Papa Francisco | Mientras haya nuevas generaciones capaces de decir “aquí estoy” a Dios, habrá un futuro en el mundo, la afirmación la efectuó el Santo Padre en la mañana de hoy en la audiencia general en el Salón Pablo VI en el estado Vaticano frente a los peregrinos y fieles del mundo. Esta vez, Su Santidad Francisco realizó un análisis de su reciente viaje Apostólico a América, donde participó de la XXXIV JMJ (Jornada Mundial de la Juventud) en Panamá.

Luego de los agradecimientos a cada uno de los protagonistas tanto panameños como peregrinos del mundo, el Santo Padre resaltó un detalle muy especial, el cual fue advertido desde el primer momento en que arribó a Panamá. Al respecto decía, “cuando el Papamóvil pasó, todos estaban con sus niños: los criaron diciendo: “¡Mirad mi orgullo, aquí está mi futuro!”. Y me presentaron a los niños. ¡Pero eran tantos!”

Al respecto, Su Santidad declaró, “pensé: ¡cuánta dignidad en este gesto y cuánto es elocuente para el invierno demográfico que estamos viviendo en Europa! El orgullo de esa familia son los niños. La seguridad para el futuro son los niños. ¡El invierno demográfico, sin niños, es duro!”

Hablando de nuestro continente, también subrayó, “esta Jornada Mundial de la Juventud fue precedida por la reunión de jóvenes de pueblos nativos y afroamericanos. Un bonito gesto: hicieron cinco días de encuentro, jóvenes indígenas y jóvenes descendientes. Son muchos en esa región”.

Estas características de América Latina la convierte dice el Papa en, mixta. Señalando, “luego, con la llegada de grupos de todo el mundo, se formó la gran sinfonía de caras e idiomas, típica de este evento”. También señaló una vez más sobre el lema de la JMJ Panamá que hace referencia a la Santísima Madre, eran las palabras de la Virgen al Ángel: “He aquí el siervo del Señor; Que venga a mí según tu palabra “(Lc 1, 38).

Sobre esto últimos decía el Santo Padre, “mientras haya nuevas generaciones capaces de decir “aquí estoy” a Dios, habrá un futuro en el mundo”. También recordó la Vigilia y el Vía Crucis, donde además de contarnos que le gusta, también señaló que guarda un Vía Crucis de un fiel que en Buenos Aires le obsequió, nos recomendó siempre contar con uno, para no perder de vista el valor del mismo.

Dice el Santo Padre que el Vía Crucis es, “(…) caminar con María detrás de Jesús cargando la cruz es la escuela de la vida cristiana: allí aprendes el amor paciente, silencioso y concreto”. Su Santidad Francisco nos dice que debemos, “seguir a Jesús con María en el camino de la cruz, donde Él dio su vida por nosotros, por nuestra redención. En el Vía Crucis se aprende amor paciente, silencioso y concreto”.

El Santo Padre también recordó la celebración de la Santa Misa del último domingo, donde resaltaba, “Cristo resucitado, con el poder del Espíritu Santo, habló de nuevo a los jóvenes del mundo y los llamó a vivir el Evangelio hoy, porque los jóvenes no son “mañana”; No, yo soy el “hoy” para el “mañana”. No son “mientras tanto”, pero son hoy, ahora, de la Iglesia y del mundo”.

Tal como lo hizo esa mañana en Panamá, hoy también resaltó la responsabilidad de los mayores, “he apelado a la responsabilidad de los adultos, para que las nuevas generaciones no carezcan de educación, trabajo, comunidad y familia”. Además, recordó el encuentro con religiosos, al respecto decía, “Juntos nos dejamos enseñar por el testimonio del santo obispo Oscar Romero, para aprender mejor cómo “sentir con la Iglesia”, era su lema episcopal, en la proximidad de los jóvenes, los pobres, los sacerdotes, el santo pueblo fiel de Dios”.

A continuación compartimos con ustedes la interpretación del italiano al castellano de la catequesis brindada por el Santo Padre Francisco:

Queridos hermanos y hermanas, buenos días!

Deseo referirme a mi reciente viaje apostólico que hice en los últimos días en Panamá. Te invito a que me demos gracias al Señor por esta gracia que Él quiso dar a la Iglesia y a la gente de ese amado país. Agradezco al Presidente de Panamá y a las otras Autoridades, los Obispos; y agradezco a todos los voluntarios, hay muchos, por su calurosa bienvenida familiar, lo mismo que vimos en personas que en todas partes se apresuraron a saludar con gran fe y entusiasmo. Una cosa que me impresionó tanto: las personas levantaron los brazos con sus hijos. Cuando el Papamóvil pasó, todos estaban con sus niños: los criaron diciendo: “¡Mirad mi orgullo, aquí está mi futuro!”. Y me presentaron a los niños. ¡Pero eran tantos! Y los padres o madres están orgullosos de ese niño. Pensé: ¡cuánta dignidad en este gesto y cuánto es elocuente para el invierno demográfico que estamos viviendo en Europa! El orgullo de esa familia son los niños. La seguridad para el futuro son los niños. ¡El invierno demográfico, sin niños, es duro!

El motivo de este viaje fue la Jornada Mundial de la Juventud, pero las reuniones con jóvenes se han entrelazado con la realidad del país: las Autoridades, los Obispos, los jóvenes presos, los consagrados y un hogar familiar. Todo ha sido como “infectado” y “amalgamado” por la alegre presencia de los jóvenes: una fiesta para ellos y una fiesta para Panamá, y también para toda América Central, marcada por tantos dramas y en necesidad de esperanza y paz, y pura de la justicia.

Esta Jornada Mundial de la Juventud fue precedida por la reunión de jóvenes de pueblos nativos y afroamericanos. Un bonito gesto: hicieron cinco días de encuentro, jóvenes indígenas y jóvenes descendientes. Son muchos en esa región. Abrieron la puerta al Día Mundial. Y esta es una iniciativa importante que ha mostrado aún mejor la cara multifacética de la Iglesia en América Latina: América Latina es mixta. Luego, con la llegada de grupos de todo el mundo, se formó la gran sinfonía de caras e idiomas, típica de este evento. Ver todas las banderas desfilar juntas, bailar en las manos de los jóvenes alegres para encontrarse es un signo profético, una marca contra la tendencia actual de los nacionalismos conflictivos de hoy, que levantan muros y se acercan a la universalidad, al encuentro entre los pueblos. Es una señal de que los jóvenes cristianos son levadura en paz en el mundo.

Esta JMJ tenía una fuerte huella mariana, porque su tema eran las palabras de la Virgen al Ángel: “He aquí el siervo del Señor; Que venga a mí según tu palabra “(Lc 1, 38). Fue muy fuerte escuchar estas palabras pronunciadas por los representantes de los jóvenes de los cinco continentes y, sobre todo, verlos en sus caras. Mientras haya nuevas generaciones capaces de decir “aquí estoy” a Dios, habrá un futuro en el mundo.

Entre las etapas de la JMJ siempre está la Vía Crucis. Caminar con María detrás de Jesús cargando la cruz es la escuela de la vida cristiana: allí aprendes el amor paciente, silencioso y concreto. Te hago una confesión: realmente me gusta hacer el Vía Crucis, porque es ir con María detrás de Jesús. Y siempre llevar conmigo, en cualquier momento, un Vía Crucis de bolsillo, que me dio una persona muy apostólica en Buenos Aires. Y cuando tengo tiempo tomo y sigo la Vía Crucis. Toma el Vía Crucis también, porque es seguir a Jesús con María en el camino de la cruz, donde Él dio su vida por nosotros, por nuestra redención. En el Vía Crucis se aprende amor paciente, silencioso y concreto. En Panamá, los jóvenes trajeron con Jesús y María la carga de la condición de tantos hermanos y hermanas sufrientes en América Central y en todo el mundo. Entre estos hay muchas jóvenes víctimas de diferentes formas de esclavitud y pobreza. Y en este sentido, la liturgia penitencial que celebré en un hogar de rehabilitación para menores y la visita al hogar familiar “Buon Samaritano”, que alberga a personas que viven con VIH / SIDA, fueron momentos muy significativos.

La culminación de la JMJ y el viaje fueron la Vigilia y la Misa con los jóvenes. En la Vigilia, en ese campamento lleno de jóvenes que hicieron la Vigilia, durmieron allí y, a las 8 de la mañana, participaron en la misa. En la Vigilia, se renovó el diálogo vivo con todos los niños y niñas, entusiastas e incluso capaces de guardar silencio y escuchando. Pasaron del entusiasmo a la escucha y la oración silenciosa. A ellos les propuse a María como la que, en su pequeñez, más que ninguna otra, ha “influido” en la historia del mundo: la hemos llamado “influyente de Dios”. En su “Hágase” se han reflejado los testimonios hermosos y fuertes de algunos jóvenes. El domingo por la mañana, en la gran celebración eucarística final, Cristo resucitado, con el poder del Espíritu Santo, habló de nuevo a los jóvenes del mundo y los llamó a vivir el Evangelio hoy, porque los jóvenes no son “mañana”; No, yo soy el “hoy” para el “mañana”. No son “mientras tanto”, pero son hoy, ahora, de la Iglesia y del mundo. Y he apelado a la responsabilidad de los adultos, para que las nuevas generaciones no carezcan de educación, trabajo, comunidad y familia. Y esta es la clave ahora mismo en el mundo, porque faltan estas cosas. Educación, es decir, educación. Trabajo: cuántos jóvenes están sin. Comunidad: sentirse bienvenido, en la familia, en la sociedad.

El encuentro con todos los obispos de América Central fue para mí un momento de especial consuelo. Juntos nos dejamos enseñar por el testimonio del santo obispo Oscar Romero, para aprender mejor cómo “sentir con la Iglesia”, era su lema episcopal, en la proximidad de los jóvenes, los pobres, los sacerdotes, el santo pueblo fiel de Dios.

Y un fuerte valor simbólico ha tenido la consagración del altar de la restaurada Catedral de Santa María La Antigua, en Panamá. Lleva siete años cerrado por la restauración. Un signo de belleza redescubierta, para la gloria de Dios y para la fe y la fiesta de su pueblo. El Crisma que consagra el altar es lo mismo que ungir a los bautizados, confirmados, sacerdotes y obispos. Que la familia de la Iglesia, en Panamá y en todo el mundo, obtenga del Espíritu Santo una fructificación nueva, para que la peregrinación de los jóvenes discípulos misioneros de Jesucristo continúe y se extienda sobre la tierra.

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