Papa Francisco | Para la tentación, para la lucha espiritual, el ejercicio de la caridad no va en jubilación: hasta el final deberás luchar, la afirmación se desprende de la Homilía brindada por Su Santidad Francisco al celebrar Santa Misa junto al Monasterio Carmelita de Antananaribo, capital de Madagascar. En esta oportunidad, Su Santidad Francisco, se refirió sobre la lectura del primer libro de los Reyes, dirigida a Joseué comenzaba con un llamado a la valentía: “Ten valentía, muéstrate un hombre”. Ánimo.

A lo que les dijo, que dejaría de lado lo escrito por él, y compartiría además de ese material impreso, una experiencia personal al describir la actitud de hermanas religiosas frente a su misión, así recordó a, Sor San Pietro, y la joven Sor Teresa del Niño Jesús. Al respecto, el Santo Padre dijo, “esta es una historia verdadera, que hacer ver el espíritu con el cual se puede vivir una vida comunitaria”.

 

A continuación compartimos con ustedes la Homilía brindada por el Santo Padre Francisco:

 

Les darán por escrito aquello que preparé así pueden leerlo, meditarlo tranquilas. Ahora yo quisiera decirles algo del corazón.

La lectura del primer libro de los Reyes, dirigida a Josué, comenzaba con un llamado a la valentía: “Ten valentía, muéstrate un hombre”. Ánimo. Y para seguir al Señor se requiere valentía, siempre, un poco de valentía. Es verdad que el trabajo más pesado lo hace Él, pero se requiere valentía para dejarlo actuar.

Y me viene a la cabeza una imagen, que me ha ayudado mucho en mi vida de sacerdote. Una tarde, dos monjas, una jovencísima y una anciana, caminaban desde el coro, donde habían rezado las Vísperas, al comedor. La anciana tenía dificultad para caminar, era casi paralítica, y la joven buscaba de ayudarla, pero la anciana se ponía nerviosa, decía: ‘¡No me toques! ¡No hagas esto que caigo!’. Y Dios, sabe, pero parece que la enfermedad había hecho a la anciana un poco neurótica. Pero la joven siempre la acompañaba con la sonrisa.

Al final llegaban al comedor, la joven buscaba ayudarla a sentarse, y la anciana: ‘No, no, me hace mal, me hace mal aquí’, pero al final se sentaba. Una joven, delante a esto, seguramente habría tenido ganas de mandarla a pasear. Pero esta joven sonreía, tomaba el pan, lo preparaba y lo daba.

Esta no es una fábula, es una historia verdadera: la anciana se llamaba Sor San Pietro, y la joven Sor Teresa del Niño Jesús. Esta es una historia verdadera, que hacer ver el espíritu con el cual se puede vivir una vida comunitaria.

La caridad en las pequeñas y en las grandes cosas. Aquella joven habría podido pensar: Si, pero mañana iré con la priora y le diré que mande una más fuerte a ayudar esta vieja porque no puedo. No pensó así. Crean en la obediencia: La obediencia me ha dado esta tarea y lo haré.

Con la fuerza de la obediencia hacía con caridad exquisito este trabajo. Sé que todas ustedes, monjas de clausura, vinieron para ser cercanas al Señor, para buscar el camino de la perfección; pero el camino de la perfección se encuentra en estos pequeños pasos en el camino de la obediencia. Pequeños pasos de caridad y de amor. Pequeños pasos que parecen nada, pero que son pequeños pasos que atraen, que ‘hacen esclavo’ a Dios.

Esto pensaba la joven: a los hilos con los cuales esclavizaba a Dios, a las cuerdas, cuerdas de amor, que son los pequeños actos de caridad, pequeños, pequeñísimos, porque nuestra pequeña alma no puede hacer grandes cosas. ¡Sean valientes!

La valentía de hacer los pequeños pasos, la valentía de creer que, a través de mi pequeñez, Dios es feliz y cumple la salvación el mundo.

No, pero yo pienso que debe cambiar la vida religiosa, debe ser más perfecta, más cercana a Dios, y por esto yo quiero ser priora, capitular, para cambiar las cosas. No digo que alguna de ustedes piense esto… Pero el diablo se insinúa en estos pensamientos.

Si tú quieres cambiar no sólo el monasterio, no sólo la vida religiosa, cambiar y salvar con Jesús, salvar el mundo, comienza con estos pequeños actos de amor, de renuncia a ti mismo, que encarcelan a Dios y lo traen entre nosotros.

Volvemos a la historia de la joven y de la anciana. Una de aquellas tardes, antes de la cena, mientras iban del coro al comedor -salían diez minutos antes del coro para ir al comedor, paso a paso- Teresa escuchó una música, afuera… había una música de fiesta, de baile… Y pensó a una fiesta donde los jóvenes y las jóvenes bailaban, honestamente, una linda fiesta de familia… quizá una boda, un cumpleaños… Pensó a la música, a todo aquello… Y sintió algo dentro; quizá sintió: ‘Sería lindo estar allí’, no lo sé… E inmediatamente, decidida, dice al Señor, que nunca, nunca habría cambiado por aquella fiesta mundana uno solo de sus gestos con la monja anciana. Esto la hacía más feliz de todos los bailes del mundo.

Seguramente, a ustedes, la mundanidad llegará en tantas formas escondidas. Sepan discernir, con la priora, con la comunidad en capítulo, discernir las voces de la mundanidad, para que no entren en clausura.

La mundanidad no es una monja de clausura, más bien, es una cabra que va por sus caminos, que lleva afuera de la clausura.

Cuando te lleguen pensamientos de mundanidad, cierra la puerta y piensa en los pequeños actos de amor: estos salvan el mundo. Teresa prefirió cuidar a la anciana e ir hacia adelante. Esto que les diré ahora, lo diré no para asustarlas, pero es una realidad, lo ha dicho Jesús, y me permito decirlo también yo. Cada una de ustedes, para entrar en el convento, ha tenido que luchar, ha hecho tantas cosas buenas y ha vencido, ha vencido: ha vencido el espíritu mundano, ha vencido el pecado, ha vencido el diablo. Quizá, el día en que tú entraste en el convento, el diablo se quedó en la puerta, triste: ‘Perdí un alma’, y se fue. Pero después, fue a pedirle consejo a otro diablo más astuto, un diablo anciano, que seguramente le ha dicho: ‘Ten paciencia, espera…’.

Es un modo habitual de proceder del demonio. Jesús lo dice. Cuando el demonio libera un alma, se va; luego, después de un poco de tiempo, quiere volver, y ve aquella alma, así bella, así tan bien arreglada, tanto bella, y quiere entrar. Y Jesús ¿qué nos dice? Aquel diablo va, y busca otros siete peores que él y vuelve con aquellos siete, y quieren entrar en esa casa arreglada. Pero no puedo entrar haciendo ruido, como si fueran ladrones, deben entrar educadamente. Y así, los diablos ‘educados’ suenan la campana: ‘Quisiera entrar…, busco esta ayuda, busco esta otro, esto otro…’ Y lo hacen entrar. Son diablos educados, entran en casa, te reordenan y después, dice Jesús, el final de aquel hombre o de aquella mujer es peor del inicio. ¿Pero no te diste cuenta que era un mal espíritu? ‘No, era muy educado, ¡era bueno! Y ahora, no, yol me voy a casa porque no puedo tolerar esto…’ Es demasiado tarde, tú lo dejaste entrar demasiado dentro al corazón. ¿No te diste cuenta, no hablaste con la priora, no has hablado con el capítulo, con alguna hermana de la comunidad?

El tentador no quiere ser descubierto, por eso viene disfrazado de persona noble, educada, a veces de padre espiritual, a veces… Por favor, hermana, cuando tú sientas algo extraño, ¡habla inmediatamente!, ¡habla inmediatamente! Dilo.

Si Eva hubiera hablado a tiempo, si hubiera ido al Señor a decirle: ‘Esta serpiente me dice estas cosas ¿tú qué piensas? ¡Si hubiera hablado a tiempo! Pero Eva no habló, y viene el desastre.

Este consejo les doy: hablen inmediatamente, hablen a tiempo, cuando hay algo que les quita la tranquilidad, no digo la paz, sino todavía antes, la tranquilidad, después la paz.

Esta es la ayuda, esta es la defensa que ustedes tienen en comunidad: una ayuda la otra para hacer un frente unido, para defender la santidad, para defender la gloria de Dios, para defender el amor, para defender el monasterio. ‘Pero nosotros nos defendemos bien de la mundanidad espiritual, nos defendemos bien del diablo, porque tenemos una doble reja, y en medio también una tienda’. La doble reja y la tienda no son suficientes. ¡Podrían tener cien tiendas!

Se requiere caridad, la oración. La caridad de pedir consejo a tiempo, de escuchar a las hermanas, de escuchar a la priora. Y la oración con el Señor, la oración: ‘¿Señor es verdad esto que estoy sintiendo, esto que me dice la serpiente, es verdad?’

Esta joven Teresa, apenas sentía algo adentro hablaba con la priora…, Pero cómo hago para ir delante a la priora si ella, cada vez que me ve, me hace ver los dientes’. Sí, pero la priora es Jesús. ‘Pero, padre, la priora no es buena, es mala’. Deja que lo diga el Señor, para ti es Jesús la priora. ‘Pero la priora es un poco anciana, no le funcionan bien las cosas…’ Deja que decida el capítulo; tú, si quieres decir esto, lo dices en capítulo, pero tú vas a la priora, porque es Jesús.

¡Siempre la transparencia del corazón! Hablando siempre se vence. Y esta Teresa, que sabía que le era antipática a la priora, iba hacia ella. Es verdad, se necesita reconocer que ¡o todas las prioras son el premio Nobel de la simpatía! Pero son Jesús. El camino de la obediencia es el que te somete al amor, nos hace sujetos al amor.

Después, esta Teresa se enfermó. Se enfermó y, poco a poco, le parecía que había perdido la fe. Esta pobre, que en su vida había sabido apartar a los diablos ‘educados’, a la hora de la muerte no sabía cómo hacer con el demonio que la rodeaba. Decía: ‘Lo veo: ronda, ronda…’ Es la obscuridad de los últimos días, de los últimos meses de vida.

Para la tentación, para la lucha espiritual, el ejercicio de la caridad no va en jubilación: hasta el final deberás luchar. Hasta el final. También en la obscuridad…

¡Ella pensaba de haber perdido la fe! Y llamaba a las religiosas para que arrojaran agua bendita en su cama, para que trajeran las velas benditas… La lucha en el monasterio es hasta el final. Pero es bella, porque en esta lucha -cruel pero bella- cuando es verdadera, no se pierde la paz.

Este Papa -ustedes dirán- es un poco ‘folklórico’, porque en lugar de hablarnos de cosas teológicas, nos ha hablado como a niñas. ¡Ojalá todas fueran niñas en el espíritu, ojalá! Con aquella dimensión de infancia el Señor ama tanto”.

Quisiera concluir la historia de Teresa con la anciana. Esta Teresa, ahora, acompaña a un anciano. Y quiero dar testimonio de esto, quiero dar testimonio porque ella me ha acompañado, en cada paso me acompaña. Me ha enseñado a dar los pasos. Y a veces, son un poco neurótico y la aparto, como la Madre San Pietro. A veces la escucho; y a veces los dolores no me permiten escuchar bien… Pero es una amiga fiel. Por eso, no he querido hablarles de teorías, he querido hablarles de mi experiencia con una Santa, y decirles qué es capaz de hacer una santa y cuál es el camino para ser santas.

¡Adelante! ¡Y valientes!

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *