Papa Francisco | Que la Navidad sea una oportunidad para que todos redescubran la familia como cuna de la vida y de la fe

Publicado el25 diciembre, 2020

Papa Francisco | Que la Navidad sea una oportunidad para que todos redescubran la familia como cuna de la vida y de la fe, la expresión es de Su Santidad Francisco al compartir el mensaje navideño y también ha impartido la Bendición “Urbi et Orbi” (a la ciudad y al mundo). A diferencia de otros años, en esta oportunidad el Pontífice se presentaba en el Aula de las Bendiciones y no desde el Balcón central de la Basílica Vaticana como tradicionalmente han hecho todos los Papas a lo largo de la historia.

Luego del saludo, el Santo Padre dijo, quisiera transmitir a todos el mensaje que la Iglesia anuncia en esta fiesta, con las palabras del profeta Isaías: «Nos ha nacido un niño, nos ha sido dado un hijo» (Is 9, 5)”. Avanzando, expresaba, “en este momento histórico, marcado por la crisis ecológica y los graves desequilibrios económicos y sociales, agravados por la pandemia del coronavirus, necesitamos más que nunca la fraternidad. Y Dios nos lo ofrece dándonos a su Hijo Jesús: no una fraternidad formada por bellas palabras, ideales abstractos, vagos sentimientos … No. Una fraternidad basada en el amor real (…)”.

Continuando, Su Santidad Francisco, nos revelaba, en Navidad celebramos la luz de Cristo que viene al mundo y viene para todos: no solo para algunos. Hoy, en esta época de oscuridad e incertidumbre sobre la pandemia, aparecen varias luces de esperanza, como los descubrimientos de vacunas. Pero para que estas luces iluminen y traigan esperanza al mundo entero, deben estar disponibles para todos”.

A lo que añadió, “no podemos dejar que el virus del individualismo radical nos gane y nos haga indiferentes al sufrimiento de otros hermanos y hermanas. No puedo ponerme antes que los demás, anteponiendo las leyes del mercado y las patentes a las leyes del amor y la salud de la humanidad”.

Entonces, exhortó, “les pido a todos: líderes estatales, empresas, organismos internacionales que promuevan la cooperación y no la competencia, y que busquen una solución para todos: vacunas para todos, especialmente para los más vulnerables y necesitados en todas las regiones del planeta.  Que el Niño de Belén nos ayude a estar disponibles, generosos y solidarios, especialmente con las personas más frágiles (…)”.

El Santo Padre, además nos señalaba, que, “ante un desafío que no conoce fronteras, no se pueden erigir barreras. Estamos todos juntos en esto. Cada persona es mi hermano. En cada uno veo reflejado el rostro de Dios y en los que sufren veo al Señor pidiendo mi ayuda. Lo veo en los enfermos, los pobres, los desempleados, los marginados, los migrantes y los refugiados: ¡todos hermanos y hermanas!

Luego de haber expresado Su Santidad Francisco su deseo de vacunas para todo el mundo también hizo público sus deseos de, fraternidad y paz para Oriente medio y Mediterráneo Oriental, el cese al fuego en el Cáucaso, que terminen los conflictos armados en África, y la esperanza para Asia y América.

Sobre nuestro continente, expresaba el Santo Padre, “que el Verbo Eterno del Padre sea fuente de esperanza para el continente americano, particularmente afectado por el coronavirus, que ha agravado los múltiples sufrimientos que lo oprimen, agravados muchas veces por las consecuencias de la corrupción y el narcotráfico. Ayude a superar las recientes tensiones sociales en Chile y ponga fin al sufrimiento del pueblo venezolano”.

A continuación, compartimos en forma completa el mensaje de Su Santidad Francisco:

MENSAJE URBI ET ORBI

DEL SANTO PADRE FRANCISCO

NAVIDAD 2020

Salón de la Bendición

Viernes 25 de diciembre de 2020

Queridos hermanos y hermanas, ¡Feliz Navidad!

Quisiera transmitir a todos el mensaje que la Iglesia anuncia en esta fiesta, con las palabras del profeta Isaías: «Nos ha nacido un niño, nos ha sido dado un hijo» (Is 9, 5).

Nace un niño: el nacimiento es siempre una fuente de esperanza, es la vida la que florece, es una promesa de futuro. Y este Niño, Jesús, «nació para nosotros»: un nosotros sin fronteras, sin privilegios ni exclusiones. El Niño que la Virgen María dio a luz en Belén nació para todos: es el «hijo» que Dios dio a toda la familia humana.

Gracias a este Niño, todos podemos volvernos a Dios llamándolo «Padre», «Papá». Jesús es el Unigénito; nadie más conoce al Padre, sino Él. Pero Él vino al mundo precisamente para revelarnos el rostro del Padre. Y así, gracias a este Niño, todos podemos llamarnos y ser verdaderamente hermanos: de todos los continentes, de cualquier lengua y cultura, con nuestras identidades y diferencias, pero todos hermanos y hermanas.

En este momento histórico, marcado por la crisis ecológica y los graves desequilibrios económicos y sociales, agravados por la pandemia del coronavirus, necesitamos más que nunca la fraternidad. Y Dios nos lo ofrece dándonos a su Hijo Jesús: no una fraternidad formada por bellas palabras, ideales abstractos, vagos sentimientos … No. Una fraternidad basada en el amor real, capaz de encontrar al otro diferente a mí, de sufrir sus sufrimientos, acercarme y cuidarlo aunque no sea mi familia, mi etnia, mi religión; es diferente a mí pero es mi hermano, es mi hermana. Y esto también es cierto en las relaciones entre pueblos y naciones: ¡todos hermanos!

En Navidad celebramos la luz de Cristo que viene al mundo y viene para todos: no solo para algunos. Hoy, en esta época de oscuridad e incertidumbre sobre la pandemia, aparecen varias luces de esperanza, como los descubrimientos de vacunas. Pero para que estas luces iluminen y traigan esperanza al mundo entero, deben estar disponibles para todos. No podemos permitir que los nacionalismos cerrados nos impidan vivir como la verdadera familia humana que somos. Tampoco podemos dejar que el virus del individualismo radical nos gane y nos haga indiferentes al sufrimiento de otros hermanos y hermanas. No puedo ponerme antes que los demás, anteponiendo las leyes del mercado y las patentes a las leyes del amor y la salud de la humanidad. Les pido a todos: líderes estatales, empresas, organismos internacionales que promuevan la cooperación y no la competencia, y que busquen una solución para todos: vacunas para todos, especialmente para los más vulnerables y necesitados en todas las regiones del planeta.  En primer lugar, ¡los más vulnerables y necesitados!

Que el Niño de Belén nos ayude a estar disponibles, generosos y solidarios, especialmente con las personas más frágiles, los enfermos y los que se han encontrado en el paro o en graves dificultades por las consecuencias económicas de la pandemia, así como con las mujeres que han sufrido violencia doméstica en estos meses de encierro.

Ante un desafío que no conoce fronteras, no se pueden erigir barreras. Estamos todos juntos en esto. Cada persona es mi hermano. En cada uno veo reflejado el rostro de Dios y en los que sufren veo al Señor pidiendo mi ayuda. Lo veo en los enfermos, los pobres, los desempleados, los marginados, los migrantes y los refugiados: ¡todos hermanos y hermanas!

El día en que la Palabra de Dios se convierta en un niño, dirijamos nuestra mirada a demasiados niños en todo el mundo, especialmente en Siria, Irak y Yemen, que todavía pagan el alto precio de la guerra. Sus rostros sacuden las conciencias de los hombres de buena voluntad, para que se aborden las causas de los conflictos y que trabajemos con valentía para construir un futuro de paz.

Que este sea el momento adecuado para aliviar las tensiones en todo Oriente Medio y el Mediterráneo Oriental.

Que el Niño Jesús sane las heridas del querido pueblo sirio, que desde hace una década está agotado por la guerra y sus consecuencias, agravadas aún más por la pandemia. Que pueda brindar consuelo al pueblo iraquí y a todos los que están comprometidos en el camino de la reconciliación, especialmente a los yazidíes, gravemente afectados por los últimos años de guerra. Traer la paz a Libia y permitir que la nueva fase de las negociaciones en curso ponga fin a todas las formas de hostilidad en el país.

Que el Niño de Belén dé fraternidad a la tierra que lo vio nacer. Que israelíes y palestinos recuperen la confianza mutua para buscar una paz justa y duradera a través del diálogo directo, capaz de superar la violencia y superar los resentimientos endémicos, para testimoniar al mundo la belleza de la fraternidad.

Que la estrella que iluminó la Nochebuena sea una guía y un estímulo para el pueblo libanés, para que, en las dificultades que atraviesa, con el apoyo de la comunidad internacional no pierda la esperanza. El Príncipe de Paz ayuda a los líderes del país a dejar de lado intereses particulares y a comprometerse con seriedad, honestidad y transparencia para que el Líbano pueda emprender un camino de reforma y continuar en su vocación de libertad y convivencia pacífica.

Que el Hijo del Altísimo apoye el compromiso de la comunidad internacional y los países involucrados de continuar el alto el fuego en Nagorno-Karabaj, así como en las regiones orientales de Ucrania, y de fomentar el diálogo como único camino que conduce a la paz y a la reconciliación.

Que el Divino Niño alivie el sufrimiento de las poblaciones de Burkina Faso, Mali y Níger, golpeadas por una grave crisis humanitaria, en la base de la cual hay extremismo y conflictos armados, pero también la pandemia y otros desastres naturales; detener la violencia en Etiopía, donde muchas personas se ven obligadas a huir debido a los combates; brindar consuelo a los habitantes de la región de Cabo Delgado en el norte de Mozambique, víctimas de la violencia del terrorismo internacional; animar a los líderes de Sudán del Sur, Nigeria y Camerún a continuar el camino de fraternidad y diálogo emprendido.

Que el Verbo Eterno del Padre sea fuente de esperanza para el continente americano, particularmente afectado por el coronavirus, que ha agravado los múltiples sufrimientos que lo oprimen, agravados muchas veces por las consecuencias de la corrupción y el narcotráfico. Ayude a superar las recientes tensiones sociales en Chile y ponga fin al sufrimiento del pueblo venezolano.

El Rey de los Cielos protege a las poblaciones asoladas por desastres naturales en el Sudeste Asiático, especialmente en Filipinas y Vietnam, donde numerosas tormentas han provocado inundaciones con repercusiones devastadoras en las familias que habitan en esas tierras, en términos de pérdida de vidas. , daños al medio ambiente y consecuencias para las economías locales.

Y pensando en Asia, no puedo olvidar al pueblo rohingya: Jesús, nacido pobre entre los pobres, puede traer esperanza en su sufrimiento.

Queridos hermanos y hermanas,

«Nos ha nacido un niño» (Is 9,5). ¡Vino a salvarnos! Nos dice que el dolor y el mal no son la última palabra. Resignarse a la violencia y la injusticia significaría rechazar la alegría y la esperanza de la Navidad.

En esta fiesta, dirijo un pensamiento particular a quienes no se dejan abrumar por circunstancias adversas, sino que se esfuerzan por llevar esperanza, consuelo y ayuda, ayudando a los que sufren y acompañando a los que están solos.

Jesús nació en un establo, pero envuelto en el amor de la Virgen María y San José. Al nacer en la carne, el Hijo de Dios consagró el amor familiar. Mi pensamiento en este momento va a las familias: a los que no pueden reunirse hoy, así como a los que se ven obligados a quedarse en casa. Que la Navidad sea una oportunidad para que todos redescubran la familia como cuna de la vida y de la fe; un lugar de amor acogedor, diálogo, perdón, solidaridad fraterna y alegría compartida, fuente de paz para toda la humanidad.

¡Feliz Navidad a todos!

Queridos hermanos y hermanas, renuevo mis deseos de una Feliz Navidad a todos ustedes, conectados desde todo el mundo, por radio, televisión y otros medios de comunicación. Te agradezco tu presencia espiritual en este día marcado por la alegría. En estos días, en los que el clima navideño invita a ser mejores y más fraternos, no olvidemos orar por las familias y comunidades que viven tanto sufrimiento. Por favor, continúen orando también por mí. ¡Buen almuerzo navideño y adiós!

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