Papa Francisco | Toda conversión verdadera está dirigida a un nuevo futuro, a una nueva vida, ésta afirmación se desprende del mensaje brindado por Su Santidad en el medio día de hoy (hora de Roma), cuando al presentarse en la Ventana de Palacio Apostólico antes de recitar el Ángelus. Allí, frente a los fieles y peregrinos del mundo reunidos en Plaza San Pedro, compartía sus palabras en el quinto domingo de Cuaresma, donde la liturgia hace referencia al episodio de la mujer adúltera (ver Jn 8: 1-11).

En la enseñanza planteada, el Santo Padre nos señala que se pueden diferenciar dos posturas claramente identificadas, por un lado la postura de los escribas y los fariseos, y por otro sector el accionar de Jesús frente a esto. Allí, nos dice, “el evangelista especifica que hacen la pregunta “para probarlo y tener un motivo para acusarlo” (v. 6)”.

Continuando, nos continúa explicando que Jesús, “(…) no vino al mundo para juzgar y condenar, sino para salvar y ofrecer a las personas una nueva vida. ¿Y cómo reacciona Jesús a esta prueba? En primer lugar, permanece en silencio por un rato, y se inclina para escribir con el dedo en el suelo, como para recordar que el único Legislador y Juez es Dios que había escrito la Ley en piedra”.

Pero, qué debemos aprender de todo esto, “esta escena también nos invita a cada uno de nosotros a ser conscientes de que somos pecadores, ya dejar caer de nuestras manos las piedras de la denigración y la condena, de la charla, que a veces nos gustaría lanzar contra otros”. Al mismo tiempo, Su Santidad Francisco nos advierte,  “cuando disparamos a otros, lanzamos piedras, somos como estos”.

Además, el Santo Padre, nos recordó que frente a todo lo vivido por ésta mujer y la propia acción del Hijo de Dios, enseñándonos, “Jesús abre un nuevo camino ante ella, creado por la misericordia, un camino que requiere su compromiso de no pecar más”. Agregando, “(…) cuando Jesús nos perdona, siempre nos abre un nuevo camino para que avancemos”.

También, Su Santidad dijo, “en este tiempo de Cuaresma, estamos llamados a reconocernos como pecadores y a pedir perdón a Dios, y el perdón, a su vez, al reconciliarnos y darnos paz, nos hace comenzar una historia renovada”.  Casi en el final, subrayó el Pontífice, “toda conversión verdadera está dirigida a un nuevo futuro, a una nueva vida, a una vida hermosa, a una vida libre de pecado, a una vida generosa. No tememos pedirle perdón a Jesús porque Él abre la puerta a esta nueva vida”.

A continuación compartimos con ustedes, el mensaje brindado por Su Santidad Francisco:

¡Queridos hermanos y hermanas, buenos días!

En este quinto domingo de Cuaresma, la liturgia presenta el episodio de la mujer adúltera (ver Jn 8: 1-11). Contrasta con dos actitudes: la de los escribas y los fariseos, por una parte, y la de Jesús, por otra. Los primeros quieren condenar a la mujer, porque se sienten los guardianes de la Ley y de su fiel aplicación. En cambio, Jesús quiere salvarla, porque se hace pasar por la misericordia de Dios que, perdonando, redime y reconcilia, renueva.

Así que veamos el evento. Mientras Jesús enseña en el templo, los escribas y los fariseos le traen una mujer sorprendida en el adulterio; lo colocan en el medio y le preguntan a Jesús si debe ser apedreado hasta la muerte, como lo prescribe la Ley de Moisés. El evangelista especifica que hacen la pregunta “para probarlo y tener un motivo para acusarlo” (v. 6). Se puede asumir que su propósito era el siguiente: ver la maldad de estas personas: el “no” a la lapidación habría sido una razón para acusar a Jesús de desobediencia a la Ley; el “sí”, en cambio, para denunciarlo a la autoridad romana, que había reservado las sentencias para sí mismo y no admitía el linchamiento popular. Y Jesús debe responder.

Los interlocutores de Jesús están cerrados en el límite del legalismo y quieren encerrar al Hijo de Dios en su perspectiva de juicio y condena. Pero Él no vino al mundo para juzgar y condenar, sino para salvar y ofrecer a las personas una nueva vida. ¿Y cómo reacciona Jesús a esta prueba? En primer lugar, permanece en silencio por un rato, y se inclina para escribir con el dedo en el suelo, como para recordar que el único Legislador y Juez es Dios que había escrito la Ley en piedra. Y luego él dice: “Quien este libre pecado, tire la piedra a ella primero” (v. 7).De esta manera, Jesús apela a la conciencia de esos hombres: se sintieron “defensores de la justicia”, pero los llama a la conciencia de su condición de hombres pecaminosos, por lo que no pueden reclamar el derecho de vida o muerte por sí mismos similar. En ese punto, uno tras otro, empezando por el más viejo, es decir, el más experimentado de sus propias miserias, todos se fueron, abandonando la lapidación de la mujer. Esta escena también nos invita a cada uno de nosotros a ser conscientes de que somos pecadores, ya dejar caer de nuestras manos las piedras de la denigración y la condena, de la charla, que a veces nos gustaría lanzar contra otros. Cuando disparamos a otros, lanzamos piedras, somos como estos.

Al final solo quedan Jesús y la mujer, allí en el medio: “el miserable y la misericordia”, dice San Agustín (In Joh 33.5). Jesús es el único sin falta, el único que podría arrojarle la piedra, pero no lo hace, porque Dios “no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva” (ver Ez 33.11). Y Jesús despide a la mujer con estas estupendas palabras: “Ve ahora y no peques más” (v. 11). Y así, Jesús abre un nuevo camino ante ella, creado por la misericordia, un camino que requiere su compromiso de no pecar más. Es una invitación válida para cada uno de nosotros: cuando Jesús nos perdona, siempre nos abre un nuevo camino para que avancemos. En este tiempo de Cuaresma, estamos llamados a reconocernos como pecadores y a pedir perdón a Dios, y el perdón, a su vez, al reconciliarnos y darnos paz, nos hace comenzar una historia renovada. Toda conversión verdadera está dirigida a un nuevo futuro, a una nueva vida, a una vida hermosa, a una vida libre de pecado, a una vida generosa. No tememos pedirle perdón a Jesús porque Él abre la puerta a esta nueva vida. Que la Virgen María nos ayude a dar testimonio de todo el amor misericordioso de Dios que, en Jesús, nos perdona y hace nueva nuestra existencia, ofreciéndonos siempre nuevas posibilidades.

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