Papa Francisco | Jesús quiere que el amor de Dios triunfe sobre el odio y el rencor en cada corazón, la afirmación se desprende del mensaje brindado por el Santo Padre, en el medio día de hoy al momento de recitar el Ángelus. Al término de la celebración de la Eucaristía en la Sala Regia del Palacio Apostólico Vaticano, luego del final de la reunión de “La protección de los menores en la Iglesia”, Su Santidad Francisco se presentó en la ventana del Estudio Apostólico Vaticano para allí recitar la oración mariana frente a los peregrinos del mundo reunidos en Plaza San Pedro.

El Santo Padre hizo referencia al Evangelio del día, (cf. Lc 6, 27-38) en donde a modo de resumen se refiere a el amor por los enemigos. Al respecto, señalaba, “las palabras de Jesús son claras: ‹‹A ti que escuchas, te digo: ama a tus enemigos, haz el bien a los que te odian, bendice a los que te maldicen, ora por los que te tratan mal›› (versículos 27-28)”.

Sobre la enseñanza de Jesús nos decía Su Santidad Francisco, “amar a los enemigos va más allá de nuestras posibilidades, pero para esto se hizo hombre: no para dejarnos como somos, sino para convertirnos en hombres y mujeres capaces de un amor más grande, el de su Padre y el nuestro”. Agregando, “este es el amor que Jesús da a quienes lo “escuchan”. ¡Y entonces se hace posible! Con él, gracias a su amor, a su Espíritu, también podemos amar a quienes no nos aman, incluso a quienes nos hacen malvados”.

El Santo Padre nos afirma, “Jesús quiere que el amor de Dios triunfe sobre el odio y el rencor en cada corazón. La lógica del amor, que culmina en la Cruz de Cristo, es la insignia del cristiano y nos lleva a salir a encontrarnos con un corazón de hermanos”. A su vez señalaba, “quien escucha a Jesús, quien se esfuerza por seguirlo aunque cueste, se convierte en un hijo de Dios y comienza a parecerse realmente al Padre en el cielo”.

Quién sigue a Jesús dice el Papa se vuelve capaz de, “(…) cosas que nunca hubiéramos pensado que podríamos decir o hacer, y de las cuales preferiríamos sentirnos avergonzados, sino que ahora nos dan alegría y paz. Ya no necesitamos ser violentos, con palabras y gestos”. Su Santidad nos señala, “no hay nada más grande y más fructífero que el amor: le da a la persona toda su dignidad, mientras que, por el contrario, el odio y la venganza lo disminuyen, desfigurando la belleza de la criatura hecha a imagen de Dios”.

Esta actitud, sin dudas tiene fundamentos más que claro en la historia de nuestra Santa Iglesia, así lo reseñaba el Santo Padre, “es la revolución del amor, cuyos protagonistas son los mártires de todos los tiempos. Y Jesús nos asegura que nuestro comportamiento, marcado por el amor hacia aquellos que nos hacen malos, no será en vano”. Pero atentos, “si no perdonamos completamente, no podemos pretender ser completamente perdonados”.

Su Santidad nos revela, “(…) si nuestros corazones se abren a la misericordia, si el perdón se sella con un abrazo fraternal y los lazos de comunión se fortalecen, proclamamos ante el mundo que es posible vencer el mal con el bien. A veces es más fácil para nosotros recordar los males que nos han hecho y no las cosas buenas; hasta el punto de que hay personas que tienen este hábito y se convierten en una enfermedad”.

El Señor Jesús es muy claro señala el Pontífice, debemos hacer lo contrario a ésta actitud de recordar constantemente el mal hecho. El Papa nos indica que debemos avanzar por un cambio de postura, “recordando cosas buenas, y cuando alguien viene con una charla y habla mal sobre el otro, diga: “Pero sí, quizás (…) pero él tiene esta buena (…)”. Invertir el discurso. Esta es la revolución de la misericordia”.

A continuación compartimos con ustedes la interpretación del italiano al castellano del mensaje del Santo Padre Francisco:

Queridos hermanos y hermanas, buenos días!

El Evangelio de este domingo (cf. Lc 6, 27-38) se refiere a un punto central y característico de la vida cristiana: el amor por los enemigos. Las palabras de Jesús son claras: “A ti que escuchas, te digo: ama a tus enemigos, haz el bien a los que te odian, bendice a los que te maldicen, ora por los que te tratan mal” (versículos 27-28). Y esto no es una opción, es un mandato. No es para todos, sino para los discípulos, que Jesús te llama “tú que escuchas”. Sabe muy bien que amar a los enemigos va más allá de nuestras posibilidades, pero para esto se hizo hombre: no para dejarnos como somos, sino para convertirnos en hombres y mujeres capaces de un amor más grande, el de su Padre y el nuestro.  Este es el amor que Jesús da a quienes lo “escuchan”. ¡Y entonces se hace posible! Con él, gracias a su amor, a su Espíritu, también podemos amar a quienes no nos aman, incluso a quienes nos hacen malvados.

De esta manera, Jesús quiere que el amor de Dios triunfe sobre el odio y el rencor en cada corazón. La lógica del amor, que culmina en la Cruz de Cristo, es la insignia del cristiano y nos lleva a salir a encontrarnos con un corazón de hermanos. Pero, ¿cómo es posible superar el instinto humano y la ley mundana de represalia? La respuesta la da Jesús en la misma página del Evangelio: “Sé misericordioso, ya que tu Padre es misericordioso” (versículo 36). Quien escucha a Jesús, quien se esfuerza por seguirlo aunque cueste, se convierte en un hijo de Dios y comienza a parecerse realmente al Padre en el cielo. Nos volvemos capaces de cosas que nunca hubiéramos pensado que podríamos decir o hacer, y de las cuales preferiríamos sentirnos avergonzados, sino que ahora nos dan alegría y paz. Ya no necesitamos ser violentos, con palabras y gestos; Nos descubrimos capaces de ternura y bondad; y sentimos que todo esto no viene de nosotros sino de Él, y por lo tanto no nos jactamos de ello, pero estamos agradecidos.

No hay nada más grande y más fructífero que el amor: le da a la persona toda su dignidad, mientras que, por el contrario, el odio y la venganza lo disminuyen, desfigurando la belleza de la criatura hecha a imagen de Dios.

Este mandato, para responder al insulto y al mal con el amor, ha generado una nueva cultura en el mundo: la “cultura de la misericordia, ¡debemos aprenderlo bien! Y practicarla bien esta cultura de la misericordia, que da vida a una verdadera revolución” (Lett. Ap. Misericordia et misera, 20). Es la revolución del amor, cuyos protagonistas son los mártires de todos los tiempos. Y Jesús nos asegura que nuestro comportamiento, marcado por el amor hacia aquellos que nos hacen malos, no será en vano. Él dice: “Perdona y serás perdonado. Da y recibirás […] porque con la medida con que mides, se te medirá a cambio “(versículos 37-38). Esto es agradable Será algo hermoso que Dios nos dará si somos generosos, misericordiosos. Debemos perdonar porque Dios nos ha perdonado y él siempre nos perdona. Si no perdonamos completamente, no podemos pretender ser completamente perdonados. En cambio, si nuestros corazones se abren a la misericordia, si el perdón se sella con un abrazo fraternal y los lazos de comunión se fortalecen, proclamamos ante el mundo que es posible vencer el mal con el bien. A veces es más fácil para nosotros recordar los males que nos han hecho y no las cosas buenas; hasta el punto de que hay personas que tienen este hábito y se convierten en una enfermedad. Son “coleccionistas de injusticias”: solo recuerdan las cosas malas que hicieron. Y esto no es un camino. Tenemos que hacer lo contrario, dice Jesús. Recordando cosas buenas, y cuando alguien viene con una charla y habla mal sobre el otro, diga: “Pero sí, quizás (…) pero él tiene esta buena (…)”. Invertir el discurso. Esta es la revolución de la misericordia.

Que la Virgen María nos ayude a tocar nuestros corazones con esta santa palabra de Jesús, quemándonos como fuego, transformándonos y haciéndonos capaces de hacer el bien sin reciprocidad, haciendo el bien sin reciprocidad, presenciando en todas partes la victoria del amor.

 

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