Mons. Olivera | No estamos llamados a la tristeza, sino a la alegría de la Pascua

Mons. Olivera | No estamos llamados a la tristeza, sino a la alegría de la Pascua, así lo señaló el Obispo Castrense de Argentina, al compartir la Homilía, en la Santa Misa por el 5° Aniversario del fallecimiento de la tripulación del Submarino ARA San Juan. Celebrada en la tarde del 15 de noviembre, en la Base Naval Mar del Plata, de la Armada Argentina, donde asistieron, el Sr. Ministro de Defensa, Licenciado Jorge Taiana, el Jefe del Estado Mayor General de la Armada Sr. Almirante Julio Horacio Guardia y autoridades de las Fuerzas Armadas, familiares de los fallecidos e invitados.

Presidió la Santa Misa, Mons. Santiago Olivera, Obispo Castrense de Argentina, concelebraron los Capellanes Castrenses, Padre Luis María Berthoud, Padre Claudio Munilla, Padre Luciano Alzueta y el Padre David Ochoa, asistió en la celebración, el Seminarista, Luis Villafañe. En la Homilía, decía Mons. Santiago, “estamos reunidos para celebrar esta Eucaristía recordando y pidiendo por el eterno descanso de nuestros hermanos fallecidos en el Submarino ARA San Juan.

En estos cinco años volvemos poner nuestra mirada de fe, que ilumina toda realidad humana. Junto a los Macabeos ofrecemos este sacrificio porque creemos y esperamos la resurrección de los muertos, como profesamos todos los domingos en el Credo”. Más adelante, el Obispo compartía, “la muerte es desde el pecado un aguijón de nuestra carne. Esa realidad tan cierta y lo más seguro que tenemos en la vida, que solo por vivir podemos morir, sin embargo, la distanciamos, no la elaboramos, no la consideramos como parte de nuestra vida y si la tuviéramos presente, pero no de modo traumático, sino como el paso a la Vida plena que nos ganó Jesús con la suya cambiaría nuestras acciones, actitudes, opciones, nuestras miradas”.

Mons. Olivera, también señaló, “la expresión que hemos escuchado recién en el Evangelio: que, si creemos, “aunque muera, vivirá”, es la certeza de saber que la muerte no es lo definitivo, que la muerte nos enfrenta ante la realidad de que somos peregrinos, de que hay un fin. Y que la muerte es tan importante como la vida, y la muerte está pensada en el proyecto de Dios”.

Profundizando, continuaba, “el Señor sabe nuestro día y sabe nuestra partida. Más allá de saber también los riesgos que implican una vocación y una profesión que preparan para el olvido de sí y la entrega de la vida por el bien de todos. Creo, que es muy importante también, como he dicho en otras oportunidades, que desde este dolor podemos mirar y valorar, cuidar y proteger a los hombres y mujeres de nuestras Fuerzas. Valoramos, sin duda, que más allá de la profesión que se abraza, se capacitan para servir a su pueblo, para servir a la Patria, para defender nuestras fronteras, para defender nuestros mares, nuestras vidas y esto a costa del riesgo de perder la propia. ¡Qué valoración debemos tener con tantos hombres y mujeres que silenciosamente trabajan día a día por encarnar esta vocación, única vocación y profesión que preparan también a morir por un bien mucho mayor! El Amor a la Patria, el amor a los hermanos”.

Además, Mons. Santiago, recordó, “hoy celebramos la Misa por estos 44 hermanos nuestros. Pero celebramos dando gracias también por sus vidas. Sabemos que nunca será igual la vida para las familias directas. Desde aquel 15 de noviembre del 2017 que no se tuvo noticias del ARA San Juan. Nunca será igual la vida para aquellos que hemos perdido a un ser querido y que ha muerto también una parte nuestra con ellos, los recuerdos, los afectos, los diálogos, tantas cosas compartidas”.

Casi en el tramo final de la Homilía, el Obispo, dijo, “no nacimos para el sepulcro, sino para la vida. No estamos llamados a la tristeza, sino a la alegría de la Pascua. Nuestra fe será una luz en medio de la noche, una antorcha en la oscuridad del mundo, grano de mostaza que va creciendo poco a poco y beneficia a tantos hombres, fuerza e instrumento de todas las victorias frente al mundo”.

A continuación, compartimos en forma completa la Homilía de Mons. Santiago Olivera, Obispo Castrense de Argentina:

Lectura: 2 Mac 12, 41-46

Evangelio: Jn 11, 17-27

Agradezco la presencia de cada uno de ustedes. [Particularmente la del Ministro de Defensa, el Jefe del Estado Mayor General de la Armada Sr. Almirante Julio Horacio Guardia], y a los miembros y representantes de otras fuerzas militares y de seguridad [de los familiares de los 44 tripulantes del Submarino ARA San Juan].

Estamos reunidos para celebrar esta Eucaristía recordando y pidiendo por el eterno descanso de nuestros hermanos fallecidos en el Submarino ARA San Juan.

En estos cinco años volvemos poner nuestra mirada de fe, que ilumina toda realidad humana. Junto a los Macabeos ofrecemos este sacrificio porque creemos y esperamos la resurrección de los muertos, como profesamos todos los domingos en el Credo.

Recién escuchamos en el Evangelio que al Señor Jesús le reprochan que ha llegado tarde. A los ojos humanos sin dudas, parece que es demasiado tarde. Bastante gente va a consolar a la familia del difunto. Marta, hermana de Lázaro, al conocer de la llegada de Jesús sale corriendo a recibirlo y no puede contener la queja de su corazón: “¡Señor, si hubieras estado aquí…!” Lo expresa con dolor y sencillez, pide desde lo profundo de un corazón necesitado de una gracia que no se atreve a pedir. Sabe que, si Jesús se lo pide, Dios se lo concederá. Así Marta recibe un don muy particular: su fe se hace más fuerte, más profunda. Ahora cree más en Cristo, en su salvación, en su amor. Se trata de una fe purificada, una fe difícil, confía a pesar del profundo dolor.

La muerte es desde el pecado un aguijón de nuestra carne. Esa realidad tan cierta y lo más seguro que tenemos en la vida, que solo por vivir podemos morir, sin embargo, la distanciamos, no la elaboramos, no la consideramos como parte de nuestra vida y si la tuviéramos presente, pero no de modo traumático, sino como el paso a la Vida plena que nos ganó Jesús con la suya cambiaría nuestras acciones, actitudes, opciones, nuestras miradas. Verdaderamente manifestaría en quien creemos. La muerte ha sido vencida con la muerte de Jesús y con su Resurrección. Por nosotros, los hombres y por nuestra salvación Dios descendió del cielo, y Jesucristo murió en la cruz para salvarnos, dio su vida hasta el extremo. La triste consecuencia de la muerte será una realidad, pero la expresión que hemos escuchado recién en el Evangelio: que, si creemos, “aunque muera, vivirá”, es la certeza de saber que la muerte no es lo definitivo, que la muerte nos enfrenta ante la realidad de que somos peregrinos, de que hay un fin. Y que la muerte es tan importante como la vida, y la muerte está pensada en el proyecto de Dios.

El Señor sabe nuestro día y sabe nuestra partida. Más allá de saber también los riesgos que implican una vocación y una profesión que preparan para el olvido de sí y la entrega de la vida por el bien de todos. Creo, que es muy importante también, como he dicho en otras oportunidades, que desde este dolor podemos mirar y valorar, cuidar y proteger a los hombres y mujeres de nuestras Fuerzas. Valoramos, sin duda, que más allá de la profesión que se abraza, se capacitan para servir a su pueblo, para servir a la Patria, para defender nuestras fronteras, para defender nuestros mares, nuestras vidas y esto a costa del riesgo de perder la propia. ¡Qué valoración debemos tener con tantos hombres y mujeres que silenciosamente trabajan día a día por encarnar esta vocación, única vocación y profesión que preparan también a morir por un bien mucho mayor! El Amor a la Patria, el amor a los hermanos.

Hoy celebramos la Misa por estos 44 hermanos nuestros. Pero celebramos dando gracias también por sus vidas. Sabemos que nunca será igual la vida para las familias directas. Desde aquel 15 de noviembre del 2017 que no se tuvo noticias del ARA San Juan. Nunca será igual la vida para aquellos que hemos perdido a un ser querido y que ha muerto también una parte nuestra con ellos, los recuerdos, los afectos, los diálogos, tantas cosas compartidas. Pero quienes tenemos fe sabemos que tenemos que mirar para arriba para el cielo y para adelante, porque Jesús camina a nuestro lado y que un día todos nos reencontraremos.

Aun cuando hemos recibido el zarpazo de la muerte: la vida y el bien son más fuertes que el dolor y el fracaso. No nacimos para el sepulcro, sino para la vida. No estamos llamados a la tristeza, sino a la alegría de la Pascua. Nuestra fe será una luz en medio de la noche, una antorcha en la oscuridad del mundo, grano de mostaza que va creciendo poco a poco y beneficia a tantos hombres, fuerza e instrumento de todas las victorias frente al mundo.

Dales Señor, a nuestros hermanos y hermana el descanso eterno y brille para ellos la Luz que no tiene fin. Y para sus familias el consuelo de saber que estas vidas han sido fecundas.

Nuestra Señora de Stella Maris, te suplicamos que nos orientes y nos conduzcas al puerto de la bienaventuranza eterna, concediéndonos en la vida y en la muerte la misericordiosa dulzura de la paz.

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