Papa Francisco | Nadie es extraño en la Iglesia, somos un solo Pueblo santo de Dios enriquecido por tantos pueblos

Kazajistán

Papa Francisco | Nadie es extraño en la Iglesia, somos un solo Pueblo santo de Dios enriquecido por tantos pueblos, así lo expresaba el Santo Padre al compartir su mensaje en el encuentro con Obispos, Sacerdotes, Diáconos, Consagrados, Seminaristas y Pastoral. En el último día del 38° viaje Apostólico que lo llevara a Kazajistán, donde llegó como peregrino de paz y unidad, Su Santidad Francisco se reunía en la Catedral Madre de Dios del Perpetuo Socorro de Nur-Sultan.

En su menaje, el Santo Padre decía, “¡nadie es extraño en la Iglesia, somos un solo Pueblo santo de Dios enriquecido por tantos pueblos! Y la fuerza de nuestro pueblo sacerdotal y santo está precisamente en hacer de la diversidad una riqueza compartiendo lo que somos y lo que tenemos: nuestra pequeñez se multiplica si la compartimos”.

Más adelante, se refirió sobre dos palabras, “herencia y promesa: la herencia del pasado es nuestra memoria, la promesa del Evangelio es el futuro de Dios que viene a nuestro encuentro. Me gustaría reflexionar con ustedes sobre esto: una Iglesia que camina en la historia entre la memoria y el futuro”.

Continuando, añadió el Papa, “si hoy en este vasto país multicultural y multirreligioso podemos ver comunidades cristianas vibrantes y un sentido religioso que atraviesa la vida de la población, es sobre todo gracias a la rica historia que le precedió. En el camino espiritual y eclesial no debemos perder la memoria de quienes nos han anunciado la fe, porque el recuerdo nos ayuda a desarrollar el espíritu de contemplación por las maravillas que Dios ha obrado en la historia, incluso en medio de las penalidades de la vida y fragilidades personales y comunitarias”.

En otro tramo, Su Santidad decía, “(…) sin memoria no hay maravilla. Si perdemos la memoria viva, entonces la fe, las devociones y las actividades pastorales corren el riesgo de desvanecerse, siendo como fuegos en la sartén, que arden inmediatamente, pero se apagan pronto. Cuando perdemos la memoria, se acaba la alegría. Falla también el agradecimiento a Dios y a los hermanos, porque caemos en la tentación de pensar que todo depende de nosotros”.

Continuando, se refirió el Pontífice al futuro, diciéndonos, “la memoria del pasado no nos encierra en nosotros mismos, sino que nos abre a la promesa del Evangelio. Jesús nos aseguró que siempre estará con nosotros: no se trata, pues, de una promesa dirigida sólo a un futuro lejano, estamos llamados a acoger hoy la renovación que el Resucitado trae adelante en la vida”.

Avanzando, el Santo Padre señaló, “las comunidades cristianas, especialmente el seminario, deben ser «escuelas de sinceridad»: no ambientes rígidos y formales, sino campos de entrenamiento para la verdad, la apertura y el compartir. Y en nuestras comunidades – recordemos – todos somos discípulos del Señor: todos discípulos, todos imprescindibles, todos de igual dignidad”.

Completando, en otro párrafo el Papa, afirmó, “una Iglesia sinodal, en camino hacia el futuro del Espíritu, es una Iglesia participativa, corresponsable. Es una Iglesia capaz de salir al encuentro del mundo porque está formada en la comunión”.

A continuación, compartimos en forma completa el mensaje de Su Santidad Francisco:

ENCUENTRO CON OBISPOS, SACERDOTES, DIÁCONOS, CONSAGRADOS,

SEMINARISTAS Y PASTORALES

DISCURSO DEL SANTO PADRE

Catedral de la Madre de Dios del Perpetuo Socorro (Nur-Sultán)

jueves, 15 de septiembre de 2022

Queridos hermanos obispos, sacerdotes y diáconos, queridos consagrados y consagradas, seminaristas y agentes de pastoral, ¡buenos días!

Estoy feliz de estar aquí entre ustedes, para saludar a la Conferencia Episcopal de Asia Central y encontrarme con una Iglesia formada por muchos rostros, historias y tradiciones diferentes, todos unidos por la única fe en Cristo Jesús. Monseñor Mumbiela Sierra, a quien agradezco por las palabras de saludo, dijo: «La mayoría de nosotros somos extranjeros»; es verdad, porque venís de diferentes lugares y países, pero la belleza de la Iglesia es esta: somos una sola familia, en la que nadie es extraño. Repito: ¡nadie es extraño en la Iglesia, somos un solo Pueblo santo de Dios enriquecido por tantos pueblos! Y la fuerza de nuestro pueblo sacerdotal y santo está precisamente en hacer de la diversidad una riqueza compartiendo lo que somos y lo que tenemos: nuestra pequeñez se multiplica si la compartimos.

El pasaje de la Palabra de Dios que hemos escuchado afirma precisamente esto: el misterio de Dios -dice san Pablo- ha sido revelado a todos los pueblos. No sólo al pueblo elegido, una élite de religiosos, sino a todos. Todo hombre puede acceder a Dios, porque – explica el Apóstol – todos los pueblos «están llamados, en Cristo Jesús, a compartir la misma herencia, a formar el mismo cuerpo y a participar de la misma promesa por el Evangelio» (Ef 3,6).

Quisiera subrayar dos palabras usadas por Pablo: herencia y promesa. Por un lado, una Iglesia hereda siempre una historia, es siempre hija de un primer anuncio del Evangelio, de un acontecimiento que le precede, de otros apóstoles y evangelizadores que la fundaron sobre la palabra viva de Jesús; por otra parte, es también la comunidad de los que vieron cumplida la promesa de Dios en Jesús y, como hijos de la resurrección, viven en la esperanza del cumplimiento futuro. Sí, somos destinatarios de la gloria prometida, que anima con expectación nuestro camino. Herencia y promesa: la herencia del pasado es nuestra memoria, la promesa del Evangelio es el futuro de Dios que viene a nuestro encuentro. Me gustaría reflexionar con ustedes sobre esto: una Iglesia que camina en la historia entre la memoria y el futuro.

En primer lugar, la memoria. Si hoy en este vasto país multicultural y multirreligioso podemos ver comunidades cristianas vibrantes y un sentido religioso que atraviesa la vida de la población, es sobre todo gracias a la rica historia que le precedió. Pienso en la expansión del cristianismo en Asia Central, que tuvo lugar ya en los primeros siglos, en los muchos evangelizadores y misioneros que se dedicaron a difundir la luz del Evangelio, fundando comunidades, santuarios, monasterios y lugares de culto. Hay, pues, una herencia cristiana, ecuménica, que hay que honrar y conservar, una transmisión de la fe que ha tenido también como protagonistas a muchas personas sencillas, a muchos abuelos y abuelas, padres y madres. En el camino espiritual y eclesial no debemos perder la memoria de quienes nos han anunciado la fe, porque el recuerdo nos ayuda a desarrollar el espíritu de contemplación por las maravillas que Dios ha obrado en la historia, incluso en medio de las penalidades de la vida y fragilidades personales y comunitarias.

Pero tengamos cuidado: no se trata de mirar hacia atrás con nostalgia, atascarnos en cosas del pasado y dejarnos paralizar en la inmovilidad: esta es la tentación de retroceder. La mirada cristiana, cuando se vuelve a recordar, quiere abrirnos al asombro ante el misterio de Dios, para llenar nuestro corazón de alabanza y gratitud por lo que el Señor ha realizado. Un corazón agradecido, que se desborda de alabanza, no alimenta lamentos, sino que acoge el hoy que vive como una gracia. ¡Y quiere ponerse en camino, ir adelante, comunicar a Jesús, como las mujeres y los discípulos de Emaús el día de Pascua!

Es esta memoria viva de Jesús, que nos llena de asombro y que sacamos sobre todo del Memorial eucarístico, la fuerza del amor que nos impulsa. Es nuestro tesoro. Por lo tanto, sin memoria no hay maravilla. Si perdemos la memoria viva, entonces la fe, las devociones y las actividades pastorales corren el riesgo de desvanecerse, siendo como fuegos en la sartén, que arden inmediatamente, pero se apagan pronto. Cuando perdemos la memoria, se acaba la alegría. Falla también el agradecimiento a Dios y a los hermanos, porque caemos en la tentación de pensar que todo depende de nosotros. El Padre Ruslan nos recordó una cosa hermosa: que ser sacerdote ya es mucho, porque en la vida sacerdotal nos damos cuenta de que lo que sucede no es obra nuestra, sino que es un don de Dios. Y Sor Clara, hablando de la vocación, quería ante todo agradecer a quienes le anunciaron el Evangelio. Gracias por estos testimonios, que nos invitan a hacer un recuerdo agradecido de la herencia recibida.

Si nos fijamos en este patrimonio, ¿qué vemos? Esa fe no se ha transmitido de generación en generación como un conjunto de cosas que hay que entender y hacer, como un código fijado de una vez por todas. No, la fe pasó con la vida, con el testimonio que llevó el fuego del Evangelio al corazón de las situaciones para iluminar, purificar y difundir el calor consolador de Jesús, la alegría de su amor salvador, la esperanza de su promesa. Al recordar, entonces, aprendemos que la fe crece con el testimonio. El resto viene después. Este es un llamado para todos y quisiera reiterarlo a todos, fieles laicos, obispos, presbíteros, diáconos, consagrados y consagradas que trabajan de diversas formas en la vida pastoral de las comunidades: ¡no nos cansemos de dar testimonio del corazón de salvación, la novedad de Jesús, la novedad que es Jesús! La fe no es una bella exposición de cosas del pasado -esto sería un museo- sino un acontecimiento siempre presente, ¡el encuentro con Cristo que sucede aquí y ahora en la vida! Por eso no nos comunicamos sólo con la repetición de cosas de todos los tiempos, sino transmitiendo la novedad del Evangelio. Así la fe permanece viva y tiene futuro. Por eso me gusta decir que la fe debe transmitirse «en dialecto».

Aquí entonces está la segunda palabra, futuro. La memoria del pasado no nos encierra en nosotros mismos, sino que nos abre a la promesa del Evangelio. Jesús nos aseguró que siempre estará con nosotros: no se trata, pues, de una promesa dirigida sólo a un futuro lejano, estamos llamados a acoger hoy la renovación que el Resucitado trae adelante en la vida. A pesar de nuestras debilidades, nunca se cansa de estar con nosotros, de construir junto a nosotros el futuro de su Iglesia y de la nuestra.

Por supuesto, ante los muchos desafíos de la fe -especialmente los relativos a la participación de las generaciones más jóvenes-, así como ante los problemas y las penurias de la vida y mirando los números, en la inmensidad de un país como esto, uno podría sentirse «pequeño» e inadecuado. Sin embargo, si adoptamos la mirada esperanzada de Jesús, hacemos un descubrimiento sorprendente: el Evangelio dice que ser pequeños, pobres de espíritu, es una bienaventuranza, la primera bienaventuranza (cf. Mt 5, 3), porque la pequeñez nos entrega humildemente al poder de Dios y nos lleva a no basar la acción eclesial en nuestras capacidades. ¡Y esto es una gracia! Repito: hay una gracia escondida en ser una Iglesia pequeña, un rebaño pequeño; en lugar de exhibir nuestras fuerzas, nuestros números, nuestras estructuras y toda otra forma de relevancia humana, nos dejamos guiar por el Señor y nos colocamos humildemente al lado de las personas. Ricos en nada, pobres en todo, caminamos con sencillez, cerca de los hermanos y hermanas de nuestro pueblo, llevando la alegría del Evangelio a las situaciones de la vida. Como levadura en la masa y como la más pequeña de las semillas arrojadas a la tierra (cf. Mt 13, 31-33), vivimos los acontecimientos felices y tristes de la sociedad en que vivimos, para servirla desde dentro.

Ser pequeños nos recuerda que no somos autosuficientes: que necesitamos de Dios, pero también de los demás, de todos los demás: de los hermanos y hermanas de otras confesiones, de los que confiesan creencias religiosas diferentes a las nuestras, de todos los hombres y mujeres animadas por la buena voluntad. Nos damos cuenta, con espíritu de humildad, que sólo juntos, en el diálogo y la aceptación mutua, podemos realmente lograr algo bueno para todos. Es la tarea particular de la Iglesia en este país: no ser un grupo que se arrastra a las cosas de siempre o se encierra en su caparazón porque se siente pequeño, sino una comunidad abierta al futuro de Dios, iluminada por el fuego del Espíritu: viva, esperanzada, disponible a sus novedades ya los signos de los tiempos, animada por la lógica evangélica de la semilla que fructifica en el amor humilde y fecundo. De este modo, la promesa de vida y bendición, que Dios Padre derrama sobre nosotros por medio de Jesús, se abre camino no sólo para nosotros, sino que también se cumple para los demás.

Y se realiza cada vez que vivimos la fraternidad entre nosotros, que cuidamos de los pobres y de los heridos de la vida, cada vez que en las relaciones humanas y sociales somos testigos de la justicia y la verdad, diciendo «no» a la corrupción y a la falsedad. Las comunidades cristianas, especialmente el seminario, deben ser «escuelas de sinceridad»: no ambientes rígidos y formales, sino campos de entrenamiento para la verdad, la apertura y el compartir. Y en nuestras comunidades – recordemos – todos somos discípulos del Señor: todos discípulos, todos imprescindibles, todos de igual dignidad. No sólo los obispos, los presbíteros y las personas consagradas, sino todo bautizado ha sido inmerso en la vida de Cristo y en Él -como nos recordaba san Pablo- está llamado a recibir la herencia y acoger la promesa del Evangelio. Por tanto, hay que dar espacio a los laicos: os hará bien, para que las comunidades no se vuelvan rígidas y clericales. Una Iglesia sinodal, en camino hacia el futuro del Espíritu, es una Iglesia participativa, corresponsable. Es una Iglesia capaz de salir al encuentro del mundo porque está formada en la comunión. Me llamó la atención que en todos los testimonios volvía una cosa: no sólo el padre Ruslan y las monjas, sino también Kirill, el padre de familia, nos recordaba que en la Iglesia, en contacto con el Evangelio, se aprende a pasar del egoísmo al amor incondicional. Es una salida de sí mismo que todo discípulo necesita constantemente: es la necesidad de alimentar el don recibido en el Bautismo, que nos impulsa en todas partes, en nuestras reuniones eclesiales, en las familias, en el trabajo, en la sociedad, a convertirnos en hombres y mujeres de comunión. y paz, que siembran el bien dondequiera que estén. Apertura, alegría y participación son los signos de la Iglesia de los orígenes: y son también los signos de la Iglesia del futuro. Soñamos y, con la gracia de Dios, construimos una Iglesia más habitada por la alegría del Resucitado, que rechaza los miedos y las quejas, que no se deja endurecer por el dogmatismo y el moralismo.

Queridos hermanos y hermanas, pidamos todo esto a los grandes testigos de la fe de este país. Me gustaría recordar en particular al Beato Bukowiński, un sacerdote que dedicó su vida al cuidado de los enfermos, los necesitados y los marginados, pagando la fidelidad al Evangelio con prisión y trabajos forzados en su propia piel. Me dijeron que, incluso antes de su beatificación, siempre había flores frescas y una vela encendida en su tumba. Es la confirmación de que el Pueblo de Dios sabe reconocer donde hay santidad, donde hay un pastor enamorado del Evangelio. Quisiera decir esto en particular a los obispos y sacerdotes, y también a los seminaristas: esta es nuestra misión: no ser administradores de lo sagrado o gendarmes preocupados por hacer cumplir las normas religiosas, sino pastores cercanos al pueblo, iconos vivos de corazón compasivo de Cristo. Recuerdo también a los mártires greco-católicos, el obispo Mons. Budka, el sacerdote don Zarizky y Gertrude Detzel, cuyo proceso de beatificación ha comenzado. Como nos dijo la Sra. Miroslava: ellos trajeron el amor de Cristo al mundo. Vosotros sois su herencia: ¡sed la promesa de una nueva santidad!

Estoy cerca de ustedes y los animo: a vivir con alegría esta herencia y testimonio de la generosidad, para que quienes los encuentren perciban que también a ellos se dirige una promesa de esperanza. Los acompaño con la oración; y ahora nos encomendamos de modo particular al corazón de María santísima, a la que veneráis aquí de manera especial como Reina de la paz. Leí sobre un hermoso signo maternal que sucedió en tiempos difíciles: mientras tantas personas eran deportadas y obligadas a pasar hambre y frío, ella, madre tierna y solícita, escuchaba la oración que sus hijos le dirigían. En uno de los inviernos más fríos, la nieve se derritió rápidamente, dando lugar a un lago con muchos peces, que alimentaron a tanta gente hambrienta. ¡Que Nuestra Señora derrita el frío de los corazones, infunda a nuestras comunidades un renovado calor fraterno, nos dé nueva esperanza y entusiasmo por el Evangelio! Con afecto los bendigo y les doy las gracias. Y les pido, por favor, que oren por mí.

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