Papa Francisco | Jesús nos indicó a sus discípulos que nuestra misión en el mundo no puede ser estática, sino que es itinerante, así lo manifestaba el Santo Padre en el medio día de hoy antes de recitar la oración Mariana del Ángelus. Su Santidad, puntualmente en el medio día de hoy (hora local), se presentó en la ventana del Estudio Apostólico Vaticano, donde se dirigió desde allí a los peregrinos del mundo reunidos en Plaza San Pedro.

En esta jornada, el Pontífice se refirió al Evangelio de hoy según San Lucas (Lc 9, 51-62) donde expresa la historia del último viaje de Jesús a Jerusalén. Allí nos habló de tres casos de vocación, allí el Santo Padre señala, “el primer personaje le promete: “Te seguiré dondequiera que vayas” (v. 57). Jesús abandonó el hogar paterno y renunció a toda seguridad para anunciar el Reino de Dios a las ovejas perdidas de su pueblo. Así, Jesús nos indicó a sus discípulos que nuestra misión en el mundo no puede ser estática, sino que es itinerante. El cristiano es un itinerante”.

Agregando, destacó, “está abierto a los horizontes más amplios, enviado – ¡la Iglesia es enviada! – llevar el Evangelio a las calles y llegar a los suburbios humanos y existenciales”. Continuando dijo del segundo personaje, “”Señor, déjame ir primero a enterrar a mi padre” (v. 59). Jesús responde: “Dejen que los muertos entierren a sus muertos” (v. 60). Con estas palabras deliberadamente provocativas, pretende afirmar la primacía de seguir y anunciar el Reino de Dios, incluso en las realidades más importantes, como la familia”.

Además, el Santo Padre nos reveló, “la urgencia de comunicar el Evangelio, que rompe la cadena de la muerte e inaugura la vida eterna, no admite demoras, sino que requiere reflejos rápidos y disponibilidad”. Respecto del tercer personaje, Su Santidad dijo, “”Nadie que ponga su mano en el arado y luego se dé vuelta es adecuado para el reino de Dios” (v. 62). El seguimiento de Jesús (…) requiere la virtud de la decisión”.

El Santo Padre, también señaló, “la Iglesia, para seguir a Jesús, es itinerante, actúa de manera inmediata, apresurada y resuelta. El valor de estas condiciones establecidas por Jesús (itinerancia, preparación y decisión) no se encuentra en una serie de “no” refiriéndose a cosas buenas e importantes en la vida. Jesús nos quiere apasionados por Él y el Evangelio. Una pasión del corazón que se traduce en gestos concretos de cercanía, de cercanía a los hermanos más necesitados de acogida y cuidado. Así como él mismo vivió”.

A continuación compartimos con ustedes la interpretación del italiano al castellano del mensaje brindado por Su Santidad Francisco:

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En el Evangelio de hoy (ver Lc 9, 51-62), San Lucas comienza la historia del último viaje de Jesús a Jerusalén, que terminará en el capítulo 19. Es una larga marcha no solo geográfica y espacial, sino también espiritual y teológica. Hacia el cumplimiento de la misión del Mesías. La decisión de Jesús es radical y total, y los que lo siguen están llamados a medirse contra ella. Hoy, el evangelista nos presenta tres personajes, tres casos de vocación, podríamos decir, que resaltan lo que se requiere de aquellos que quieren seguir a Jesús de manera plena, total.

El primer personaje le promete: “Te seguiré dondequiera que vayas” (v. 57). Generoso! Pero Jesús responde que el Hijo del hombre, a diferencia de los zorros que tienen las madrigueras y los pájaros que tienen nidos, “no tiene dónde recostar la cabeza” (v. 58). La pobreza absoluta de Jesús. De hecho, Jesús abandonó el hogar paterno y renunció a toda seguridad para anunciar el Reino de Dios a las ovejas perdidas de su pueblo. Así, Jesús nos indicó a sus discípulos que nuestra misión en el mundo no puede ser estática, sino que es itinerante. El cristiano es un itinerante. La Iglesia por su naturaleza está en movimiento, no es sedentaria y tranquila en su propio recinto. Está abierto a los horizontes más amplios, enviado – ¡la Iglesia es enviada! – llevar el Evangelio a las calles y llegar a los suburbios humanos y existenciales. Este es el primer personaje.

El segundo personaje que se encuentra con Jesús recibe el llamado directamente de él, pero él responde: “Señor, déjame ir primero a enterrar a mi padre” (v. 59). Es una solicitud legítima, fundada en el mandamiento de honrar al padre y la madre (ver Ex 20,12). Sin embargo, Jesús responde: “Dejen que los muertos entierren a sus muertos” (v. 60). Con estas palabras deliberadamente provocativas, pretende afirmar la primacía de seguir y anunciar el Reino de Dios, incluso en las realidades más importantes, como la familia. La urgencia de comunicar el Evangelio, que rompe la cadena de la muerte e inaugura la vida eterna, no admite demoras, sino que requiere reflejos rápidos y disponibilidad. Por lo tanto, la Iglesia es itinerante, y aquí la Iglesia es decisiva, actúa rápidamente, en este momento, sin esperar.

El tercer personaje también quiere seguir a Jesús, pero con una condición: lo hará después de despedirse de sus familiares. Y esto lo dice el Maestro: “Nadie que ponga su mano en el arado y luego se dé vuelta es adecuado para el reino de Dios” (v. 62). El seguimiento de Jesús excluye los arrepentimientos y las miradas hacia atrás, pero requiere la virtud de la decisión.

La Iglesia, para seguir a Jesús, es itinerante, actúa de manera inmediata, apresurada y resuelta. El valor de estas condiciones establecidas por Jesús (itinerancia, preparación y decisión) no se encuentra en una serie de “no” refiriéndose a cosas buenas e importantes en la vida. El acento, más bien, debe colocarse en el objetivo principal: ¡convertirse en un discípulo de Cristo! Una elección libre y consciente, hecha de amor, para corresponder a la inestimable gracia de Dios, y no como una forma de promocionarse. ¡Esto es triste! Ay de aquellos que piensan que están siguiendo a Jesús para promocionarse, es decir, para hacer una carrera, para sentirse importantes o para adquirir un lugar de prestigio. Jesús nos quiere apasionados por Él y el Evangelio. Una pasión del corazón que se traduce en gestos concretos de cercanía, de cercanía a los hermanos más necesitados de acogida y cuidado. Así como él mismo vivió.

Que la Virgen María, ícono de la Iglesia en camino, nos ayude a seguir al Señor Jesús con alegría y anunciar a los hermanos, con amor renovado, la Buena Nueva de la salvación.

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