Mons. Olivera | Una sincera oración siempre nos pone en una actitud de adhesión a la voluntad y al proyecto de Dios

Publicado el22 marzo, 2021

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Mons. Olivera | Una sincera oración siempre nos pone en una actitud de adhesión a la voluntad y al proyecto de Dios, así lo manifestaba el Obispo Castrense de Argentina durante su Homilía compartida en el quinto domingo de Cuaresma. Fue en la Parroquia San Miguel Arcángel del Barrio Aeronáutico El Palomar, de la Fuerza Aérea Argentina (FAA) en la ciudad del El Palomar, provincia de Buenos Aires donde, además, nuestro Obispo, rezó por el eterno descanso y dio cristiana sepultura a nuestra hermana, Virgen Consagrada Claudia Alejandra Sívori O.V.C., fallecida el último 7 de marzo.

Presidió la Santa Misa, Mons. Santiago Olivera, Obispo Castrense de Argentina, concelebraron, el Vicario General, Mons. Gustavo Acuña, el Capellán Mayor de la FAA, Padre César Tauro, el Capellán Mayor de la Gendarmería Nacional Argentina (GNA), Padre Jorge Massut, el Rector y Vicerrector del Seminario Castrense, San Juan de Capistrano y Santo Cura Brochero, Padre Daniel Díaz Ramos, Padre Diego Pereyra y los Capellanes Castrenses, Padre Daniel Domínguez y Padre Ricardo González. Asistieron, familiares de Claudia Sívori, su primo Leonardo y su Señora esposa junto a la comunidad parroquial de San Miguel Arcángel.

Es destacar, que manteniendo la voluntad de Claudia Sívori, ha sido cremada y sus Cenizas fueron trasladadas al finalizar la Santa Misa en procesión, para luego ser depositadas para su eterno descanso en el Cinerario de dicha Parroquia de la Fuerza Armada, comunidad donde participaba y trabajó pastoralmente. Mons. Olivera nos decía de Claudia en la Homilía, “(…) una mujer de Dios, que murió justo el día en que la Iglesia recuerda a otra mujer consagrada, como lo es Mama Antula y la Providencia ha querido unirlas en ese día, una mujer que sin duda la tomó para ser toda a Dios y para anunciar el Evangelio. Aquí estamos para hacer la cristiana sepultura de Claudia, pero también la Santa Misa que es acción de Gracias por su vida (…)”.

A continuación, compartimos en forma completa, Homilía de Mons. Santiago Olivera, Obispo Castrense de Argentina:

Iglesia San Miguel Arcángel, El Palomar

Quinto domingo de Cuaresma

Despedida y Acción de gracias por la vida de Claudia Sívori

21 de marzo de 2021

Jer 31,31-34

Sal 50

Heb 5,7-9

Evangelio: Jn 12, 20-33

El 7 de marzo, vine a celebrar la Eucaristía por el inicio Pastoral del Padre Daniel, en ese tiempo que transcurría la Santa Misa, Leonardo, el primo de Claudia nos comunicaba su fallecimiento, la Pascua de Claudia. Aprovecho también para agradecer, a Leonardo y a su esposa, el acompañamiento, el cuidado de estos últimos días de nuestra hermana, a quien la conocen mucho aquí, en esta comunidad parroquial, ella trabajaba aquí.

Era una Virgen Consagrada, una mujer de Dios, que murió justo el día en que la Iglesia recuerda a otra mujer consagrada, como lo es Mama Antula, y la Providencia ha querido unirlas en ese día, una mujer que sin duda la tomó para ser toda a Dios y para anunciar el Evangelio. Aquí estamos para hacer la cristiana sepultura de Claudia, pero también para celebrar la Santa Misa, que es acción de Gracias por su vida, porque ha sido para nosotros un don de Dios y también para la Iglesia Diocesana de Buenos Aires, ha hablado el Arzobispo, de la gratitud de su vida entregada desde el año 2016, y este último tiempo en el servicio pastoral en nuestro Obispado, no sólo en la geografía de la Diócesis Castrense, sino también en el corazón del Obispado que es la Curia Diocesana, ejerciendo su servicio allí, así que damos gracias por la vida de Claudia y gracias a su primo Leonardo y su esposa.

Este quinto domingo de Cuaresma, ya vamos aproximándonos al misterio central, justamente la  subida de Jesús a Jerusalén, a vivir la Pasión. Quiero referirme a las dos primeras Lecturas que hemos escuchado… ¡Qué lindo y qué consolador es escuchar al Profeta Jeremías diciendo, que “el Señor renueva la alianza”, nosotros vivimos de la alianza y ella es un pacto que Dios ha hecho con su Pueblo: “yo seré su Dios y ustedes serán mi Pueblo” y es renovado!

Y para nosotros es siempre motivo de verdadero gozo, saber que Dios es nuestro Dios, y este Dios de la alianza que nos da a conocer Jesucristo es, el Dios fiel, el Dios que ama siempre, el que ama primero, el que perdona. Tal como dice el texto de Jeremías, “yo habré perdonado su iniquidad y no me acordaré de sus pecados”, éste es el Dios de los cristianos, éste es nuestro Dios.

Y la alianza, que sabemos que en Jesucristo se actualiza y es la nueva alianza, nosotros la renovamos en cada Eucaristía, es decir, en cada celebración nos reunimos para celebrarla y esto es, escuchar la Palabra de Dios, celebrar la obra de Dios en su Hijo Jesús y en nuestras vidas. Esto es, lo que tenemos que reconocer en primer lugar, justamente que transitamos por la vida con la certeza que ese Dios fiel, ese es el Dios que nos ama, que nos espera, que nos cuida, que nos abraza, que nos perdona, que después alcanzará la plenitud en Jesucristo, que es el Dios con nosotros.

Qué lindo, que, en este camino hacia la Pascua, vayamos subiendo también con Jesús, renovando esa certeza, de que somos de Dios, Dios es nuestro Dios, nosotros somos el pueblo de Dios.

En el texto de la Carta a los hebreos, descubrimos, por una parte, algo que nosotros debemos imitar siempre, que es una vida de oración; si queremos imitar a Jesús, Él era un hombre de oración.

En la carta, dice, “…dirigió durante su vida terrena, súplicas y plegarias con fuertes gritos y lágrimas”, allí nos señala una clave de la vida cristina, que Jesús aprendió sufriendo a obedecer, Él alcanzó allí la perfección y llegó a ser causa de salvación. Es muy consolador pensar que Jesús es el verdadero Dios, pero también, verdadero hombre, quien fue así, transitando por la vida en un dialogando con el Señor, ésta es la oración, la súplica, contarle en qué situación está.

También nosotros debemos contarle, cómo estamos, qué vivimos, qué sentimos, ésta es la oración que tenemos con Jesús. No solamente las oraciones vocales, que son, que nos ayudan y nos introducen en la tradición de la Iglesia, pero la verdadera oración es el diálogo, el encuentro, la certeza del amor de Dios, pero fundamentalmente la obediencia a sus planes.

Una sincera oración siempre nos pone en una actitud de adhesión a la voluntad y al proyecto de Dios, aún en la exigencia del Evangelio que supone el autor de los hebreos, “…aprendió sufriendo a obedecer”; muchas veces nosotros podemos experimentar exigencias que nos dice el Evangelio: Amar a aquellos que no nos quieren o más nos cuesta, vivir en la justicia y en la verdad, vivir en esas cosas que me hacen estar en consonancia con el Evangelio, y muchas veces descubrimos que tenemos que estar dispuestos a entregar nuestra vida y a dejarnos conducir por las enseñanzas de Jesús, donde descubrimos que es eso es sin lugar a duda, exigente en nuestra vida.

También muchas veces revelamos que sufrimos obedeciendo al proyecto de Dios, pero después, nos da Paz y esa sumisión, hace que alcancemos de Dios aquello que pedimos.

Por eso, con la carta a los hebreos, tenemos que retomar nuestro deseo de saber escuchar al Señor, de saber estar en comunión con Él y estar disponibles a cumplir el proyecto de Dios en nuestra vida que a veces nos cambia, pero, al decir que sí a su plan y a las exigencias, suponen vivir sus mandamientos, fundamentalmente el amor a Dios con toda nuestras fuerzas y el amor al prójimo, al hermano, como signo de nuestro amor a Dios.

En el Evangelio vemos un grupo de griegos que se le acercan a Felipe, y a Andrés, donde le dicen, “queremos ver a Jesús”; pareciera que esa expresión es casi profética y que nosotros, todos, debemos responder.

Jesús, podría haber contestado, “voy… muéstrenselo”, sin embargo, les responde esto que seguramente los habrá llevado a un cierto desconcierto a Felipe y Andrés, “ha llegado la hora en que el hijo del hombre, va a ser glorificado… les aseguro que si el grano de trigo que cae en tierra, no muere, queda solo; pero si muere, da mucho frutos”. ¿Qué les habrán respondido Felipe y Andrés a los griegos?, un interrogante que sin duda es para todos los tiempos.

Nosotros seguidores de Jesús, por el Bautismo, estamos caminando hacia la renovación de éste, que se da, en la Pascua. En el Bautismo fuimos hechos otros Cristo, en el Bautismo se nos ha dicho, “fuiste revestido de Cristo”; en el Bautismo se nos recuerda que somos hijos en el Hijo, en el Bautismo se nos ungió y se nos recuerda que somos cristianos y por lo tanto seguidores de Jesús.

Pero seguidores que actualizan y representan, que presentan de nuevo con fuerza la figura de Jesús, aquello que Pablo decía, “…no soy yo el que vive, sino Cristo quien vive en mí”; ésta es una realidad que los bautizados todos, tenemos que vivir. Allí sabemos la exigencia, ahí sabemos que muchas veces tenemos que sufrir por obedecer a este mandato, que es ser como Jesús, tener sus sentimientos y amar como Él. A esto estamos llamados. Ciertamente cuesta, porque tenemos nuestras fragilidades, nuestra historia, nuestras heridas, pero a esto estamos llamados; que los que nos vean, vean a Jesús, que quienes nos miran descubran que somos distintos, no agrandados, sino distintos porque seguimos a Jesucristo.

Pero, el Señor les da una clave a los discípulos, habla justamente de la actitud de estar dispuestos a perder la vida, paradójicamente para ganarla, a no estar apegados a la vida en este mundo para alcanzar la eterna; para servirlo hay que seguirlo y el seguir a Jesús, supone siempre estar con Él.

Pidamos al Señor entonces, que nos ayude a desear siempre configurarnos, estar con Jesús,  estar dispuestos a saber que tenemos que morir para que demos frutos. Morir a nosotros, morir al hombre viejo, pero hacerlo tal como lo que significa la sepultura, es decir, el estar en tierra, para brindar el fruto.

El Señor entonces, nos muestra justamente que viene a cumplir su hora, esa hora a la cual todos seremos atraídos cuando sea levantado en alto. Imaginemos también lo que será, ser atraídos o seducidos por el Señor.

La Cruz del Señor que atrae y seduce, no puede ser la Cruz del dolor o de un instrumento de flagelación, porque la Cruz, es justamente el amor de Dios manifestado en Jesús hasta el extremo. Un amor sin límites, que se entregó por cada uno de nosotros; no hay amor más grande que el que da la vida. “Cuando sea levantado en alto sobre la tierra, atraeré a todos hacía mí” dice Jesús. La atracción de Jesús ciertamente es el amor hasta el fin.

Pidamos la gracia entonces, que cada vez que contemplamos su Cruz, nos sintamos atraídos por Él, para descubrir el amor de Dios en Jesucristo, pero también para renovarnos en ese camino de seguidores de Jesús. Para que en ese camino de hacer presente a Jesús, que los hombres y mujeres de nuestro tiempo lo vean hoy a Él caminando; que lo contemplen en nuestras familias, en nuestros trabajos, en nuestra comunidad, con la exigencia que supone vivir el Evangelio, con la exigencia que implica vivir la caridad. Atraído por Jesús, entonces es atraído por su amor para con nosotros y esa renovación será para amar como Él. Que así, sea.

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