Mons. Olivera | Tenemos que contemplar justamente en la Cruz de Cristo el amor que Dios nos tiene

Publicado el28 marzo, 2021

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Mons. Olivera | Tenemos que contemplar justamente en la Cruz de Cristo el amor que Dios nos tiene, la frase se desprende de la Homilía compartida por el Obispo Castrense de Argentina. Fue en la celebración de la Santa Misa del Domingo de Ramos, el 28 de marzo último, en la Iglesia Catedral Castrense, Stella Maris, en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (CABA).
Presidió la Santa Misa, Mons. Santiago Olivera, Obispo Castrense de Argentina, concelebraron el Capellán Mayor de la Fuerza Aérea Argentina, Padre César Tauro, el Capellán Mayor de la GNA, Padre Jorge Massut, el Capellán Mayor de la PSA, Padre Rubén Bonacina. También, el Rector de la Iglesia Catedral Castrense, Padre Diego Pereyra, el Rector del Seminario Castrense, Padre Daniel Díaz Ramos, el Confesor Ordinario del Seminario Castrense, Mons. Alberto Pita, asistieron fieles castrenses.
El Domingo de Ramos nos hace revivir la entrada de Jesús en Jerusalén cuando se acercaba la celebración de la Pascua. Al entrar en Jerusalén, Jesús sin embargo que el jubilo de la multitud lo introduce en el corazón del misterio de la salvación, es consiente que va al encuentro de la muerte y no recibirá una corana real sino una corana de espinas.
La celebración iniciaba en el exterior de la Iglesia Catedral, Castrense Stella Maris, donde Mons. Santiago Olivera bendijo los ramos.


A continuación, compartimos en forma completa Homilía de Mons. Santiago Olivera, Obispo Castrense de Argentina:

Homilía Domingo de Ramos
28 de marzo de 2021
Catedral Castrense, Stella Maris

El año pasado estábamos en plena pandemia y no pudo ser posible celebrar la Semana Santa con nuestro pueblo. Me da mucha alegría que este año lo podamos hacer, a pesar de que lógicamente la pandemia continúa, pero como dice el Papa Francisco, “(…) nos sorprendió una tormenta inesperada y furiosa, y nos dimos cuenta de que estábamos en la misma barca”. En tal sentido, la gracia y la posibilidad de reunirnos y celebrar este acontecimiento central de nuestra fe nos llena de alegría.
Justamente, este largo relato que hacíamos en la Lectura de la Pasión, estoy seguro de que, a todos nos conmueve y podríamos reflexionar profundamente sobre este texto que hemos escuchado según San Marcos. La Liturgia nos dice que hagamos un breve pensamiento.
A la luz de la segunda lectura que hemos proclamado del apóstol Pablo, que nos da una clara muestra de este Señor Jesucristo, el “Dios hecho carne”, el “Dios con nosotros”, el “verdadero Dios pero verdadero hombre, que se alejó justamente de lo que el hombre viejo, representado en Adán, ha realizado, – recordamos en el relato del Génesis, que Adán fue tentado para ser como Dios y la caída en la tentación, justamente le produjo lo contrario, una mayor distancia de Dios, una ruptura de su relación con Él-.
Dice Pablo, “…no hizo alarde Jesucristo de su categoría de Dios, al contrario, se anonadó a sí mismo tomando la condición de esclavo…” ¡qué maravilloso es contemplar este Dios grande y todo poderoso, que quiso salvarnos así, enviando a su propio Hijo y desde nuestra propia naturaleza, desde nuestra propia condición de seres humanos!, quiso pasar “haciendo el bien”, pero como uno de tantos y no haciendo alarde de su categoría de Dios sino, en la sencillez de la humanidad, y hacerse igual en todo, menos en el pecado. Un buen camino para nosotros es transitar como Jesús, sin alardes, sino viviendo en fidelidad lo que se vaya presentando cada día, pero fundamentalmente haciéndonos seguidores, discípulos del Señor, y ser discípulo del Señor supone, tomar su posta, su camino, mirar su vida e imitarlo. Seguir a Jesucristo es justamente imitar a Jesús, configurarnos de tal manera con Él, que podamos ser verdaderamente “otros Cristos”.
Hemos hecho la bendición de los ramos de olivos, representando aquí, el acontecimiento la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén. Siempre impresiona descubrir que este pueblo que se había reunido para aclamar al Señor que llega en la humildad, en la sencillez de la humanidad -podríamos decir- se lo aclama, se le presentan palmas y aclamaciones, “Bendito el que viene en el nombre del Señor”, “Hosanna al hijo de David”; y éste después, parte de este pueblo, es el que pidel, como hemos escuchado, la crucifixión. La pidieron, porque Jesucristo molestaba; murmuraban y juzgaban sin conocerlo profundamente, se burlaban y lo escupían y finalmente lo crucificaron. Sin embargo, el Señor quiso manifestar su amor hasta el extremo, sin límites en su entrega y muriendo en la Cruz para salvarnos.
Nosotros contemplamos este pueblo en aquel momento, pero también es una buena oportunidad para que contemplemos en nuestra propia vida la vida de ese pueblo; porque Cristo quiere entrar en nuestra ciudad Santa, que es nuestro propio corazón. Y quiere que lo alabemos y le cantemos “Viva” y “Hosana” de corazón, pero también que estemos atentos como le advirtió a Pedro y a los otros, para no negarlo, para no crucificarlo. Es este mismo pueblo que primero lo aclama y después lo niega y pide su crucifixión, muchas veces en nuestra propia realidad nos puede pasar, al igual que Pedro, que lo negó, pero que también nos puede pasar como Pedro que después lloró, y tuvo la posibilidad de manifestar lo que lo quería al Señor.
¿Cuándo aclamamos a Dios? ¿Cuándo aclamamos al “Dios con nosotros”? ¿Cuándo aclamamos a Jesús? Cuando nos adherimos a sus Palabras, cuando nos adherimos a su Evangelio, a sus mandatos, cuando verdaderamente lo seguimos.
¿Cuándo crucificamos a Jesús? Cuando no lo descubrimos, cuando no seguimos sus caminos, cuando la exigencia del Evangelio nos molesta y por lo tanto, queremos sacarlo del medio y decir “que lo crucifiquen”. Su exigencia evangélica a veces nos molesta, y no sólo por nuestra debilidad y fragilidad, sino por nuestra opción; podemos optar por otras cosas, por otros caminos, otros falsos dioses.
Comenzamos esta Semana Santa y es como un retiro espiritual, un ejercicio que nos pone a pensar y a desear nuestra vida, de frente al amor de Dios. Tenemos que contemplar justamente en la Cruz de Cristo el amor que Dios nos tiene, ¡tanto, que murió y resucitó por mí, por cada uno de nosotros!
Tenemos que entrar en esta Semana Santa, como en un gran retiro espiritual, podríamos volver a leer en estos días la Pasión de Cristo como lo haremos el viernes Santo. Pero leamos desde nuestra casa, más detenidos, para pensar y rezar, para poder concluir como el Centurión diciendo, “verdaderamente era el Hijo de Dios”, “verdaderamente era el Dios con nosotros”.
Pidamos al Señor entonces, que en estos días Santos nos ayude a transitarlo como uno nuevo, como un regalo de Dios, como la posibilidad de volver a aclamarlo con toda nuestra vida. Y si en algún momento hemos pedido su crucifixión, que como Pedro, tengamos la hombría y la valentía de llorar nuestras faltas y de volver a Él.
Jesús viene para salvarnos, Jesús murió para redimirnos del pecado. Por ello, este tiempo es un verdadero gozo, la Cruz no es la última palabra, siempre en la Cruz está el germen de la vida. Pidamos al Señor que, en este tiempo nuevo, en esta Semana Santa que comenzamos, que nos ayude decididamente con Jesús, a entrar en Jerusalén, con Jesús, a morir a todo lo que me aparta de Él, con Jesús, a morir al pecado y al hombre viejo para resucitar verdaderamente con Él. Que así sea.

Semana Santa 2021

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