España | Necesitamos sacerdotes, personas consagradas, pastores generosos, como estos mártires de Oviedo, el pedido se desprende de la Homilía brindada por el Cardenal, Ángel Becciu, este último sábado 9 de marzo, en la Solemne ceremonia de Beatificación de Ángelo Cuartas Cristóbal y 8 compañeros.  El Cardenal Becciu, Prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos, en representación del Santo Padre Francisco, celebró la Santa Misa, en la Catedral de Oviedo, España, donde Beatificó a nueve Seminaristas, martirizados en el siglo pasado.

Se trata de los Beatos, Ángelo, Mariano, Jesús, César Gonzalo, José María, Juan José, Manuel, Sixto y Luis, martirizados por odio a la fe entre 1934 y 1937 en España. De ellos, el Cardenal, Ángel Becciu decía, escucharon la voz del divino Maestro que les decía: “¡Seguidme!”. Y respondieron generosamente a la llamada divina, emprendiendo el camino para convertirse en sacerdotes del Señor. Pero ese “¡Sígueme!”, a un cierto punto, ha requerido una disponibilidad aún mayor y heroica; y ellos, una vez más, respondieron ‹‹sí››”.

Señalando además, “(…) los nuevos Beatos fueron víctimas de la misma violencia feroz marcada por una acalorada hostilidad anticatólica, que tenía como objetivo la eliminación de la Iglesia y en particular del clero”. Subrayando,  “siempre se mostraron decididos a seguir la llamada de Jesús, a pesar del clima de intolerancia religiosa, siendo conscientes de las insidias y de los peligros a los que se enfrentarían. Supieron perseverar con particular fortaleza hasta el último instante de sus vidas, sin negar su identidad de clérigos en formación”.

Continuando, el Prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos dijo, “(…) cada uno de ellos, conscientemente, ofreció su vida por Cristo en las circunstancias trágicas ocurridas durante la persecución religiosa del los años Treinta del siglo pasado”. También destacó, “la muerte significa un nuevo comienzo de esta vida, que proviene de Dios, y de la que nosotros participamos por medio de Cristo, a través de su muerte y resurrección”.

El Cardenal Becciu, afirmaba sobre los nuevos Beatos, necesitamos sacerdotes, personas consagradas, pastores generosos, como estos mártires de Oviedo. Necesitamos sacerdotes honestos y irreprensibles que lleven las almas a Dios y no causen sufrimiento a la Iglesia ni turbación al pueblo de Dios”. Casi al final, afirmaba, “los nuevos Beatos, con su mensaje y su martirio, nos hablan a todos y nos recuerden que morir por la fe es un don que se concede solo a algunos; pero vivir la fe es una llamada que se dirige a todos”.

A continuación compartimos en forma textual la Homilía del Cardenal Ángel Becciu:

Queridos hermanos y hermanas, en el Evangelio hemos escuchado el relato siempre conmovedor de la vocación del apóstol Mateo, también llamado Leví, según la costumbre de quienes, para las relaciones con los gentiles, combinaron el nombre hebreo con otro término griego o latino. El evangelista Lucas describe la esencia de ese encuentro entre Mateo el publicano y aquél que iba a cambiar el curso de su vida. Pero aún más directa es la invitación que Jesús dirige a Mateo; una invitación limitada a una sola y perentoria palabra: “¡Sígueme!”. Así iniciaba para el hijo de Alfeo una nueva etapa de su vida, en la que ya no se iba a dedicar a pedir a los ciudadanos de Cafarnaúm el tributo para la autoridad pública o publicum del que precisamente deriva el nombre de publicano. Ahora era llamado a dedicar su vida a pedirles a los hombres que dieran a Dios otro tributo, el de la fe.

También estos Beatos nuestros: Ángel, Mariano, Jesús, César Gonzalo, José María, Juan José, Manuel, Sixto y Luis, un día escucharon la voz del divino Maestro que les decía: “¡Seguidme!”. Y respondieron generosamente a la llamada divina, emprendiendo el camino para convertirse en sacerdotes del Señor. Pero ese “¡Sígueme!”, a un cierto punto, ha requerido una disponibilidad aún mayor y heroica; y ellos, una vez más, respondieron “sí”. No dudaron en confesar su amor por Cristo, subiendo con él a la cruz, en la ofrenda extrema de sus jóvenes vidas. Unidos por el mismo testimonio de fe en Jesús, los nuevos Beatos fueron víctimas de la misma violencia feroz marcada por una acalorada hostilidad anticatólica, que tenía como objetivo la eliminación de la Iglesia y en particular del clero. Para sus perseguidores y asesinos, fue suficiente identificarlos como seminaristas para descargar sobre ellos su crueldad criminal, impulsados por el odio visceral contra la Iglesia y contra el cristianismo.

Estos nueve jóvenes, seminaristas de la Archidiócesis de Oviedo, estaban convencidos de su vocación al sacerdocio ministerial, comprometidos sinceramente en un camino formativo para convertirse en fieles servidores del Evangelio. Entusiastas, cordiales y devotos, se dedicaron por completo al estilo de vida del Seminario, hecho de oración, de estudio, del compartir fraterno, de compromiso apostólico. Siempre se mostraron decididos a seguir la llamada de Jesús, a pesar del clima de intolerancia religiosa, siendo conscientes de las insidias y de los peligros a los que se enfrentarían. Supieron perseverar con particular fortaleza hasta el último instante de sus vidas, sin negar su identidad de clérigos en formación. La afirmación de la condición de ser clérigos equivalía a una sentencia de muerte, que podía ejecutarse inmediatamente o ser retrasada, si bien no había ninguna duda sobre el destino que esperaba a los seminaristas una vez que habían sido identificados. Por lo tanto, cada uno de ellos, conscientemente, ofreció su vida por Cristo en las circunstancias trágicas ocurridas durante la persecución religiosa del los años Treinta del siglo pasado.

El Salmo responsorial de la celebración de hoy nos permite, en cierto sentido, interpretar algunos momentos del testimonio martirial de estos jóvenes seminaristas. ¿Cuántas veces habrían meditado las palabras del salmista: «Señor, protege mi vida, que soy un fiel tuyo?» (Sal 85, 1-2). ¿Quizá no repitieron también ellos esta invocación en la hora suprema de la prueba? En el momento de la terrible amenaza de los torturadores provistos de medios de opresión, ellos se refugiaron en Dios. Y suplicaron: «Piedad de mí, Señor, que a ti te estoy llamando todo el día […], levanto mi alma hacia ti» (vv.3-4), como queriendo decir: la prepotencia despiadada no prevalecerá sobre nosotros, porque Tú eres la fuente de nuestra fortaleza en el momento de la desesperación y de la debilidad. «Salva, Dios mío, a tu siervo, que confía en ti» (v.2). Así rezaba el salmista. Y así rezaron nuestros Beatos en la hora del martirio, cuando fueron exterminados sin piedad. Ellos no salvaron la vida temporal. Hallaron la muerte. Entregaron la vida terrenal, para obtener la vida verdadera y eterna con Cristo.

En el sacramento del bautismo, comenzó su vida nueva en Cristo. Y pereciendo a manos de los agresores, ofrecieron el último testimonio en esta tierra, siendo fieles a esa vida divina sembrada en ellos. La muerte corporal no los destruye. La muerte significa un nuevo comienzo de esta vida, que proviene de Dios, y de la que nosotros participamos por medio de Cristo, a través de su muerte y resurrección. Los nueve seminaristas perecieron; sus jóvenes cuerpos permanecen sin vida. Pero la muerte de estos inocentes anuncia con particular fuerza la verdad expresada por el profeta Isaías en la primera lectura: «El Señor te guiará siempre, hartará tu alma en tierra abrasada, dará vigor a tus huesos. Serás un huerto bien regado» (58.11). Sí, estos jóvenes aspirantes al sacerdocio, capturados y presa de la furia asesina revolucionaria anticristiana, están a salvo, están en manos de Dios que los guiará por los caminos de la vida y hará que su luz brille en las tinieblas (cfr. Is 58,10).

Provenientes de familias cristianas sencillas y de una clase social humilde, hijos de la tierra de Asturias, hoy la Iglesia reconoce en estos nueve Beatos aquella luz que ha brillado en la oscuridad de la noche y que continúa iluminando el camino de los creyentes de hoy. Por ello la Iglesia, al proclamarlos “Beatos”, agradece al Señor por el poder que ha manifestado en sus vidas cristianas virtuosas y en sus muertes heroicas. Sus testimonios son de gran actualidad: ellos no huyeron ante las dificultades, sino que eligieron la fidelidad a Cristo. El mensaje de estos seminaristas mártires habla a España y habla a Europa con sus comunes raíces cristianas. Ellos nos recuerdan que el amor por Cristo prevalece sobre cualquier otra opción y que la coherencia de vida puede llevar incluso a la muerte. Nos recuerdan que no podemos aceptar componendas con nuestra propia conciencia y que no hay autoridad humana que pueda competir con la primacía de Dios.

Con la santidad de sus vidas, los nuevos Beatos hablan sobre todo a la Iglesia de hoy. Ellos, con su sangre, han engrandecido a la Iglesia y han dado esplendor al sacerdocio. Todos estamos preocupados por los escándalos que parecen no tener fin y que desfiguran el rostro de la Esposa de Cristo. Necesitamos sacerdotes, personas consagradas, pastores generosos, como estos mártires de Oviedo. Necesitamos sacerdotes honestos y irreprensibles que lleven las almas a Dios y no causen sufrimiento a la Iglesia ni turbación al pueblo de Dios.

Los nuevos Beatos, con su mensaje y su martirio, nos hablan a todos y nos recuerden que morir por la fe es un don que se concede solo a algunos; pero vivir la fe es una llamada que se dirige a todos.

Que con su ejemplo y su intercesión, estos jóvenes seminaristas Beatos nos ayuden a reavivar nuestra adhesión a Jesús, mostrando con el ejemplo de la vida al hombre nuevo del que hemos sido revestidos en el bautismo. Que ayuden a todo bautizado a encaminarse por la vía de la santidad y a ver en ellos modelos convincentes a seguir con una entrega sin límites a la llamada de Dios.

Por ello los invocamos: Beato Ángel Cuartas Cristóbal y ocho compañeros mártires, ¡rogad por nosotros!

 

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