Mons. Olivera | Quienes tenemos fe, sabemos que tenemos que mirar para arriba para el cielo y para adelante, porque Jesús camina a nuestro lado y que un día todos nos reencontraremos

Publicado el15 noviembre, 2021

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Mons. Olivera | Quienes tenemos fe, sabemos que tenemos que mirar para arriba para el cielo y para adelante, porque Jesús camina a nuestro lado y que un día todos nos reencontraremos, así lo señaló el Obispo Castrense de Argentina durante la Homilía compartida en la Santa Misa por el eterno descanso de la tripulación del ARA San Juan. Celebrada en la Catedral Castrense, Stella Maris, en la tarde del lunes 15 de noviembre, en el cuarto aniversario del naufragio del Submarino producido el 15 de noviembre de 20217.

Presidió la Santa Misa, Mons. Santiago Olivera, Obispo Castrense de Argentina, concelebraron el Vicario General, Mons. Gustavo Acuña, el Canciller y Capellán Mayor de la Armada Argentina, Padre Francisco Rostom Maderna, el Capellán Mayor de la Fuerza Aérea Argentina, Padre César Tauro. También, el Rector de la Catedral Castrense, Padre Diego Pereyra, y los Capellanes, Padre Luis Luna, Padre Santiago García del Hoyo, Padre Darío Verón, Padre Charbel Macklouf, Padre Hugo López, Diácono Fernando Cerruti.

Asistieron, el Subjefe del Estado Mayor General de la Armada, Vicealmirante Eduardo Antonio Traina, el Inspector General de la Armada: Vicealmirante Edgar Daniel González; el Director General de Salud de la Armada: Contraalmirante Darío Carlos Ermelio Sachetti; el Director General de Intendencia de la Armada: Contraalmirante Luis Alberto Ovejas. También estuvieron presentes, el Director General del Personal y Bienestar de la Armada: Contraalmirante Pablo Luis Fal, el Director General de Administración y Finanzas de la Armada: Contraalmirante Contador Guillermo Sergio Sánchez; el Director General de Planes, Programas y Presupuesto de la Armada: Contraalmirante Marcelo Ricardo Flamini; el Director General de Inteligencia de la Armada: Contraalmirante Juan Carlos Coré, y el Capitán de Corbeta Claudio Fernández y su esposa, (hermano del Suboficial Daniel Adrián Fernández, fallecido en el Submarino ARA San Juan).

En la Homilía, Mons. Santiago señalaba en el comienzo, “nos hemos reunido para celebrar esta Eucaristía, recordando y pidiendo por el eterno descanso de nuestros hermanos fallecidos en el Submarino ARA San Juan”. Completando, decía, “(…) volvemos poner nuestra mirada de fe, que ilumina toda realidad humana. Y junto a los Macabeos, ofrecemos este sacrificio porque no es ni inútil ni ridículo rezar por los caídos, porque pensamos y esperamos la resurrección de los muertos”.

Continuando, el Obispo, expresaba, “sabemos, y esta es nuestra fe, que la vida y el bien son más fuertes que el dolor y el fracaso. No nacimos para el sepulcro, sino para la vida. No estamos llamados a la tristeza, sino a la alegría de la Pascua”.

Mons. Olivera, afirmaba, además, “es importante renovar la certeza que Dios se hizo Hombre, se encarnó para ganarnos la vida para siempre”. Profundizando, agregó, “la muerte ha sido vencida con la muerte de Jesús y con su Resurrección. Por nosotros, los hombres y por nuestra salvación Dios descendió del cielo, y Jesucristo murió en la cruz para salvarnos, dio su vida hasta el extremo”.

En otro párrafo, Mons. Santiago, subrayaba, “la triste consecuencia de la muerte será una realidad, pero la expresión que hemos escuchado recién en el Evangelio: que, si creemos, <<aunque muera vivirá>>, es la certeza de saber que la muerte no es lo definitivo, que la muerte nos enfrenta ante la realidad de que somos peregrinos, de que hay un fin”.

Además, el Obispo nos recordaba, “(…) la muerte es tan importante como la vida, y la muerte está pensada en el proyecto de Dios. Nadie muere antes de tiempo, ni muere en las vísperas. Esta expresión de las hermanas de Lázaro: <<…si hubieras estado aquí mi hermano no habría muerto…>> Podríamos presentarle varias situaciones de reproche a Jesús: <<Si quizá se hubiera mantenido como se debe mantener a nuestras Fuerzas Armadas, varios sufrimientos nos hubiéramos ahorrado los argentinos>>. Y podemos imaginarnos muchos porque, <<…si no hubiera sido esa vocación: mi hermano, mi hijo, mi esposo, mis amigos, no habrían muerto>>… <<Si no hubiera ido ese día mi hermano no habría muerto>>; <<si hubiera estado enfermo y no podía viajar, mi hermano no habría muerto>>… Hay muchas afirmaciones que podemos hacer. Sin embargo, el Señor sabe nuestro día y sabe nuestra partida”.

Avanzando, Mons. Santiago Olivera, decía frente a la pérdida del ARA San Juan y sus tripulantes, “este dramático acontecimiento, más allá de buscar sus causas y por tanto buscar justicia, no debe empañar la certeza que los hombres y mujeres de las Fuerzas asumen el riesgo que implica transitar por sus filas”. Añadiendo, además, “cuando asumimos la crudeza de la vida, cuando asumimos la posibilidad de morir sólo por estar vivos nuestra mirada cambia y más cuando sabemos que hay cielo, cuando transitamos la vida sabiendo que hay un Padre, cuando la vida nuestra es siempre pascual. Muerte y vida, muerte y resurrección. Hoy celebramos la Misa por estos 44 hermanos nuestros. Pero celebramos dando gracias también por sus vidas”.

En la Homilía, Mons. Santiago también nos señalaba, “nunca será igual la vida para aquellos que hemos perdido a un ser querido y que ha muerto también una parte nuestra con ellos, los recuerdos, los afectos, los diálogos, tantas cosas compartidas. Pero quienes tenemos fe, sabemos que tenemos que mirar para arriba para el cielo y para adelante, porque Jesús camina a nuestro lado y que un día todos nos reencontraremos”.

Casi en el final, el Obispo Castrense de Argentina, pidió, “quiera Dios que ésta triste situación del submarino no sirva, para seguir dividiendo a los argentinos, para aprovechar de este drama y de esta situación bien difícil, sabiendo que siempre hay riesgo en la profesión y vocación de servicio en las Fuerzas, pero confiamos que siempre se busque en paz los caminos de la verdad y la justicia. Dales, Señor, a nuestros hermanos y hermana el descanso eterno y brille para ellos la Luz que no tiene fin. Y para sus familias el consuelo de saber que estas vidas han sido fecundas”.

A continuación, compartimos en forma completa la Homilía de Mons. Santiago Olivera, Obispo Castrense de Argentina:

Misa por ARA San Juan – Catedral Stella Maris

15 de noviembre de 2021 2

Macabeos 12, 41-46

Evangelio de San Juan 11, 17-27

Nos hemos reunido para celebrar esta Eucaristía, recordando y pidiendo por el eterno descanso de nuestros hermanos fallecidos en el Submarino ARA San Juan. Sabemos que el tiempo ayuda a cicatrizar las heridas por las pérdidas de nuestros seres queridos y miembros de la familia Naval Argentina; en estos cuatro años volvemos poner nuestra mirada de fe, que ilumina toda realidad humana. Y junto a los Macabeos, ofrecemos este sacrificio porque no es ni inútil ni ridículo rezar por los caídos, porque pensamos y esperamos la resurrección de los muertos.

Hemos escuchado en el Evangelio de Hoy que a Jesús le reprochan que ha llegado un poco tarde. A los ojos humanos sin dudas, parece que es demasiado tarde. Bastante gente va a consolar a la familia del difunto. Marta, hermana de Lázaro, al conocer de la llegada de Jesús sale corriendo a recibirlo y no puede contener la queja de su corazón: “¡Señor, si hubieras estado aquí…!” Lo expresa con dolor y sencillez, pide desde lo profundo de un corazón necesitado de una gracia que no se atreve a pedir. Sabe que, si Jesús se lo pide, Dios se lo concederá. Y recibe un don muy particular: su fe se hace más fuerte, más profunda. Ahora cree más en Cristo, en su salvación, en su amor. Se trata de una fe purificada, una fe difícil, confía a pesar del profundo dolor.

El Señor actúa con los ojos puestos en su Padre. El milagro será la respuesta a la fe limpia y amorosa de dos mujeres que lloran la muerte de su hermano. ¿Cómo reaccionamos en la prueba? ¿A quién acudimos? ¿Hacia dónde va nuestra oración? Santa Teresa del Niño Jesús nos enseña que “la oración es un impulso del corazón, una sencilla mirada lanzada hacia el cielo, un grito de reconocimiento y de amor tanto desde dentro de la prueba como desde dentro de la alegría”. La esperanza se enciende cuando miramos más allá de lo que vemos cerca y confiamos en Dios. Cuando renovamos la certeza del amor de Dios, de que todo conoce y sabe, incluso cuando hemos recibido el desgarro de la muerte de un ser querido. Sabemos, y esta es nuestra fe, que la vida y el bien son más fuertes que el dolor y el fracaso. No nacimos para el sepulcro, sino para la vida. No estamos llamados a la tristeza, sino a la alegría de la Pascua.

Es importante renovar la certeza que Dios se hizo Hombre, se encarnó para ganarnos la vida para siempre. El pecado había hecho perder al hombre la posibilidad del paraíso, que es contemplar a Dios cara a cara, gozar en su presencia, donde no hay dolor, no hay llanto, no hay sufrimiento, no hay lágrimas, donde no hay muerte. El pecado además del drama de apartarnos de nuestra contemplación de Dios, nuestro caminar con alegría bajo la mirada de Dios, introdujo el drama de la muerte. La muerte será desde el pecado ese aguijón de nuestra carne, eso que evadimos. Esa realidad tan cierta y lo más seguro que tenemos en la vida, que solo por vivir podemos morir, sin embargo, la distanciamos, no la elaboramos, no la consideramos como parte de nuestra vida y si la tuviéramos presente, pero no de modo traumático, sino como el paso a la Vida plena que nos ganó Jesús con la suya cambiaría nuestras acciones, actitudes, opciones, nuestras miradas. Verdaderamente manifestaría en quien creemos. La muerte ha sido vencida con la muerte de Jesús y con su Resurrección. Por nosotros, los hombres y por nuestra salvación Dios descendió del cielo, y Jesucristo murió en la cruz para salvarnos, dio su vida hasta el extremo. La triste consecuencia de la muerte será una realidad, pero la expresión que hemos escuchado recién en el Evangelio: que, si creemos, “aunque muera vivirá”, es la certeza de saber que la muerte no es lo definitivo, que la muerte nos enfrenta ante la realidad de que somos peregrinos, de que hay un fin. Y que la muerte es tan importante como la vida, y la muerte está pensada en el proyecto de Dios. Nadie muere antes de tiempo, ni muere en las vísperas. Esta expresión de las hermanas de Lázaro: “…si hubieras estado aquí mi hermano no habría muerto…” Podríamos presentarle varias situaciones de reproche a Jesús: “Si quizá se hubiera mantenido como se debe mantener a nuestras Fuerzas Armadas, varios sufrimientos nos hubiéramos ahorrado los argentinos.” Y podemos imaginarnos muchos porque, “…si no hubiera sido esa vocación: mi hermano, mi hijo, mi esposo, mis amigos, no habrían muerto”… “Si no hubiera ido ese día mi hermano no habría muerto”; “si hubiera estado enfermo y no podía viajar, mi hermano no habría muerto”… Hay muchas afirmaciones que podemos hacer. Sin embargo, el Señor sabe nuestro día y sabe nuestra partida. Más allá de saber también los riesgos que implican una vocación y una profesión que preparan para el olvido de sí y la entrega de la vida por el bien de todos. Creo, que es muy importante también, como he dicho en otras oportunidades, que desde este dolor podemos mirar y valorar, cuidar y proteger a los hombres y mujeres de nuestras Fuerzas. Valoramos, sin duda, que más allá de la profesión que se abraza, se capacitan para servir a su pueblo, para servir a la Patria, para defender nuestras fronteras, para defender nuestros mares, nuestras vidas y esto a costa del riesgo de perder la propia. ¡Qué valoración debemos tener con tantos hombres y mujeres que silenciosamente trabajan día a día por encarnar esta vocación, única vocación y profesión que preparan también a morir por un bien mucho mayor! El Amor a la Patria, el amor a los hermanos.

Este dramático acontecimiento, más allá de buscar sus causas y por tanto buscar justicia, no debe empañar la certeza que los hombres y mujeres de las Fuerzas asumen el riesgo que implica transitar por sus filas.

Sólo asumiendo el drama de la muerte, y concretamente de estos 44 tripulantes, la gran familia Naval argentina, los familiares de cada uno podrán asumir, podrán comprender el proyecto de Dios en la vida de cada uno. Sólo asumiendo la realidad. Cuando nos oponemos a ella, cuando la queremos transformar, cuando la queremos construir, cuando sólo queremos echar culpas no encontraremos paz. Como en la misma imagen del pecado original. El pecado original: pecado de Adán y Eva es el inicio de que la culpa siempre la tiene otro. Cuando asumimos la crudeza de la vida, cuando asumimos la posibilidad de morir sólo por estar vivos nuestra mirada cambia y más cuando sabemos que hay cielo, cuando transitamos la vida sabiendo que hay un Padre, cuando la vida nuestra es siempre pascual. Muerte y vida, muerte y resurrección. Hoy celebramos la Misa por estos 44 hermanos nuestros. Pero celebramos dando gracias también por sus vidas. Sabemos que nunca será igual la vida para las familias directas. Desde aquel 15 de noviembre del 2017 que no se tuvo noticias del ARA San Juan. Nunca será igual la vida para aquellos que hemos perdido a un ser querido y que ha muerto también una parte nuestra con ellos, los recuerdos, los afectos, los diálogos, tantas cosas compartidas. Pero quienes tenemos fe sabemos que tenemos que mirar para arriba para el cielo y para adelante, porque Jesús camina a nuestro lado y que un día todos nos reencontraremos. Me conmovió leer en Infobae los testimonios de Fabiana Lescano, madre de Alejandro Damián Tagliapietra, Teniente de Corbeta y del Capitán de Navío Jorge Bergallo, padre de Jorge Ignacio, que era el Segundo Comandante del submarino San Juan. La mamá de Alejandro Damián expresó:

“Yo a Damián le pido que me espere. Mi fe es volverlo a ver. Mi fe es así… y que me espere porque ya nos vamos a ver…” Conmueve y agradezco a Dios por el testimonio, aunque doloroso, de fe que, sin duda, da sentido a nuestro servicio en la Iglesia Castrense. Quiera Dios que ésta triste situación del submarino no sirva, para seguir dividiendo a los argentinos, para aprovechar de este drama y de esta situación bien difícil, sabiendo que siempre hay riesgo en la profesión y vocación de servicio en las Fuerzas, pero confiamos que siempre se busque en paz los caminos de la verdad y la justicia.

Dales Señor, a nuestros hermanos y hermana el descanso eterno y brille para ellos la Luz que no tiene fin. Y para sus familias el consuelo de saber que estas vidas han sido fecundas.

Nuestra Señora de Stella Maris, te suplicamos que nos orientes y nos conduzcas al puerto de la bienaventuranza eterna, donde allí no habrá más dolor ni lágrimas.

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