Mons. Olivera | Por intercesión de San Juan de Capistrano, pedimos por Capellanes santos, dispuestos a predicar con la vida y la Palabra a Jesús, dando nuestra vida “hasta el extremo”, el pedido responde a penas a un resumen del mensaje remitido hoy por el Obispo Castrense de Argentina en el día del Patrono universal del Clero Castrense. La declaración de Mons. Santiago Olivera era compartida desde la Casa de Retiros, Ntra. Sra. del Cénaculo, La Montonera en la localidad de Pilar, en el interior de la provincia de Buenos Aires, al iniciar la tercera jornada del Retiro del Clero Castrense, el cual se extenderá hasta el viernes 25 de octubre.

En su reflexión, el Obispo Castrense declaró, hoy en toda la Iglesia se celebra a San Juan de Capistrano, Patrono universal del Clero Castrense, es fiesta para nuestra Diócesis. Por intercesión de nuestro Patrono pedimos por Capellanes santos, entregados sin reserva a la Causa del Evangelio. Para estar allí donde nuestros fieles encomendados están, dejándonos moldear por ellos, dispuestos a predicar con la vida y la Palabra a Jesús, dando nuestra vida “hasta el extremo”.

Además, consideró propicio renovar y llevar a la práctica el  mensaje de su carta remitida hace un año atrás, en la cual revela la importancia y ejemplo que con su vida nos dejaba el Santo Patrono del Clero Castrense. En el documento fechado el 23 de octubre de 2018, les pedía a nuestros Capellanes, “como Padre y Pastor de cada uno de ustedes quiero compartirles un saludo muy cordial y agradecido, además de invitarlos y me sumo a dicha invitación, para que todos renovemos y avivemos el deseo de la santidad”.

También, Mons. Santiago Olivera, subrayaba de ese mensaje, no olvidar la clave del camino a transitar, “no tengas miedo de apuntar más alto, de dejarte amar y liberar por Dios. No tengas miedo de dejarte guiar por el Espíritu Santo. La santidad no te hace menos humano, porque es el encuentro de tu debilidad con la fuerza de la gracia. En el fondo, como decía León Bloy, en la vida existe una sola tristeza, la de no ser santos”.

En el texto difundido el año pasado, también el Obispo decía, “(…) San Juan de Capistrano es un excelente ejemplo y modelo para imitar, trabajó por la verdad y la unidad, entregó su vida sin retaceos por esto”. Mons. Olivera también se ocupaba especialmente de la responsabilidad que poseemos los hombres de este tiempo, reconociendo además los desafíos, a propósito, decía, “estamos viviendo un tiempo cultural muy difícil, pero a la vez apasionante”. 

Agregando, destacaba, “(…) es a cada hombre y mujer de este tiempo, y de esta cultura que estamos llamados a presentar con alegría la belleza del Evangelio. Fuimos ungidos, como predicó el Papa en la Misa Crismal del 2014, con el óleo de la alegría”.

Con aquella carta difundida en 2018, tan viva como actual, hoy el Obispo Castrense nos volvía a pedir que repetía, “el Evangelio, lo sabemos es eficaz en sí mismo, es como una espada de doble filo, pero lleva en sí una fuerza impresionante si es acompañado por el testimonio de la propia vida”. (…) renovemos con firme convicción la llamada a ser testigos valientes del Evangelio, que lo Anunciemos con nuestra Propia vida”.

El Santo, nació en 1386 en Capistrano, pueblo de los Abruzos, reino de Nápoles, al cumplir 30 años ingresó a la Orden franciscana, en 1416, siendo ya franciscano, Juan de Capistrano se entrega en cuerpo y alma a la reforma espiritual del pueblo cristiano por medio de la predicación popular, siguiendo las huellas y las enseñanzas del gran San Bernardino de Siena.

Despertaba vocaciones religiosas entre la juventud: en Leipzig 120 estudiantes siguen sus huellas, en Cracovia 130. En veinte años misiona por Alemania, Austria, Hungría, Polonia, Moravia y hasta por Saboya, Borgoña y Flandes. Ésta fue su lenta pero fundamental cooperación al mantenimiento de la unidad católica europea en el siglo XV.

Su gran talento para la diplomacia le permitió unir entre sí a los príncipes. Recibió importantes misiones de cuatro Papas consecutivos, impugnó la naciente herejía husita, se relacionó con los griegos para tratar su unión con la Iglesia Romana, intervino en contener los perniciosos efectos del cisma de Basilea. Extendió la reforma de los “observantes” por los conventos de toda Europa, fundando muchos de ellos en Alemania.

Pero la ocasión culminante de la vida de San Juan de Capistrano, que le valió el nombre de “Santo de Europa”, fue la Cruzada contra los turcos, que empieza a predicar en el año 1453. El Papa Calixto III, le anima y le concede facultades omnímodas. Los príncipes cristianos no responden al llamamiento del Papa.

Éste nombra al cardenal español Juan de Carvajal su legado en Hungría. El mismo rey de Hungría huye, y tiene que ser Juan de Capistrano quien recluta a los campesinos húngaros para la Cruzada. Llegan a juntar a 7.000 cruzados. Mahomed ataca con 150.000 hombres y 300 cañones. Capistrano ha improvisado unos estandartes con la Cruz y las figuras de San Francisco, San Antonio y San Bernardino. Anima a todos a la lucha al conjuro del nombre de Jesús, hace desistir a Huniades de su propósito de huir en retirada. Belgrado está rodeada por los turcos y, contra toda previsión, los cruzados, animados por Capistrano desde la orilla, con la Cruz, obtienen una victoria completa.

A los pocos días Mahomed vuelve al asalto con toda la rabia del león herido. Juan recorre las murallas cuando la infantería turca escalaba el foso y grita a los valientes húngaros que en sus manos está la cristiandad, alzando sus brazos a Dios clamando misericordia por Europa. La derrota del turco fue completa. Pero más admirable que la victoria en las armas, fue la victoria en los espíritus que obtuvo Juan, convirtiendo a los cruzados en novicios. El mensaje de Juan de Capistrano quedaba escrito para siempre.-

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