Coeli | Nos colocamos bajo el manto de María, Madre de la Misericordia

obcastrensearg_papa francisco virgen maríaRegina Coeli | Nos colocamos bajo el manto de María, Madre de la Misericordia, en el final de la misa celebrada en la basílica de San Pedro, este Domingo de Pascua o de la Divina Misericordia, el Santo Padre Francisco dirigió el rezo del Regina Caeli con los fieles y peregrinos reunidos en la Plaza de San Pedro, Vaticano. Saludo a los hermanos y hermanas presentes de las Iglesias orientales que hoy, de acuerdo con el calendario juliano, celebran la solemnidad de la Pascua, les ofrezco mis mejores deseos.

También hizo un especial mención a los pueblos Gitanos y Sinti, en el día Internacional, las “inmersiones romanas”.

A continuación, transcribimos las palabras de Papa Francisco, al presentar la oración mariana de la época de Pascua:

Antes de la Regina Cæli

Queridos hermanos y hermanas:

Antes de la Bendición final, nos dirigiremos en oración a nuestra Madre celestial. Pero ante todo quiero agradecerles a todos ustedes que han participado en esta celebración, especialmente los Misioneros de la Misericordia, reunidos para su reunión. ¡Gracias por tu servicio!

A nuestros hermanos y hermanas de las Iglesias orientales que hoy, de acuerdo con el calendario juliano, celebran la solemnidad de la Pascua, les ofrezco mis mejores deseos. Que el Señor resucitado los llene de luz y paz, y consuele a las comunidades que viven en situaciones particularmente difíciles.

Un saludo especial para los Gitanos y los Sinti presentes aquí con motivo de su Día Internacional, las “inmersiones romanas”. Deseo paz y hermandad a los miembros de estos pueblos antiguos, y espero que el día de hoy fomente la cultura del encuentro, con la buena voluntad de conocerse y respetarse mutuamente. Este es el camino que conduce a la verdadera integración. Queridos Rom y Sinti, ruegan por mí y oren juntos por sus hermanos refugiados sirios.

Saludo a todos los demás peregrinos presentes aquí, a los grupos parroquiales, a las familias, a las asociaciones; y juntos nos colocamos bajo el manto de María, Madre de la Misericordia.

Después del Regina Coeli

Las terribles noticias de los bombardeos provienen de Siria con docenas de víctimas, muchas de las cuales son mujeres y niños. Noticias de tantas personas afectadas por los efectos de las sustancias químicas contenidas en las bombas. Oramos por todos los muertos, por los heridos, por las familias que sufren. No hay guerra buena y mala, y nada, nada puede justificar el uso de tales instrumentos de exterminio contra personas y poblaciones indefensas. Oramos para que los líderes políticos y militares elijan el otro camino, el de la negociación, el único que puede conducir a una paz que no sea la de la muerte y la destrucción.


Papa Francisco | Cuando sentimos vergüenza quiere decir que no aceptamos el mal

obcastrensearg_papa francisco domingo de misericordiaPapa Francisco | Cuando sentimos vergüenza quiere decir que no aceptamos el mal, este entendimiento se desprende de la Homilía del Santo Padre, brindado hoy en el Domingo de Pascua Misericordia, en la Plaza de San Pedro, Vaticano. El Papa, se encargó de explicarnos, que lo primero que hizo Jesús resucitado, fue entregar su Espíritu para perdonarnos, allí perdonó nuestro pecados.

Profundizando en éste acto, el Santo Padre Francisco, recordó, para experimentar el amor hay que pasar por allí: dejarse perdonar. En el desarrollo de su explicación, se encargó de explicar sobre el hecho de tener vergüenza, aclarando, que el Señor nos conceda la gracia de comprender la vergüenza, de no considerarla como una puerta cerrada, sino como el primer paso del encuentro, esto es realmente importante de descubrirlo.

Aclarando, cuando sentimos vergüenza, debemos estar agradecidos: quiere decir que no aceptamos el mal, y esto es bueno. La vergüenza es una invitación secreta del alma que necesita del Señor para vencer el mal. El drama está cuando no nos avergonzamos ya de nada. No tengamos miedo de sentir vergüenza. Pasemos de la vergüenza al perdón. No tengáis miedo de sentir vergüenza. No tengáis miedo.

 

A continuación la homilía dada por Papa Francisco, después de la proclamación del Santo Evangelio:

 

En el Evangelio de hoy aparece varias veces el verbo ver: «Los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor» (Jn 20,20); luego, dijeron a Tomás: «Hemos visto al Señor» (v. 25). Pero el Evangelio no describe al Resucitado ni cómo lo vieron; solo hace notar un detalle: «Les enseñó las manos y el costado» (v. 20). Es como si quisiera decirnos que los discípulos reconocieron a Jesús de ese modo: a través de sus llagas. Lo mismo sucedió a Tomás; también él quería ver «en sus manos la señal de los clavos» (v. 25) y después de haber visto creyó (v. 27).

A pesar de su incredulidad, debemos agradecer a Tomás que no se conformara con escuchar a los demás decir que Jesús estaba vivo, ni tampoco con verlo en carne y hueso, sino que quiso ver en profundidad, tocar sus heridas, los signos de su amor. El Evangelio llama a Tomás «Dídimo» (v. 24), es decir, mellizo, y en su actitud es verdaderamente nuestro hermano mellizo. Porque tampoco para nosotros es suficiente saber que Dios existe; no nos llena la vida un Dios resucitado pero lejano; no nos atrae un Dios distante, por más que sea justo y santo. No, tenemos también la necesidad de “ver a Dios”, de palpar que él resucitó, resucitó por nosotros.

¿Cómo podemos verlo? Como los discípulos, a través de sus llagas. Al mirarlas, ellos comprendieron que su amor no era una farsa y que los perdonaba, a pesar de que estuviera entre ellos quien lo renegó y quien lo abandonó. Entrar en sus llagas es contemplar el amor inmenso que brota de su corazón. Este es el camino. Es entender que su corazón palpita por mí, por ti, por cada uno de nosotros. Queridos hermanos y hermanas: Podemos considerarnos y llamarnos cristianos, y hablar de los grandes valores de la fe, pero, como los discípulos, necesitamos ver a Jesús tocando su amor. Solo así vamos al corazón de la fe y encontramos, como los discípulos, una paz y una alegría (cf. vv. 19-20) que son más sólidas que cualquier duda.

Tomás, después de haber visto las llagas del Señor, exclamó: «¡Señor mío y Dios mío!» (v. 28). Quisiera llamar la atención sobre este adjetivo que Tomás repite: mío. Es un adjetivo posesivo y, si reflexionamos, podría parecer fuera de lugar atribuirlo a Dios: ¿Cómo puede Dios ser mío? ¿Cómo puedo hacer mío al Omnipotente? En realidad, diciendo mío no profanamos a Dios, sino que honramos su misericordia, porque él es el que ha querido “hacerse nuestro”. Y como en una historia de amor, le decimos: “Te hiciste hombre por mí, moriste y resucitaste por mí, y entonces no eres solo Dios; eres mi Dios, eres mi vida. En ti he encontrado el amor que buscaba y mucho más de lo que jamás hubiera imaginado”.

Dios no se ofende de ser “nuestro”, porque el amor pide intimidad, la misericordia suplica confianza. Cuando Dios comenzó a dar los diez mandamientos ya decía: «Yo soy el Señor, tu Dios» (Ex 20,2) y reiteraba: «Yo, el Señor, tu Dios, soy un Dios celoso» (v. 5). He aquí la propuesta de Dios, amante celoso que se presenta como tu Dios. Y la respuesta brota del corazón conmovido de Tomás: «¡Señor mío y Dios mío!». Entrando hoy en el misterio de Dios a través de las llagas, comprendemos que la misericordia no es una entre otras cualidades suyas, sino el latido mismo de su corazón. Y entonces, como Tomás, no vivimos más como discípulos inseguros, devotos pero vacilantes, sino que nos convertimos también en verdaderos enamorados del Señor. No tengamos miedo a esta palabra: enamorados del Señor.

¿Cómo saborear este amor, cómo tocar hoy con la mano la misericordia de Jesús? Nos lo sugiere el Evangelio, cuando pone en evidencia que la misma noche de Pascua (cf. v. 19), lo primero que hizo Jesús apenas resucitado fue dar el Espíritu para perdonar los pecados. Para experimentar el amor hay que pasar por allí: dejarse perdonar. Dejarse perdonar. Me pregunto a mí, y a cada uno de vosotros: ¿Me dejo perdonar? Para experimentar ese amor, se necesita pasar por esto: ¿Me dejo perdonar? “Pero, Padre, ir a confesarse parece difícil…”, porque nos viene la tentación ante Dios de hacer como los discípulos en el Evangelio: atrincherarnos con las puertas cerradas. Ellos lo hacían por miedo y nosotros también tenemos miedo, vergüenza de abrirnos y decir los pecados. Que el Señor nos conceda la gracia de comprender la vergüenza, de no considerarla como una puerta cerrada, sino como el primer paso del encuentro. Cuando sentimos vergüenza, debemos estar agradecidos: quiere decir que no aceptamos el mal, y esto es bueno. La vergüenza es una invitación secreta del alma que necesita del Señor para vencer el mal. El drama está cuando no nos avergonzamos ya de nada. No tengamos miedo de sentir vergüenza. Pasemos de la vergüenza al perdón. No tengáis miedo de sentir vergüenza. No tengáis miedo.

Existe, en cambio, una puerta cerrada ante el perdón del Señor, la de la resignación. La resignación es siempre una puerta cerrada. La experimentaron los discípulos, que en la Pascua constataban amargamente que todo había vuelto a ser como antes. Estaban todavía allí, en Jerusalén, desalentados; el “capítulo Jesús” parecía terminado y después de tanto tiempo con él nada había cambiado, se resignaron. También nosotros podemos pensar: “Soy cristiano desde hace mucho tiempo y, sin embargo, en mí no cambia nada, cometo siempre los mismos pecados”. Entonces, desalentados, renunciamos a la misericordia. Pero el Señor nos interpela: “¿No crees que mi misericordia es más grande que tu miseria? ¿Eres reincidente en pecar? Sé reincidente en pedir misericordia, y veremos quién gana”. Además —quien conoce el sacramento del perdón lo sabe—, no es cierto que todo sigue como antes. En cada perdón somos renovados, animados, porque nos sentimos cada vez más amados, más abrazados por el Padre. Y cuando siendo amados caemos, sentimos más dolor que antes. Es un dolor benéfico, que lentamente nos separa del pecado. Descubrimos entonces que la fuerza de la vida es recibir el perdón de Dios y seguir adelante, de perdón en perdón. Así es la vida: de vergüenza en vergüenza, de perdón en perdón. Esta es la vida cristiana.

Además de la vergüenza y la resignación, hay otra puerta cerrada, a veces blindada: nuestro pecado, el mismo pecado. Cuando cometo un pecado grande, si yo —con toda honestidad— no quiero perdonarme, ¿por qué debe hacerlo Dios? Esta puerta, sin embargo, está cerrada solo de una parte, la nuestra; que para Dios nunca es infranqueable. A él, como enseña el Evangelio, le gusta entrar precisamente “con las puertas cerradas” —lo hemos escuchado—, cuando todo acceso parece bloqueado. Allí Dios obra maravillas. Él no decide jamás separarse de nosotros, somos nosotros los que le dejamos fuera. Pero cuando nos confesamos acontece lo inaudito: descubrimos que precisamente ese pecado, que nos mantenía alejados del Señor, se convierte en el lugar del encuentro con él. Allí, el Dios herido de amor sale al encuentro de nuestras heridas. Y hace que nuestras llagas miserables sean similares a sus llagas gloriosas. Existe una transformación: mi llaga miserable se parece a sus llagas gloriosas. Porque él es misericordia y obra maravillas en nuestras miserias. Pidamos hoy como Tomás la gracia de reconocer a nuestro Dios, de encontrar en su perdón nuestra alegría, de encontrar en su misericordia nuestra esperanza.


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