Papa Francisco | Siempre existe la sed de la verdad y el bien, que es la sed de Dios, así lo señalaba el Santo Padre Francisco durante la mañana de hoy en la Biblioteca de Palacio Apostólico Vaticano. En su mensaje, Su Santidad, reanudando el ciclo de catequesis sobre las Bienaventuranzas, centró su meditación en la cuarta: “Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia porque estarán satisfechos” (Mt 5,6).

A continuación, compartimos con ustedes el mensaje brindado por Su Santidad Francisco:

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En la audiencia de hoy continuamos meditando en el luminoso camino de felicidad que el Señor nos ha dado en las Bienaventuranzas, y llegamos al cuarto: “Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia porque estarán satisfechos” (Mt 5,6).

Ya hemos encontrado pobreza en espíritu y llanto; ahora nos enfrentamos a otro tipo de debilidad, la relacionada con el hambre y la sed. El hambre y la sed son necesidades primarias, se refieren a la supervivencia. Esto debe subrayarse: aquí no se trata de un deseo genérico, sino de una necesidad vital y diaria, como la alimentación.

Pero, ¿qué significa tener hambre y sed de justicia? Ciertamente no estamos hablando de aquellos que quieren venganza, por el contrario, en la dicha anterior hablamos de suavidad. Ciertamente las injusticias hieren a la humanidad; la sociedad humana necesita urgentemente equidad, verdad y justicia social; recordemos que el mal que sufren las mujeres y los hombres del mundo llega al corazón de Dios Padre. ¿Qué padre no sufriría el dolor de sus hijos?

Las escrituras hablan del dolor de los pobres y oprimidos que Dios conoce y comparte. Por haber escuchado el grito de opresión levantado por los hijos de Israel, como dice el libro de Éxodo (cf. 3: 7-10), Dios ha bajado para liberar a su pueblo. Pero el hambre y la sed de justicia que el Señor nos habla es aún más profunda que la necesidad legítima de justicia humana que todo hombre lleva en su corazón.

En el mismo “discurso de la montaña”, un poco más adelante, Jesús habla de una justicia mayor que el derecho humano o la perfección personal, diciendo: “Si tu justicia no excede la de los escribas y fariseos, no entrarás en el reino de los cielos”. (Mt 5,20). Y esta es la justicia que viene de Dios (cf. 1 Cor 1.30).

En las Escrituras encontramos una sed más profunda que la sed física, que es un deseo colocado en la raíz de nuestro ser. Un salmo dice: “Oh Dios, eres mi Dios, al amanecer te busco, mi alma tiene sed de ti, mi carne te anhela, como una tierra desierta, árida, sin agua” (Sal 63, 2). Los Padres de la Iglesia hablan de esta inquietud que vive en el corazón del hombre. San Agustín dice: “Nos hiciste para ti, Señor, y nuestro corazón no encontrará paz hasta que descanse en ti”. [1] Hay sed interna, hambre interna, inquietud …

En todos los corazones, incluso en la persona más corrupta y lejos de ser buena, existe un anhelo de luz, incluso si está bajo escombros de engaño y errores, pero siempre existe la sed de la verdad y el bien, que es el sed de Dios. Es el Espíritu Santo el que despierta esta sed: es el agua viva que ha moldeado nuestro polvo, es el aliento creativo que le dio vida.

Por esta razón, la Iglesia es enviada a proclamar la Palabra de Dios a todos, imbuida del Espíritu Santo. Porque el Evangelio de Jesucristo es la mayor justicia que se puede ofrecer al corazón de la humanidad, que tiene una necesidad vital para él, incluso si no se da cuenta. [2]

Por ejemplo, cuando un hombre y una mujer se casan, tienen la intención de hacer algo grandioso y bello, y si mantienen viva esta sed siempre encontrarán el camino a seguir, en medio de los problemas, con la ayuda de Grace. ¡Incluso los jóvenes tienen hambre y no deben perderlo! Debemos proteger y alimentar en los corazones de los niños que desean el amor, la ternura, la acogida que expresan en sus impulsos sinceros y luminosos.

Cada persona está llamada a redescubrir lo que realmente importa, lo que realmente necesita, lo que hace que la vida sea buena y, al mismo tiempo, lo que es secundario y lo que se puede hacer sin él.

Jesús anuncia en esta dicha – hambre y sed de justicia – que hay una sed que no será decepcionada; una sed que, si está satisfecha, será satisfecha y siempre tendrá éxito, porque corresponde al corazón mismo de Dios, a su Espíritu Santo que es amor, y también a la semilla que el Espíritu Santo ha sembrado en nuestros corazones. Que el Señor nos dé esta gracia: tener esta sed de justicia, que es precisamente el deseo de encontrarlo, ver a Dios y hacer el bien a los demás.

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[1] Confesiones, 1.1.5.

 

[2] Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 2017: “La gracia del Espíritu Santo nos confiere la justicia de Dios. Al unirnos mediante la fe y el bautismo con la pasión y resurrección de Cristo, el Espíritu nos hace partícipes de su vida”.

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