Papa Francisco | Las guerras comienzan desde el lenguaje, la enseñanza fue vertida por el Santo Padre en el medio día de hoy (hora de Roma) al presentarse en la ventana del Estudio Apostólico, de Palacio Vaticano. En esta oportunidad Su Santidad se dirigía a los peregrinos presentes reunidos en Plaza San Pedro para escuchar recitar el Ángelus, antes de invocar la oración marina se expresó sobre el Evangelio de hoy.

En esta ocasión centro sus palabras para explicarnos respecto de las Parábolas cortas que utiliza Jesús, al respecto señalaba, “(…) quiere señalar a sus discípulos el camino a seguir para vivir sabiamente”. Lo hace con una simple consulta, “‹‹¿Puede un ciego guiar a otro ciego?›› (Lc 6, 39), quiere subrayar que un guía no puede ser ciego, sino que debe ver bien, es decir, debe poseer la sabiduría para conducir con prudencia, de lo contrario se arriesga a causar daños a las personas que dependen de él”.

Profundizando el Santo Padre nos narra, “, Jesús llama la atención de aquellos que tienen responsabilidades educativas o de mando: pastores de almas, autoridades públicas, legisladores, maestros, padres, instándoles a que sean conscientes de su delicado papel y a discernir siempre el camino correcto por el cual liderar personas”. Un llamado sin dudas que invita a reflexionar respecto de nuestra propia actitud, donde debemos siempre profundizar en nuestro juicio y humildad.

El propio Jesús, dice Su Santidad, “toma prestada una expresión sapiencial para indicarse a sí mismo como un modelo de maestro y guía a seguir: ‹‹Un discípulo no es más que el maestro; pero todo el que esté bien preparado será como su maestro ›› (v. 40). Es una invitación a seguir su ejemplo y su enseñanza para ser guías seguros y sabios”.

Continuando con el Evangelio de hoy, el Papa ahora radica su explicación en otro pasaje del mismo, “‹‹ ¿Por qué miras la pajilla en el ojo de tu hermano y no notas el rayo en tu ojo? ›› (V. 41). Al respecto nos señala, “siempre escondemos nuestras faltas, también las escondemos de nosotros mismos; en cambio, es fácil ver los defectos de los demás. La tentación es ser indulgente con uno mismo (manga ancha con uno mismo) y duro con los demás”.

El Santo Padre continuando señalaba, “(…) debemos ser conscientes de que tenemos defectos. Si creo que no los tengo, no puedo condenar o corregir a los demás. Todos tenemos defectos: todos. Debemos estar conscientes de esto y, antes de condenar a otros, debemos mirar dentro de nosotros mismos. Así, podemos actuar de manera creíble, con humildad, dando testimonio de la caridad”.

Dice Su Santidad, que propio Jesús nos ilustra sobre esto mismo: “‹‹No hay ningún árbol bueno que produzca frutos malos, ni hay ningún árbol malo que dé frutos buenos. De hecho, cada árbol es reconocido por su fruto ›› (vv.43-44). El fruto son acciones, pero también palabras. La calidad del árbol también se conoce de las palabras. De hecho, quien es bueno saca lo bueno y lo malo de su corazón y su boca y quien es malo lo hace mal, practicando el ejercicio más dañino entre nosotros, que es el murmurar, el parloteo, hablar mal de los demás”.

Casi finalizando, Su Santidad Francisco nos indicaba, “las guerras comienzan desde el lenguaje. Pensemos un poco en esta enseñanza de Jesús y preguntémonos: ¿hablo mal de los demás? ¿Siempre trato de ensuciar a los demás? ¿Es más fácil para mí ver las faltas de otras personas que las mías? Y tratamos de corregirnos al menos un poco: nos hará bien a todos”.

A continuación compartimos con ustedes la interpretación del italiano al castellano del mensaje de Su Santidad Francisco:

Queridos hermanos y hermanas, buenos días!

El pasaje del Evangelio de hoy presenta parábolas cortas, con las cuales Jesús quiere señalar a sus discípulos el camino a seguir para vivir sabiamente. Con la pregunta: “¿Puede un ciego guiar a otro ciego?” (Lc 6, 39), quiere subrayar que un guía no puede ser ciego, sino que debe ver bien, es decir, debe poseer la sabiduría para conducir con prudencia, de lo contrario se arriesga a causar daños a las personas que dependen de él. Así, Jesús llama la atención de aquellos que tienen responsabilidades educativas o de mando: pastores de almas, autoridades públicas, legisladores, maestros, padres, instándoles a que sean conscientes de su delicado papel y a discernir siempre el camino correcto por el cual liderar personas

Y Jesús toma prestada una expresión sapiencial para indicarse a sí mismo como un modelo de maestro y guía a seguir: “Un discípulo no es más que el maestro; pero todo el que esté bien preparado será como su maestro “(v. 40). Es una invitación a seguir su ejemplo y su enseñanza para ser guías seguros y sabios. Y esta enseñanza está especialmente contenida en el discurso de la montaña, que a partir de los tres domingos, la liturgia nos ofrece en el Evangelio, indicando la actitud de mansedumbre y misericordia para ser personas sinceras, humildes y justas. En el pasaje de hoy encontramos otra frase significativa, una que nos exhorta a no ser presuntuosos e hipócritas. Él dice: “¿Por qué miras la pajilla en el ojo de tu hermano y no notas el rayo en tu ojo?” (V. 41). Muchas veces, todos sabemos, es más fácil o más conveniente discernir y condenar los defectos y los pecados de los demás, sin poder ver los suyos con la misma claridad. Siempre escondemos nuestras faltas, también las escondemos de nosotros mismos; en cambio, es fácil ver los defectos de los demás. La tentación es ser indulgente con uno mismo (manga ancha con uno mismo) y duro con los demás. Siempre es útil ayudar a otros con consejos sabios, pero mientras observamos y corregimos los defectos de nuestro prójimo, también debemos ser conscientes de que tenemos defectos. Si creo que no los tengo, no puedo condenar o corregir a los demás. Todos tenemos defectos: todos. Debemos estar conscientes de esto y, antes de condenar a otros, debemos mirar dentro de nosotros mismos. Así, podemos actuar de manera creíble, con humildad, dando testimonio de la caridad.

¿Cómo podemos entender si nuestro ojo está libre o si está bloqueado por un rayo? Todavía es Jesús quien nos dice: “No hay ningún árbol bueno que produzca frutos malos, ni hay ningún árbol malo que dé frutos buenos”. De hecho, cada árbol es reconocido por su fruto “(vv.43-44). El fruto son acciones, pero también palabras. La calidad del árbol también se conoce de las palabras. De hecho, quien es bueno saca lo bueno y lo malo de su corazón y su boca y quien es malo lo hace mal, practicando el ejercicio más dañino entre nosotros, que es el murmurar, el parloteo, hablar mal de los demás. Esto destruye; destruye a la familia, destruye la escuela, destruye el lugar de trabajo, destruye el vecindario. Las guerras comienzan desde el lenguaje. Pensemos un poco en esta enseñanza de Jesús y preguntémonos: ¿hablo mal de los demás? ¿Siempre trato de ensuciar a los demás? ¿Es más fácil para mí ver las faltas de otras personas que las mías? Y tratamos de corregirnos al menos un poco: nos hará bien a todos.

Invocamos el apoyo y la intercesión de María para seguir al Señor en este camino.

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