Papa Francisco | Dice Jesús, cuando ores, acude a Dios como un hijo para su padre, es parte de la Catequesis brindada esta mañana por Su Santidad Francisco, en la primera Audiencia General celebrada en el Salón Pablo VI en compañía con los peregrinos del mundo. Allí, el Santo Padre reanudó su catequesis sobre “Padre Nuestro”, profundizando en la meditación de “En el centro del discurso de la montaña” (huella bíblica: Del Evangelio según Mateo 6, 5-6).

A continuación compartimos con ustedes la interpretación del italiano al castellano, de la enseñanza brindada por Su Santidad Francisco:

Queridos hermanos y hermanas, buenos días y también feliz año nuevo!

Continuamos nuestra catequesis sobre el “Padre Nuestro”, iluminado por el misterio de la Navidad que acabamos de celebrar.

El Evangelio de Mateo coloca el texto de “Nuestro Padre” en un punto estratégico, en el centro del discurso de la montaña (cf. 6: 9-13). Mientras tanto, observemos la escena: Jesús sube la colina cerca del lago, se sienta; a su alrededor tiene el círculo de sus discípulos más íntimos, y luego una gran multitud de caras anónimas. Es este conjunto heterogéneo el que recibe por primera vez la entrega del “Padre Nuestro”.

La colocación, como se mencionó, es muy significativa; porque en esta larga enseñanza, que lleva el nombre de “discurso de la montaña” (cf. Mt 5: 1-7, 27), Jesús condensa los aspectos fundamentales de su mensaje. El debut es como un arco decorado para la fiesta: las Bienaventuranzas. Jesús corona con felicidad una serie de categorías de personas que en su tiempo, ¡pero también en la nuestra! – No fueron muy considerados. Bienaventurados los pobres, los mansos, los misericordiosos, los humildes del corazón… Esta es la revolución del Evangelio. Donde hay el evangelio, hay revolución. El evangelio no deja silencio, nos empuja: es revolucionario. Todas las personas capaces de amar, los pacificadores que hasta ahora habían estado al margen de la historia, son en cambio constructores del Reino de Dios. Es como si Jesús estuviera diciendo: adelante, usted trae al corazón el misterio de un Dios que tiene ¡Reveló su omnipotencia en el amor y el perdón!

Desde este portal de entrada, que revierte los valores de la historia, surge la novedad del Evangelio. La Ley no debe ser abolida sino que necesita una nueva interpretación, lo que lo lleva de nuevo a su significado original. Si una persona tiene un buen corazón, predispuesto al amor, entonces entiende que cada palabra de Dios debe encarnarse hasta sus últimas consecuencias. El amor no tiene límites: uno puede amar al cónyuge, al amigo e incluso al enemigo con una perspectiva completamente nueva. Jesús dice: «Pero yo te digo: ama a tus enemigos y ora por los que te persiguen, para que puedas ser hijos de tu Padre que está en el cielo; hace que su sol salga sobre malos y buenos, y llueva sobre justos e injustos “(Mt 5,44-45).

Aquí está el gran secreto que subyace a todo lo que se habla de la montaña: se hijos de tu Padre que está en el cielo. Aparentemente, estos capítulos del Evangelio de Mateo parecen ser un discurso moral, parecen evocar una ética tan exigente que parece impracticable, y en cambio encontramos que son sobre todo un discurso teológico. El cristiano no está comprometido a ser mejor que los demás: sabe que es un pecador como todos los demás. El cristiano es simplemente el hombre que se detiene ante la nueva Zarza Ardiente, ante la revelación de un Dios que no lleva el enigma de un nombre impronunciable, pero que pide a sus hijos que lo invocan con el nombre de “Padre”, para que se renueve. Por su poder y para reflejar un rayo de su bondad para este mundo tan sediento del bien, esperando tan buenas noticias.

Aquí es cómo Jesús introduce la enseñanza de la oración del “Padre Nuestro”. Lo hace distanciándose de dos grupos de su tiempo. En primer lugar, los hipócritas: “No sean como los hipócritas que, en las sinagogas y en las esquinas de los cuadrados, les gusta orar de pie, ser vistos por el pueblo” (Mt 6, 5). Hay personas que pueden tejer oraciones ateas, sin Dios: y lo hacen para ser admirados por los hombres. Y cuántas veces vemos el escándalo de aquellas personas que van a la iglesia y se quedan allí todo el día o van todos los días y luego viven odiando a otros o hablando mal de las personas. ¡Esto es un escándalo! Mejor no ir a la iglesia: vivir así, como si yo fuera un ateo. Pero si vas a la iglesia, vives como un hijo, como un hermano y das un verdadero testimonio, no un contra-testimonio. La oración cristiana, por otro lado, no tiene otro testimonio creíble más que su propia conciencia, donde un diálogo continuo con el Padre se entrelaza intensamente: «Cuando ores, entra en tu habitación, cierra la puerta y ora a tu Padre, que está en secreto »(Mt 6: 6).

Luego, Jesús se aleja de la oración de los paganos: “No desperdicien las palabras: […] creen que son escuchadas por las palabras” (Mt 6, 7). Aquí quizás Jesús alude a esa “captatio benevolentiae” (de ganar la buena voluntad), que era la premisa necesaria de muchas oraciones antiguas: la divinidad tenía que ser sometido por una larga serie de alabanzas, incluso de oraciones. Piense en esa escena del Monte Carmelo cuando el profeta Elías desafió a los sacerdotes de Baal. Gritaron, bailaron, pidieron tantas cosas para que su dios los escuchara. Y en cambio, Elías guardó silencio y el Señor se reveló a Elías. Los paganos piensan que hablar, hablar, hablar, hablar, orar. Y también pienso en muchos cristianos que creen que orar es, discúlpeme, “hablar con Dios como un loro”. ¡No! La oración se hace desde el corazón, desde dentro. En cambio, dice Jesús, cuando ores, acude a Dios como un hijo para su padre, quien sabe qué cosas necesita antes de que las pida (cf. Mt 6, 8). También podría ser una oración silenciosa, el “Padre Nuestro”: basta con ponernos bajo la mirada de Dios, para recordar el amor de su Padre, y esto es suficiente para cumplir.

¡Es bueno pensar que nuestro Dios no necesita sacrificios para ganar su favor! No necesita nada, nuestro Dios: en la oración, solo pide que mantengamos abierto un canal de comunicación con él para descubrir siempre a sus amados hijos. Y Él nos ama tanto.

 

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