Papa Francisco | Nunca pierdan el coraje de soñar y vivir en grande, hagan suya la cultura del cuidado, conviértanse en campeones de la fraternidad

BARÉIN

Papa Francisco | Nunca pierdan el coraje de soñar y vivir en grande, hagan suya la cultura del cuidado, conviértanse en campeones de la fraternidad, así lo pidió el Santo Padre al compartir su mensaje en el Encuentro con Jóvenes, desarrollado en la Escuela Sagrado Corazón, en la ciudad de Awali. Luego de los saludos a los presentes, Su Santidad Francisco compartía, “en la masa del mundo son la buena levadura destinada a crecer, a superar tantas barreras sociales y culturales y a promover brotes de fraternidad y novedad”.

Prosiguiendo, señaló, “(…) me gustaría dirigir tres pequeñas invitaciones, no tanto para enseñar algo, sino para animarlos”. Ellas fueron, abrazar la cultura del cuidado, sembrar fraternidad y hacer elecciones en la vida”.

Así se refería el Pontífice, “cuidar significa desarrollar una actitud interior de empatía, una mirada atenta que nos saca de nosotros mismos, una presencia amable que vence la indiferencia y nos empuja a interesarnos por los demás”. Añadiendo, “(…) si no aprendemos a cuidar lo que nos rodea -de los demás, de la ciudad, de la sociedad, de la creación- acabamos pasando la vida como los que corren, trabajan, hacen muchas cosas, pero al final, permanece triste y sólo porque nunca ha disfrutado plenamente de la alegría de la amistad y la gratuidad”.

Avanzando, decía sobre la segunda invitación, “¡(…) sean campeones de la fraternidad, fuera del terreno de juego! Este es el desafío de hoy para ganar el mañana, el desafío de nuestras sociedades cada vez más globalizadas y multiculturales”.  Completando, el Santo Padre, señaló, “(…) sean sembradores de fraternidad y serán recolectores del futuro, porque el mundo tendrá futuro. ¡sólo en fraternidad! Es una invitación que encuentro en el corazón de mi fe”.

Respecto de la tercera invitación, el Papa compartía, “(…) no hay vida sin desafíos que afrontar. Y siempre, ante un reto, como en una encrucijada, hay que elegir, implicarse, arriesgarse, decidir. Pero esto requiere una buena estrategia: ¡no se puede improvisar, vivir solo por instinto o solo instantáneamente!”

En otro tramo, además compartía, “Dios no te deja solo, sino que, para darte una mano, espera que tú se lo pidas. Él nos acompaña y nos guía. No con prodigios y milagros, sino hablando delicadamente a través de nuestros pensamientos y sentimientos; y también a través de nuestros profesores, nuestros amigos, nuestros padres y todas las personas que nos quieren ayudar”.

Casi en el final, el Santo Padre, les pedía a los jóvenes, “¡Nunca pierdas el coraje de soñar y vivir en grande! Haz tuya la cultura del cuidado y difúndela; conviertánse en campeones de la fraternidad; afrontad los desafíos de la vida dejándose guiar por la fiel creatividad de Dios y por los buenos consejeros”.

A continuación, compartimos en forma completa el mensaje de Su Santidad Francisco:

ENCUENTRO CON JÓVENES

DISCURSO DEL SANTO PADRE

Escuela del Sagrado Corazón en Awali

sábado, 5 de noviembre de 2022

Queridos amigos, hermanos y hermanas, ¡buenos días!

¡Gracias por estar aquí, desde tantos países diferentes y con tanta ilusión! Quisiera agradecer a sor Rosalyn las palabras de bienvenida que me ha dirigido y el empeño con el que, junto a tantos otros, lleva a cabo esta Escuela del Sagrado Corazón.

Y estoy feliz de haber visto en el Reino de Baréin un lugar de encuentro y diálogo entre diferentes culturas y creencias. Y ahora, mirándolos a ustedes, que no son de la misma religión y no tienen miedo de estar juntos, pienso que sin ustedes esta convivencia de diferencias no sería posible. ¡Y no tendría futuro! En la masa del mundo son la buena levadura destinada a crecer, a superar tantas barreras sociales y culturales y a promover brotes de fraternidad y novedad. Son ustedes los jóvenes que, como viajeros inquietos abiertos a lo inédito, no temen confrontar, dialogar, «hacer ruido» y mezclaros con los demás, convirtiéndose en la base de una sociedad amable y solidaria. Y esto, queridos amigos, es fundamental en los contextos complejos y plurales en los que vivimos: derribar ciertos cercos para inaugurar un mundo más a escala humana, más fraterno, aunque signifique afrontar numerosos desafíos. Sobre esto, siguiendo sus testimonios y sus preguntas, me gustaría dirigir tres pequeñas invitaciones, no tanto para enseñar algo, sino para animarlos.

La primera invitación: abrazar la cultura del cuidado. La hermana Rosalyn usó esta expresión: «cultura del cuidado». Cuidar significa desarrollar una actitud interior de empatía, una mirada atenta que nos saca de nosotros mismos, una presencia amable que vence la indiferencia y nos empuja a interesarnos por los demás. Este es el punto de inflexión, el comienzo de la novedad, el antídoto de un mundo cerrado que, impregnado de individualismo, devora a sus hijos; contra un mundo aprisionado por la tristeza, que genera indiferencia y soledad. Permítanme que les diga: ¡cuánto duele el espíritu de tristeza, cuánto! Porque si no aprendemos a cuidar lo que nos rodea -de los demás, de la ciudad, de la sociedad, de la creación- acabamos pasando la vida como los que corren, trabajan, hacen muchas cosas, pero al final, permanece triste y sólo porque nunca ha disfrutado plenamente de la alegría de la amistad y la gratuidad. Y no le dio al mundo ese toque único de belleza que solo él, o ella, y nadie más podía. Como cristiano, pienso en Jesús y veo que sus acciones siempre han estado animadas por el cuidado. Cuidaba las relaciones con todos los que encontraba en las casas, en las ciudades y en el camino: miraba a las personas a los ojos, escuchaba sus pedidos de ayuda, se acercaba y tocaba sus heridas. Tú, ¿miras a la gente a los ojos? Jesús entró en la historia para decirnos que el Altísimo nos cuida; para recordarnos que estar del lado de Dios significa cuidar de alguien y de algo, especialmente de los más necesitados.

Amigos, ¡qué hermoso es convertirse en amantes del cuidado, artistas de las relaciones! Pero esto requiere, como todo en la vida, un entrenamiento constante. Así que no olvides ante todo cuidarte a ti mismo: no tanto por fuera, sino por dentro, por la parte más escondida y preciosa de ti. ¿Cual? ¡Tu alma, tu corazón! ¿Y cómo se cura el corazón? Trata de escucharlo en silencio, de labrarte espacios para estar en contacto con tu interioridad, para sentir el don que eres, para acoger tu existencia y no dejar que se te escape de las manos. No sean “turistas de la vida”, que sólo la miran desde fuera, superficialmente. Y en silencio, siguiendo el ritmo de vuestro corazón, hablad con Dios, contadle de vosotros mismos, y también de aquellos con los que os encontráis cada día y que os da como compañeros de viaje. Llévales rostros, situaciones alegres y dolorosas, porque no hay oración sin relaciones, así como no hay alegría sin amor.

Y el amor -lo sabes- no es una telenovela ni una película romántica: amar es tener al otro en el corazón, cuidar al otro, ofrecer el tiempo y los dones a los necesitados, arriesgarse para hacer la vida un don que genera más vida. ¡Arriesgar! Amigos, por favor, nunca olviden una cosa: todos ustedes, sin excepción, son un tesoro, un tesoro único y precioso. ¡Así que no guardes tu vida en una caja fuerte, pensando que es mejor salvarte y que aún no ha llegado el momento de gastarla! Muchos de vosotros estáis de paso por aquí, por motivos de trabajo y muchas veces por una hora concreta. Sin embargo, si vivimos con la mentalidad del turista, nos perdemos el momento presente y corremos el riesgo de tirar pedazos enteros de vida. Qué lindo, sin embargo, dejar una buena huella en el camino ahora, cuidando a la comunidad, a los compañeros, a los compañeros de trabajo, a la creación… Nos hace bien preguntarnos: ¿qué huella estoy dejando ahora, aquí donde vivo, en el lugar donde me ha puesto la Providencia?

Esta es la primera invitación, la cultura del cuidado; si lo abrazamos, ayudamos a hacer crecer la semilla de la fraternidad. Y he aquí la segunda invitación que me gustaría dirigirles: siembren fraternidad. Me gustó lo que dijiste, Abdulla: “¡Tienes que ser un campeón no solo en el campo de juego, sino en la vida!”. Campeones fuera de la cancha. ¡Es verdad, sean campeones de la fraternidad, fuera del terreno de juego! Este es el desafío de hoy para ganar el mañana, el desafío de nuestras sociedades cada vez más globalizadas y multiculturales. Verás, todas las herramientas y la tecnología que nos ofrece la modernidad no son suficientes para hacer un mundo pacífico y fraterno. Lo estamos viendo: los vientos de guerra, de hecho, no amainan con el progreso técnico. Observamos con tristeza que en muchas regiones aumentan las tensiones y las amenazas, que en ocasiones estallan en conflictos. Pero esto sucede muchas veces porque no trabajamos con el corazón, porque permitimos que las distancias hacia los demás se dilaten, y así las diferencias étnicas, culturales, religiosas y otras se conviertan en problemas y miedos que aíslan en lugar de oportunidades para crecer juntos. Y cuando parecen más fuertes que la fraternidad que nos une, existe el riesgo de choque.

A ustedes, jóvenes, más directos y más capaces de generar contactos y amistades, superando prejuicios y barreras ideológicas, quisiera decirles: sean sembradores de fraternidad y serán recolectores del futuro, porque el mundo tendrá futuro. ¡sólo en fraternidad! Es una invitación que encuentro en el corazón de mi fe. «De hecho -dice la Biblia- quien no ama a su hermano que ve, no puede amar a Dios que no ve. Y este es el mandamiento que tenemos de él: el que ama a Dios, ame también a su hermano” (1 Jn 4, 20-21). Sí, Jesús nos pide que nunca desvinculemos el amor a Dios del amor al prójimo, haciéndonos cercanos a todos (cf. Lc 10, 29-37). Todos, no solo los que nos gustan. Vivir como hermanos y hermanas es la vocación universal confiada a toda criatura. Y vosotros, jóvenes -especialmente vosotros-, ante la tendencia dominante de permanecer indiferentes y de mostrar intolerancia hacia los demás, incluso de respaldar guerras y conflictos, estáis llamados a «reaccionar con un nuevo sueño de fraternidad y amistad social que no se limite a las palabras». (Todos los Hermanos, 6). Las palabras no bastan: se necesitan gestos concretos realizados en el día a día.

Hagámonos algunas preguntas aquí también: ¿Estoy abierto a los demás? ¿Soy amigo o amiga de alguien que no encaja en mi círculo de intereses, que tiene creencias y costumbres diferentes a las mías? ¿Busco el encuentro o me quedo en el mío? El camino es el que nos dijo Nevin en pocas palabras: “crear buenas relaciones”, con todos. En vosotros jóvenes hay un fuerte deseo de viajar, de conocer nuevas tierras, de superar los límites de los lugares de siempre. Quisiera deciros: sepáis viajar también dentro de vosotros mismos, ensanchad vuestras fronteras interiores, para que caigan los prejuicios sobre los demás, se restrinja el espacio de la desconfianza, se derriben las vallas del miedo, ¡brote la amistad fraterna! También aquí dejaos ayudar por la oración, que ensancha el corazón y, abriéndonos al encuentro con Dios, nos ayuda a ver en quiénes encontramos a un hermano ya una hermana. Al respecto, las palabras de un profeta que dice: “¿No nos creó un solo Dios? Entonces, ¿por qué actuar traidoramente unos contra otros?». (Ml 2.10). Sociedades como esta, con una notable riqueza de creencias, tradiciones y lenguas diferentes, pueden convertirse en «campos de entrenamiento para la fraternidad». Aquí estamos a las puertas del gran y multiforme continente de Asia, que un teólogo ha definido como «un continente de lenguas» (A. Pieris, en Teologia in Asia, Brescia 2006, 5): saber armonizarlas en el ¡un lenguaje, el lenguaje del amor, como verdaderos campeones de la fraternidad!

Me gustaría volver a hacerles una tercera invitación: se trata del desafío de hacer elecciones en la vida. Lo sabes bien, por experiencia cotidiana: no hay vida sin desafíos que afrontar. Y siempre, ante un reto, como en una encrucijada, hay que elegir, implicarse, arriesgarse, decidir. Pero esto requiere una buena estrategia: ¡no se puede improvisar, vivir solo por instinto o solo instantáneamente! ¿Y cómo te preparas, entrenas tu capacidad de elección, creatividad, coraje, tenacidad? ¿Cómo afinar la mirada interior, aprender a juzgar las situaciones, a captar lo esencial? Se trata de crecer en el arte de elegir, de tomar las direcciones correctas. Por eso, la tercera invitación es a hacer elecciones en la vida, elecciones correctas.

Todo esto me vino a la mente cuando pensé en las preguntas de Merina. Estas son preguntas que expresan precisamente la necesidad de comprender la dirección a tomar en la vida: ¡ella es valiente, por cómo dijo las cosas! Y te puedo contar mi experiencia: yo era un adolescente como tú, como todo el mundo, y mi vida era la vida normal de un chico. La adolescencia – lo sabemos – es un camino, una fase de crecimiento, un período en el que nos enfrentamos a la vida en sus aspectos a veces contradictorios, afrontando por primera vez ciertos desafíos. Bueno, ¿cuál es mi consejo? ¡Sigue adelante sin miedo, y nunca solo! Dos cosas: seguir sin miedo y nunca solo. Dios no te deja solo, sino que, para darte una mano, espera que tú se lo pidas. Él nos acompaña y nos guía. No con prodigios y milagros, sino hablando delicadamente a través de nuestros pensamientos y sentimientos; y también a través de nuestros profesores, nuestros amigos, nuestros padres y todas las personas que nos quieren ayudar.

Entonces debemos aprender a distinguir su voz, la voz de Dios que nos habla. ¿Y cómo aprendemos esto? Como nos dijiste, Merina: a través de la oración silenciosa, el diálogo íntimo con él, guardando en el corazón lo que es bueno para nosotros y nos da paz. La paz es un signo de la presencia de Dios, esta luz de Dios ilumina el laberinto de pensamientos, emociones y sentimientos en el que muchas veces nos movemos. El Señor quiere iluminar su inteligencia, sus pensamientos más íntimos, las aspiraciones que llevan en el corazón, los juicios que maduran en ustedes. Quiere ayudarte a distinguir lo esencial de lo superfluo, lo bueno de lo que te hace daño a vos y a los demás, lo correcto de lo que genera injusticia y desorden. Nada es ajeno a Dios de lo que sucede en nosotros, nada, pero muchas veces somos nosotros los que nos alejamos de él, los que no le encomendamos personas y situaciones, los que nos cerramos en el miedo y la vergüenza. No, alimentemos en la oración la certeza consoladora de que el Señor vela por nosotros, que no se duerme sino que nos mira y nos guarda siempre.

Amigos, jóvenes, la aventura de las elecciones no debe realizarse en soledad. Así que déjame decirte una última cosa: siempre busca buenos consejeros en la vida, personas sabias y confiables que puedan guiarte y ayudarte antes de recibir sugerencias en Internet. Esto primero. Pienso en los padres y maestros, pero también en los ancianos, los abuelos y en un buen compañero espiritual. ¡Cada uno de nosotros necesita ser acompañado en el camino de la vida! Repito lo que te dije: ¡nunca sola! Necesitamos ser acompañados en el camino de la vida.

Queridos jóvenes, los necesitamos, su creatividad, sus sueños y su valor, su simpatía y sus sonrisas, su alegría contagiosa y también esa pizca de locura que saben aportar en cada situación, y que ayuda a salir de el sopor de los hábitos y patrones repetitivos en los que a veces encasillamos la vida. Como Papa quiero decirles: la Iglesia está con ustedes y los necesita tanto, a cada uno de ustedes, para rejuvenecernos, explorar nuevos caminos, experimentar nuevos lenguajes, volveros más alegres y hospitalarios. ¡Nunca pierdas el coraje de soñar y vivir en grande! Haz tuya la cultura del cuidado y difúndela; conviertánse en campeones de la fraternidad; afrontad los desafíos de la vida dejándose guiar por la fiel creatividad de Dios y por los buenos consejeros. Y finalmente, recuérdame en tus oraciones. Yo haré lo mismo por ti, llevándote en mi corazón. ¡Gracias!

¡Dios sea contigo! ¡Alá ma’akum! [Dios sea contigo]

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