San Juan de Capistrano, Patrono de los Capellanes Castrenses

Breve reseña:

Nace en Capistrano, pueblo de los Abruzos, reino de Nápoles, el año 1386. Ingresa en la Orden Franciscana a los treinta años. Ocupa dos veces el cargo de vicario general de la Orden. Sucumbe a los estragos de la peste, en Eslovenia, el 23 de octubre de 1456. Ha sido llamado, “El Santo de Europa”.

En 1453 los turcos conquistan Constantinopla afianzando así el imperio del Islam en el Asia Menor, sobre las ruinas del Oriente cristiano, y amenazando a toda la cristiandad de Occidente. Se presiente un trágico fin para la catolicidad medieval.

Roma y los pueblos tiemblan ante la impotencia de los príncipes cristianos, divididos entre sí. Pero Dios, Señor de la Historia, tiene preparados sus instrumentos: el Soldado, el Pontífice y el Santo. El caudillo húngaro Huniades, el Papa Calixto III, y Juan de Capistrano.

La actividad apostólica de Juan se inicia a principios del siglo XV. Quedaban atrás en su vida las solicitudes por lo terreno, lo falaz. Había tomado parte en conjuraciones 3 políticas y, derrotado, había sido hecho prisionero, encerrado en unos sótanos inmundos. Allí, encadenado a un poste, rodeado de ratas, con el agua hasta las rodillas, desengañado, reza a San Francisco y hace voto de entrar en su Orden. El voto le salva, y la ciudad de Perusa, donde cursaba sus estudios de jurisconsulto, es testigo de su conversión total.

Corría el año 1416. Ya franciscano, Juan se entrega en cuerpo y alma a la reforma espiritual del pueblo cristiano por medio de la predicación popular. Sigue las huellas y las enseñanzas del gran San Bernardino de Siena. Hará maravillosas curaciones. Va de pueblo en pueblo acompañado de cuarenta caballeros, reúne a las multitudes en las plazas pues no caben en los templos y llega, alguna vez, a reunir el número de 20.000 oyentes. Así predica el Evangelio, pero más con su figura que con las palabras.

Pequeño, enjuto, apenas piel y huesos, vista corta, gesto austero, aunque dulce y caritativo; semblante encendido, además de sobrio y cálido. Sus oyentes pedían a gritos confesión, prometiendo cambiar de vida y abandonar la vida de pecado. Despertaba vocaciones religiosas entre la juventud: en Leipzig 120 estudiantes siguen sus huellas, en Cracovia 130. En veinte años misiona por Alemania, Austria, Hungría, Polonia, Moravia y hasta por Saboya, Borgoña y Flandes. Ésta fue su lenta pero fundamental cooperación al mantenimiento de la unidad católica europea en el siglo XV.

Su gran talento para la diplomacia le permitió unir entre sí a los príncipes. Recibió importantes misiones de cuatro Papas consecutivos, impugnó la naciente herejía husita, se relacionó con los griegos para tratar su unión con la Iglesia Romana, intervino en contener los perniciosos efectos del cisma de Basilea. Extendió la reforma de los “observantes” por los conventos de toda Europa, fundando muchos de ellos en Alemania.

Pero la ocasión culminante de su vida, que le valió el nombre de “Santo de Europa”, fue la Cruzada contra los turcos, que empieza a predicar en el año 1453. El Papa Calixto III, le anima y le concede facultades omnímodas. Los príncipes cristianos no responden al llamamiento del Papa. Éste nombra al cardenal español Juan de Carvajal su legado en Hungría.

El mismo rey de Hungría huye, y tiene que ser Juan de Capistrano quien recluta a los campesinos húngaros para la Cruzada. Llegan a juntar a 7.000 cruzados. Mahomed ataca con 150.000 hombres y 300 cañones. Capistrano ha improvisado unos estandartes con la Cruz y las figuras de San Francisco, San Antonio y San Bernardino.

Anima a todos a la lucha al conjuro del nombre de Jesús, hace desistir a Huniades de su propósito de huir en retirada. Belgrado está rodeada por los turcos y, contra toda previsión, los cruzados, animados por Capistrano desde la orilla, con la Cruz, obtienen una victoria completa. A los pocos días Mahomed vuelve al asalto con toda la rabia del león herido. Juan recorre las murallas cuando la infantería turca escalaba el foso y grita a los valientes húngaros que en sus manos está la cristiandad, alzando sus brazos a Dios clamando misericordia por Europa. La derrota del turco fue completa.

Pero más admirable que la victoria en las armas, fue la victoria en los espíritus que obtuvo Juan, convirtiendo a los cruzados en novicios. El mensaje de Juan de Capistrano quedaba escrito para siempre.-

__________________________

i Francisco, Homilía de la Misa Crismal, 17 de abril 2014.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *