Papa Francisco | El mundo necesita ver personas valientes y perseverantes en responder a la vocación cristiana, este es un resumen del mensaje brindado por Santo Padre este medio día (hora de Roma) al presentarse en la ventana del estudio de Palacio Apostólico, antes de rezar la oración mariana. Su Santidad Francisco saludó a los peregrinos reunidos en Plaza San Pedro, donde también se encontraban los jóvenes de Acción Católica de la Diócesis de Roma, quienes habían finalizado con la “Caravana de la Paz” en su país.

El Santo Padre recordó el Evangelio de hoy, (cf. Lc 4, 21-30) acotando, “es la continuación de esa historia y nos muestra el asombro de sus conciudadanos al ver que uno de su país, “el hijo de José” (v.22), afirma ser El Cristo, el enviado del Padre”. Al respecto, nos decía, “Jesús, (…), entiende inmediatamente lo que piensan sus conciudadanos. Creen que, dado que él es uno de ellos, debe demostrar este extraño “reclamo” haciendo milagros allí, en Nazaret, como lo hizo en los países vecinos”.

Pero, el Santo Padre nos enseña, que Jesús no siguió esa lógica, porque es otro el camino por el cual se debía avanzar, indicándonos, “Dios quiere fe, ellos quieren milagros, señales; Dios quiere salvar a todos, y ellos quieren un Mesías en su beneficio. Y para explicar la lógica de Dios, Jesús trae el ejemplo de dos grandes profetas antiguos: Elías y Eliseo, a quienes Dios envió para sanar y salvar a personas no judías, de otros pueblos, pero que habían confiado en su palabra”.

Continuando con la explicación del Evangelio, Su Santidad nos narra, “el ministerio público de Jesús comienza con un rechazo y con una amenaza de muerte, paradójicamente por parte de sus conciudadanos”. Agregando, “Jesús, al vivir la misión que el Padre le confió, sabe que debe enfrentar la fatiga, el rechazo, la persecución y la derrota”.

A diferencia de otros en aquella posición, “el duro rechazo, sin embargo, no desanima a Jesús, ni detiene el camino y la fecundidad de su acción profética. Sigue su camino (ver verso 30), confiando en el amor del Padre”. Al respecto, el Santo Padre nos dice a nosotros, “(…) el mundo necesita ver en los discípulos del Señor de los profetas, es decir, de las personas valientes y perseverantes en responder a la vocación cristiana”.

Casi en el final y en resumen de su propio mensa, Su Santidad Francisco afirma que nuestro mundo necesita de, “(…) personas que están abiertas a aceptar en sí mismas la voluntad del Padre y se comprometen a dar testimonio fiel a los demás”.

A continuación compartimos con ustedes la interpretación del italiano al castellano del mensaje brindado por Su Santidad Francisco:

Queridos hermanos y hermanas, buenos días!

El domingo pasado, la liturgia nos propuso el episodio de la sinagoga de Nazaret, donde Jesús lee un pasaje del profeta Isaías y finalmente revela que esas palabras se cumplen “hoy” en él. Jesús se presenta como aquel en quien se apoyó. Espíritu del Señor, el Espíritu Santo que lo consagró y lo envió a cumplir la misión de salvación para la humanidad. El Evangelio de hoy (cf. Lc 4, 21-30) es la continuación de esa historia y nos muestra el asombro de sus conciudadanos al ver que uno de su país, “el hijo de José” (v.22), afirma ser El Cristo, el enviado del Padre.

Jesús, con su capacidad de penetrar en las mentes y los corazones, entiende inmediatamente lo que piensan sus conciudadanos. Creen que, dado que él es uno de ellos, debe demostrar este extraño “reclamo” haciendo milagros allí, en Nazaret, como lo hizo en los países vecinos (ver el versículo 23). Pero Jesús no quiere y no puede aceptar esta lógica, porque no se corresponde con el plan de Dios: Dios quiere fe, ellos quieren milagros, señales; Dios quiere salvar a todos, y ellos quieren un Mesías en su beneficio. Y para explicar la lógica de Dios, Jesús trae el ejemplo de dos grandes profetas antiguos: Elías y Eliseo, a quienes Dios envió para sanar y salvar a personas no judías, de otros pueblos, pero que habían confiado en su palabra.

Ante esta invitación a abrir sus corazones a la gratuidad y universalidad de la salvación, los ciudadanos de Nazaret se rebelan, e incluso adoptan una actitud agresiva, que degenera hasta el punto de que “se levantaron, lo sacaron de la ciudad y lo condujeron al borde de la montaña […], para derribarlo “(v. 29). La admiración del primer momento se ha convertido en una agresión, una rebelión contra él.

Y este Evangelio nos muestra que el ministerio público de Jesús comienza con un rechazo y con una amenaza de muerte, paradójicamente por parte de sus conciudadanos. Jesús, al vivir la misión que el Padre le confió, sabe que debe enfrentar la fatiga, el rechazo, la persecución y la derrota. Un precio que, ayer como hoy, la auténtica profecía está llamada a pagar. El duro rechazo, sin embargo, no desanima a Jesús, ni detiene el camino y la fecundidad de su acción profética. Sigue su camino (ver verso 30), confiando en el amor del Padre.

Incluso hoy, el mundo necesita ver en los discípulos del Señor de los profetas, es decir, de las personas valientes y perseverantes en responder a la vocación cristiana. Gente que sigue el “empuje” del Espíritu Santo, que los envía para proclamar esperanza y salvación a los pobres y excluidos, personas que siguen la lógica de la fe y no de lo milagroso; Personas dedicadas al servicio de todos, sin privilegios ni exclusiones. En resumen: las personas que están abiertas a aceptar en sí mismas la voluntad del Padre y se comprometen a dar testimonio fiel a los demás.

Oremos a María Santísima, para que podamos crecer y caminar en el mismo celo apostólico por el Reino de Dios que animó la misión de Jesús.

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