Papa Francisco | Solo se anuncia lo que se vive, así lo señalaba el Santo Padre Francisco al dirigirse a los peregrinos del mundo al compartir su mensaje cuando este medio día se presentaba en la venta del Estudio Apostólico en la ciudad del Vaticano antes de rezar la oración mariana del Ángelus. Su Santidad, hizo referencia a la reciente Misa celebrada en San Pedro al concluir la Asamblea Especial del Sínodo de los Obispos para la Región Pan-Amazónica.

Al respecto destacó, “la primera lectura, del Libro de Sirach, nos recordó el punto de partida de este viaje: la invocación de los pobres, que “cruzan las nubes”, porque “Dios escucha la oración de los oprimidos” (Sir 35: 21.16). El grito de los pobres, junto con el de la tierra, nos llegó desde el Amazonas”.

Al respecto el Santo Padre dijo, “las voces de los pobres, junto con las de muchos otros dentro y fuera de la Asamblea del Sínodo (pastores, jóvenes, científicos) nos empujan a no permanecer indiferentes”. Preguntándonos y respondiendo, “¿Qué fue el sínodo? Fue, como dice la palabra, un paseo juntos, consolado por el coraje y los consuelos que provienen del Señor. Caminamos mirándonos a los ojos y escuchándonos sinceramente, sin ocultar las dificultades, experimentando la belleza de avanzar juntos para servir”.    

Continuando, más adelante, nos planteaba y preguntaba, “cada uno de nosotros nos habremos preguntado muchas veces qué hacer bien por nuestras vidas; hoy es el momento; preguntémonos: “Yo, ¿qué puedo hacer bien por el Evangelio?”

Su Santidad Francisco, nos revelaba además, “solo se anuncia lo que se vive. Y para vivir de Jesús, para vivir del Evangelio debemos salir de nosotros mismos. Luego nos sentimos alentados a despegar, a dejar las cómodas costas de nuestros puertos seguros para adentrarnos en las aguas: no en las aguas pantanosas de las ideologías, sino en el mar abierto donde el Espíritu nos invita a lanzar nuestras redes”.

Por último, el Pontífice nos pidió, “para el viaje por venir, invoquemos a la Virgen María, venerada y amada como Reina de la Amazonía. No se volvió vencedora sino “inculturada”: con el humilde coraje de su madre se convirtió en la protectora de sus hijos, la defensa de los oprimidos. Siempre yendo a la cultura de los pueblos. No hay una cultura estándar, no hay una cultura pura que purifique a los demás; está el Evangelio, puro, que es para la inculturación”.

A continuación, compartimos con ustedes la interpretación del italiano al castellano del mensaje brindado por el Santo Padre Francisco:

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

La misa celebrada esta mañana en San Pedro concluyó la Asamblea Especial del Sínodo de los Obispos para la Región Pan-Amazónica. La primera lectura, del Libro de Sirach, nos recordó el punto de partida de este viaje: la invocación de los pobres, que “cruzan las nubes”, porque “Dios escucha la oración de los oprimidos” (Sir 35: 21.16). El grito de los pobres, junto con el de la tierra, nos llegó desde el Amazonas. Después de estas tres semanas, no podemos pretender no haberlo escuchado. Las voces de los pobres, junto con las de muchos otros dentro y fuera de la Asamblea del Sínodo (pastores, jóvenes, científicos) nos empujan a no permanecer indiferentes. A menudo hemos escuchado la frase “más tarde es demasiado tarde”: esta oración no puede seguir siendo un eslogan.

¿Qué fue el sínodo? Fue, como dice la palabra, un paseo juntos, consolado por el coraje y los consuelos que provienen del Señor. Caminamos mirándonos a los ojos y escuchándonos sinceramente, sin ocultar las dificultades, experimentando la belleza de avanzar juntos para servir. El apóstol Pablo nos estimula en esta segunda lectura de hoy: en un momento dramático para él, mientras sabe que “está a punto de ser pagado en la ofrenda, es decir, ejecutado, y que ha llegado el momento de abandonar esta vida” (ver 2 Tm 4 , 6), escribe, en ese momento: “El Señor, sin embargo, estaba cerca de mí y me dio fuerzas, para que yo pudiera completar la proclamación del Evangelio y todas las naciones lo escucharan” (v. 17). Aquí está el último deseo de Pablo: no algo para sí mismo o para algunos de su pueblo, sino para el Evangelio, para que pueda ser anunciado a todos los pueblos. Esto viene primero y cuenta sobre todo. Cada uno de nosotros nos habremos preguntado muchas veces qué hacer bien por nuestras vidas; hoy es el momento; preguntémonos: “Yo, ¿qué puedo hacer bien por el Evangelio?”

Nos preguntamos en el Sínodo, ansiosos por abrir nuevos caminos para la proclamación del Evangelio. Solo se anuncia lo que se vive. Y para vivir de Jesús, para vivir del Evangelio debemos salir de nosotros mismos. Luego nos sentimos alentados a despegar, a dejar las cómodas costas de nuestros puertos seguros para adentrarnos en las aguas: no en las aguas pantanosas de las ideologías, sino en el mar abierto donde el Espíritu nos invita a lanzar nuestras redes.

Para el viaje por venir, invoquemos a la Virgen María, venerada y amada como Reina de la Amazonía. No se volvió vencedora sino “inculturada”: con el humilde coraje de su madre se convirtió en la protectora de sus hijos, la defensa de los oprimidos. Siempre yendo a la cultura de los pueblos. No hay una cultura estándar, no hay una cultura pura que purifique a los demás; está el Evangelio, puro, que es para la inculturación. A ella, que cuidaba de Jesús en la pobre casa de Nazaret, le confiamos a los niños más pobres y nuestro hogar común.

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