Misa por la vida
Homilía
8 de agosto de 2018
+ Mario Aurelio Cardenal Poli
Esta tarde nos hemos congregado para celebrar la Eucaristía por la vida.
Y en esta fuente de amor y de gracia, queremos pedir a nuestro Padre Dios por la ventura de todos los niños y niñas que esperan nacer en la Argentina.
Pero antes, siguiendo el consejo del Papa Francisco: «Escuchemos a Jesús, con todo el amor y respeto que merece el Maestro. Permitámosle que nos golpee con sus palabras, que nos desafíe, que nos interpele a un cambio
real de vida»1
.
El Evangelio que hemos proclamado nos ayudará a pedir como conviene porque estamos ante el Evangelio de la Vida y necesitamos que la Palabra de Dios nos toque el corazón y nos ilumine para asumir la causa de los más
débiles y vulnerables.
En su camino, Jesús se dirige hacia regiones paganas y una mujer le sale a su encuentro. Seguramente, ella oyó hablar de sus enseñanzas y milagros, y movida por la fuerza que solo las madres saben tener para proteger a sus hijos, salió a su encuentro para pedir la curación de su hija. Aunque la
primera respuesta del Maestro fue desalentadora, aquella mujer no se dejó intimidar y después de un cruce de proverbios llenos de significado y picardía popular –donde los hijos son los israelitas y los cachorros los paganos como
ella–, la madre persevera en su cometido y atrae la voluntad de Jesús que termina exclamando: «Mujer ¡qué grande es tu fe!». Ella logró lo que solo la fe puede hacer: tocar el corazón compasivo de Jesús, quien termina concediendo el deseo de la curación de su hija. Este pasaje nos deja una
enseñanza confortadora: con la fe, nosotros podemos tocarlo a Jesús y recibir la fuerza de su gracia.
San Agustín nos enseña que: «Tocar con el corazón, esto es creer». Y Él se deja tocar porque nos ha dicho: «Yo he venido para que tengan vida y para
que la tengan en abundancia» (Jn 10,10). El Señor pasa entre nosotros y sigue haciendo el bien y curando a todos (cfr. Hch 10,36).
En esta circunstancia que atraviesa nuestra Patria, también nosotros salgamos al encuentro del Dios de la Vida para exponer nuestro deseo por las dos vidas, la de las madres y los niños por nacer.

Durante meses, en ambas Cámaras Legislativas se escucharon voces a favor y en contra del aborto legal, gratuito y público. Todos tuvieron tiempo para exponer sus puntos de vista y fueron escuchados por los legisladores en
un saludable ejercicio de la democracia. Pero los únicos que no tuvieron oportunidad de hacerse escuchar son los seres humanos que luchan por nacer y entrar al banquete de la vida. San Juan Pablo II nos enseñó que: «Todo
hombre abierto sinceramente a la verdad y al bien, puede llegar a descubrir el valor sagrado de la vida humana desde su inicio hasta su término, y afirmar el
derecho de cada ser humano a ver respetado totalmente este bien primario suyo. En el reconocimiento de este derecho se fundamenta la convivencia
humana y la misma comunidad política»2
.
Además de nuestras creencias, nos mueve asumir su causa una razón humanitaria: el cuidado de la vida, el principal derecho humano y primer
deber del Estado, del que nadie puede sentirse excluido.
En estas horas, los legisladores del Honorable Senado de la Nación debaten el proyecto de ley sobre la «Interrupción voluntaria del embarazo»,
lo cual supone la despenalización del aborto –con el eufemismo «interrumpir», lo que causa un irreparable efecto–. Lo cierto es que se pretende legitimar, por primera vez en la legislación argentina, que un ser
humano pueda eliminar a su semejante. Nos preocupa sobremanera porque sabemos que después de la interrupción no hay nada más, y dejaría sin
protección penal la vida de los niños y niñas sin nacer, legalizando la muerte provocada de modo directo de una persona inocente, excluida de la legítima
defensa, sin juicio ni proceso, a la que le cabe solo esperar sin salida el fatal desenlace. El corazón y la razón se revelan ante tamaña injusticia, porque los no nacidos tienen derecho de participar de nuestra historia, de pertenecer a una Nación –suelo en que se nace–, donde hay lugar para todos y nadie sobra.
No es menos preocupante que jóvenes madres, por motivos que solo ellas conocen y padecen, a veces bajo presión, en situaciones angustiantes, sin trabajo, solas y padeciendo hasta el extremo la incomprensión e
indiferencia de su entorno, vean como única salida el aborto, que siempre será un drama, y lejos de ser una solución, con él comienza un camino difícil
de llevar en la vida. Ante esta realidad el Papa Francisco nos cambia la mirada cuando nos dijo: «Pero también es verdad que hemos hecho poco para
acompañar adecuadamente a las mujeres que se encuentran en situaciones muy duras, donde el aborto se les presenta como una rápida solución a sus
profundas angustias, particularmente cuando la vida que crece en ellas ha surgido como producto de una violación o en un contexto de extrema pobreza. ¿Quién puede dejar de comprender esas situaciones de tanto dolor?»3
Nos tenemos que hacer cargo de que debemos multiplicar espacios solidarios, de contención y ayuda concreta: que haya casas donde las jóvenes mamás embarazadas sean recibidas con el abrazo materno de mujeres que
tuvieron la alegría de concebir, a pesar de todo. Pensamos que así podrán ser acompañadas y aliviadas en sus temores y necesidades concretas, para que
puedan cuidarse y cuidar al nuevo ser que crece en ellas. Es un desafío que no podemos postergar, independientemente del contexto que hoy nos ocupa,
y que reclama la colaboración de todos los credos y de hombres y mujeres
que se sientan movidos a participar en esta noble causa.
En estos días vemos con tristeza que, lo que debiera unirnos, sin embargo, ha sido causa de nuevas divisiones en la comunidad nacional y una
vez más, se debilita el equilibrio para mantener la deseada paz y amistad social, sin la cual nos costará más convivir y afrontar los desafíos que
tenemos en común.
Es por eso que elevamos nuestra oración a Dios para que inspire luces de sabiduría a los miembros del Senado. Y en respetuosa espera, confiamos en
que siempre han legislado para el bien común de los argentinos que representan. Auguramos un fecundo debate parlamentario donde pondrán lo mejor de sus conocimientos y experiencias para llegar a un consenso
razonable, que conserve la equidad y salvaguarde el derecho a la vida de todos, en especial de los más débiles e indefensos.
Los que profesamos la fe en Cristo, como la mayoría de los argentinos, anhelamos vivir con justicia, en paz, con un progreso que dé igualdad de oportunidades para todos los ciudadanos. Por eso decimos que este debate no
eclipse ni postergue dar soluciones al principal problema que debiera centrar nuestra atención: los pobres, que hoy suman casi la tercera parte de la población y siguen esperando, no sin sufrimientos y postergaciones, paradójicamente, en la tierra bendita del pan.
Ponemos todas nuestras familias, en especial a las mamás que esperan, al cuidado de nuestra Madre de Luján. Ella supo de pruebas y nos enseña a hacer lo que su hijo Jesús nos dice. A Ella le confiamos a todos los niños nacidos y por nacer.

1
Gaudete et Exsultate, 66.
2
Evangelium Vitae, 2.

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